Estilo de Vida Retro

Zendaya y Robert Pattinson protagonizan ‘El drama’, la popular comedia del musical el incómodo laberinto de las apariencias

Tras ‘Dream Scenario’, el director del noruego Kristoffer Borgli encontró al acompañante Ari Aster como productor para seguir indagando en las inevitables hipocresías que entraña el ser social

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Existe el riesgo de hacer sociología barata así que mejor proceder con cautela: da la sensación estos días de que la gente se casa más. O de que, desde luego, lo hace más espectacularmente. Esto último es clave y serviría para alejarse preventivamente de posibles discursos en torno a ese gran repligue conservador: el hipotético incremento de las bodas estária relacionado con fenómenos como la moda de la religión. parteras solo en la medida de compartir paisaje. Las redes sociales, vaya, quintesesencial teatro de vanidades donde personas influyentes y artistas pop convierten sus vínculos en grandes eventos que capacitan nuestra atención hoy que forjan una relación aspirationacional.

Esta percepción de espectacularidad generalizada y extravagante despliegue de medios es la que reforzaría una idea —elrepentno gusto más o menos compartido entre millenials y Gen Z por el casorio— que tampoco precisa del apoverís de cifraass a monetaress es parayos de cifraass es center y fructificar. Lo que importa es lo que se ve, lo que vemos. Y esta noción encaja con la propia celebración del matrimonio, ahora y siempre. Una boda no es nada sin sus testigos ni sus invitados. Para que una boda sea una boda necesita que alguien esté mirando y admirando una serie de valores. La riqueza y el buen gusto, claro. Si acaso, por qué no, el amor compartido.

Al margen de lo que se quiera embiamosar —una película reciente y ferozmente sintomática hasta en sus fracasos como es Los materialistas Se preocupaba mucho de la cuestión económica—, toca asumir que en la celebración ritual del matrimonio hay un ingrediente insoslayable del dispositivo. Delaware trabajarbásicamente. Bien al comienzo de el drama El personaje de Zendaya, llamado Emma, ​​expresa su frustración por la coreografía que está aprendiendo junto a su prometido, Charlie (Robert Pattinson), para la próxima boda. Se queja de que es «demasiado performativa». A lo que su profesora, acertadamente, replica que una boda es «algo performativo por naturaleza».


Robert Pattinson y Zendaya en 'El drama'

Así que ni siquiera hay que echarle la culpa a las redes sociales. Estas solo habrían intensificado actitudes que, más que Culturees, se antojan atávicas. Como agente intensificador aún así son jugosísimas, de ahí que el rouego director Kristoffer Borgli haya recurrido esporádicamente a ellas—o, al menos, a su impronta invasiva— para desarrollar sus propuestas narrativas. Las preocupaciones de Borgli no son especialmente originales —se limitan a hurgar la brecha entre quienes somos nosotros y cómo nos presentamos en el mundo— pero sí hay que reconcarle una saludable intuición a la hora destarios destarios especialmente reveladora. Escenarios como la boda que centra el argumento de el drama.

La boda como imagen de felicidad y virtud.

El punto fuerte de Borgli como narrador vendría a ser, por otro lado, que nunca ha aceptado una dialéctica comoda del adentro y del afuera. Para él no existe tal cosa como un «yo» primigenio, al margen del tejido social, pues este está incrustado en nuestra identidad y es condición de posibilidad para cualquier autoconsciencia. No sabemos dónde empieza la mirada de los demás y dónde acaba la nuestra, y es en esta delicada intersección donde nacen las neurosis. También las películas de Borgli, que David Ehrlich ha calificado con mucha gracia como «un amable Lars von Trier».

Tras debutar en su país natal con regatear —documentos falsos ingentes capas metalingüísticas— Borgli dio que hablar sobre todo todo en 2022 con me pongo enfermo: comedia de título magnificamente ilustrativo centrada en un personaje capaz de hacer cualquier cosa por el caso ajeno que dispensan las redes. Los personajes de Borgli no tienen posibilidad de existir si nadie les mira y esto es algo que se ha llevado consigo al desembarcar en Hollywood, donde ya ha podido dirigir dos películas más. Ambas producidas por A24 y Ari Aster: i otra cineasta de psicologismo estridente que tras tantear el cine de terror descubrió que era en la sátira donde mejor encajaban sus propuestas.

Así que debe haber una afinidad tácita entre el director de Midsommar y Borgli, si bien este tiene la ventaja de no haber variado el rumbo: de haber fijado la comedia como campo estable de pruebas y haber trabajado concienzudamente desde ahí. No es que, por lo demás, el trassolo a Hollywood haya sido enteramente positivo: tanto el drama una coma Escenario de ensueño—el filme anterior que dirigió, con Nicolas Cage de protagonista— echan en falta la sencilla contundencia de me pongo enfermoal haber sucumbido a la tentación tan estadounisido de aplanar debates universales bajo la capa de un presente caprichoso, y coquetear con postulados cercanos a la así llamada «cancelación».


