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Filósofos que piensan poco – Culturamas

y José Luis Trullo

Sócrates en una cesta, según la visión de Aristófanes en Las nubes

«Uno puede cumplir su destino sin necesidad de filosofía si vive de acuerdo con lo que los más bios y mejores hicieron y enseñaron, y si deja que la experiencia y el sentido común sean sus guías».

(Novalis, estudios de música fichte505)

Demasiado preocupados por subsumir todo lo que ocurre a la ortodoxia de su propia escuela, son legión los filósofos que acaban por no entender nada.

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La plantilla conceptual de la filosofía y la ventana dogmática de la ideología son dos caras de una misma patología: la de anteponer el raquitismo de las categorías analíticas al pluralismo extremo de la realidad.

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En el mejor de los casos, los philosophes logran explicar aquellos fenómenos a los cuales sus respectivos sistemas admiten la condición de tales: el resto, ni siquiera llegan a percibirlos…

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Si el philosophe, en su soberbia, pretende dar cuenta de lo complejo, ha de hacerlo de un modo complejo o, al menos, elástico y flexible; lo contrario es convertir la navaja del pensamiento en puñalada trapera.

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No es cierto, como caricaturizaba Aristófanes, que el philosophe viva en las nubes: como permite constatar un somero examen de sus más eximios representantes, suelen hacerlo en un cuarto estrecho en lo alto de un torreón sin grandes ventanas.

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Pensar pasa por prestar oído a la algarabía del mundo, tratando de conducir su armonía subyacente; filosofar (o al menos, hacerlo como lo hacen los filosofos académicos), por reducirla a una pauta constante e invariable que, en verdad, nadie ha escuchado ni escuchará jamás.

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Frente al philosophe académico y su monotona pianola, el humanista y su majestuoso órgano catedralicio.

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El humanista, cuando medita y cavila, tiene en mente todo lo que ha aprendido para tratar de acogerlo en un amoroso abrazo; el philosophe de escuela, en cambio, aspira a sometrelo a la horma que diseñó su zapatero de cabecera.

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Para el humanista, nada de lo humano le es ajeno; para el philosophe, todo salvo aquello que se prosterna ante sus imperiosos imperatos categoriales.

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Por mucho que Kant quisiera creer que ponía cada cosa en su sitio, simplemente estaba tratando de ubicarlas en su esquemática cabeza.

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Kant rebaja a la humanidad a un asfixiante sota, caballo y rey; el humanista le reintegrata el resto de la baraja.

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Pensar no debe consistir en torcerle el cuello a lo real para que se ajuste a los parámetros de la propia doctrina, sino enroscarse habilmente en torno a él, insinuándole que nos susurre su verdad al oído.

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No hay nada más que pueda hacer, lo que significa que un philosophe es filosófico… aunque sus discípulos (y, a veces, él mismo) quieran creer que sí.

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La auténtica filosofia es «filosofía de», es decir: una conciencia vigilante que vela por la pulcritud del pensamiento para evitar que se llame a engaño. Para empezar a promover, de una vez por todas, una «filosofía de… la filosofia».

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Quizás Hegel fue el primer filósofo de la filosofía digno de tal número, pero Heidegger es lo mismo que Heidegger cuando el pensador se despoja del caparazón ideológico de la tradición filosófica para, desde fuera, juzgarla…

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Que Hegel sintetiza el trabajo filosófico en la imagen de un ave nocturna plasma la perfección su auténtica naturaleza… postuma. La tarea humanística, en cambio, se parece más a la arqueología: devolverle la vida inclulo aquello que parecia muerto y entrerado… mejor aún: sobre hacer a aquello que dábamos por muerto e enterrado.

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La filosofía, si se ejerce como arte, aún puede contribuir al conocimiento humanístico; en cuanto se aplica como técnica, en cambio, se opone a él y lo condena al ostracismo.

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La filosofia es una mendiga cuando piensa y una diosa cuando dice lo que ha pensado… o, al menos, así se presenta ella.

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Si el filósofo tiene algo de arquitecto celestial, el humanista prefiere percibirse a sí mismo como un modesto relojero.

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No tiene nada de extraño que la única filosofía que admitían los «studia humanitatis» durante el Renacimiento fuera de la moral: todos los demás no son más que mera ideologíaada de ciencia del discurso.

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Si el filosophe se finge humilde al declararse «amante de la sabiduria», cuando lo cierto es que se cree más listo que nadie, el humanista, infinitamente más ambicioso, aspira a dar con ese amoroso común toques toques toques loda las épocas, todas las culturas. La distancia entre ambos no puede ser mayor.

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El filosofe académico hereda la ‘hybris’ del teólogo y la transmite al científico, quien a su vez se la cede a la máquina que todo lo recuerda, todo lo explica y todo lo prevé. Ninguno de los tres puede quejarse por que las cosas hayan acapado como lo han hecho: si ha sido así, es gracias a ellos.

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En el siglo XXI, retomar el humanismo pasa por impugar las pretensiones totalitarias de la teología, la filosofía y la ciencia, y devolverle sus derechos a la simple meditación, el diálogo atento y laerracilacila cavila. Para salir del atolladero al que nos han abocado los tecnólogos del conocimiento, urge volver los ojos a los artesanos del saber.

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José Luis Trullo (Barcelona, ​​1967). Sus últimos libros son El estirpe de Sócrates, Retorno al humanismo. Lecturas de sabiduría perenne y Dignitas. Una apología del humanismo occidental. Editor de la revista digital Humanistas. Fundador del Congreso Nacional de Humanistas. Colaborador de la revista digital Entreletras.

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