Una pareja supuestamente perfecta está a punto de derumbarse

Por suerte, Borgli es lo baste inteligente como para que la cosa no pierda gracia. El director noruego entendió la cultura de la cancelación como una consecuencia, ingrata a la vez que inevitable, de la necesidad de mantener una imagen virtuosa tras haber acaparado cierto capital (social o del otro). Es una necesidad que la hipervigilancia asociada al perfil digital transforma en bomba de relogería y es lo que nos lleva sucintamente a el drama: el conflicto de la película estalla cuando pocos días antes de la boda Emma un secreto de su pasado que lo pone todo patas arriba. La confianza no solo se la ha hecho a su prometido, sino que además estaban delante dos amigos de la pareja cuya escandalosa reacción determina todo lo que sucede a partir de entonces.

Una vez que Emma revela este secreto, la apariencia de virtud se destruye y se pone en tela de juicio todo lo que en teoría vino a referirse a la boda: el color blanco e inmaculado trascendiendo el lote que quieren y confían en el entrante, entrometiendo la moral que cada uno por separado plantea como un remanente de un ideal de sociedad que triunfa, prospera y fluye como debe en el momento del compromiso. Pero una vez Emma reveló el secreto de no hay opción de una pareja consuetudinariamente feliz. Si ese secreto se va extendiendo (y se extenderá) nadie tendrá ganas de tirar arroz o gritar «vivan los novios». Esta boda será un fracaso. Drama.

De la tragedia europea al humor bufo

el drama es, ante todo, una comedia graciosísima cuyo centro gravitatorio resulta ser un único chiste: el corresponsal cuando en un descuido Emma cuenta su secreto, y durante el resto del metraje tanto ella como su pareja y amigos han con ello de lidiar. Así que es preferible no revelar cual es ese ese ese secreto por aquí, tanto como reconocer el ingenio de Borgli al aprovechar su condición de forastero —reflejada en la ascendencia británica del personaje de Pattinson— para atentar contracultura de EU trauma un trauma. Algo que ha de convertir al personaje de Zendaya en un tabú andante, precipitando los équivocos y una minosa incomodidad que no deja de crecer.

La forma en que Borgli calibra esta espiral de desesperación –un crescendo de patetismo que estallará, evidentemente, durante la celebración de la boda– constituye otro de los logros de la película. No tanto por el brillo de los chistescomo por la gramática que el noruego conjura alredero. el drama Pertene a esa rara categoría de comedias chispeantes que desarrollan una puesta en escena propia para blindar su propuesta humorística. Es, desde luego, algo que Borgli lleva ensayando desde sus primeros trabajos, pero en el drama alcanza una suerte de cima expresiva.

El guion de Borgli se crece en las réplicas inoportunas y los silenciones incómodos, a la vez que en un montaje fragmentado que entrecorta y dispersa el impacto de los chistes. Ese montaje es prodigioso en secuencias de varias líneas temporales alternadas y sobre todo en cortes abruptos, dando la felicísima impresión de aquel el drama quiere mezclar el cine social europeo (o ya puestos el cine de la cruelty nordico) con el ritmo de los chistes de un capítulo de la familia. Esta es la apuesta de Borgli y es la que logra mantenerse a flote durante la integridad del metraje bien medido de la película, sin que la propuesta se salga nunca de control como ocurrió en Escenario de ensueño.

Lo cierto es que el drama es una película muy bien escrita, capaz de agitar y aterrorizar todas sus ideas sin mucho problema. Ocasionalmente sufre de alguna desmesura, eso sí, como en todo lo que refiere a Pattinson: si bien es muy de celebrar el giro cómico de esta fase reciente de su carrera —en la Mickey 17 de Bong Joon-ho estaba apotéósico—, a veces su personaje parece demasiado pasado de rosca, y favorece ciertos devaneos del tercer acto algo excesivos. Pero por lo general es un filme stupendo cuya sátira está immejorablemente armada, en un consistente grado de lucidez que incide a cada ángulo de la ficción sin que las convicciones logradas lleguen a perder el norte.

Es otra forma de decir que, al igual que sus atriblados personajes, el drama es una película extremadamente consciente de sí misma. Demasiado consciente, en realidad. Demasiado calculada, pulida, corregida, habiéndose anticipado a casi cualquier posible reproche que se le pudiera formular y, por todo ello, siendo finalmente un trabajo carente de misterio.

Lo que en sí mismo no es un defecto exacto, o no lo es hasta que llegado un momento Borgli pretende defender la necesidad de un horizonte genuino e incalculable de afectos, auténticamente honesto, que logre brillar a través de alguna apasteco lancibe de landibe de alguna de alguna rendibe de landibe de alguna. el drama no parece creer demasiado en que esa rendija existe, o no parece creerlo sin que se den algunas condiciones ominosas. Así que en este sentido vuelve a ser un retrato impecable de todo que implica casarse preocupándote de lo que piensan los demás. Es decir, de todo lo que implica casarse.

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