Estilo de Vida Retro

Andy Warhol, el arte de lo que se ve, de todos modos

Andy Warhol (Pensilvania, 1928 – Nueva York, 1987) fue un visionario porque entendió que el arte sólo dormía en galerías, museos y palacios de la alta sociedad. También estaba en una dependencia. En la cabeza de una vaca. En el rostro de un político chino convertido en icono-pop. En una mujer repetida hasta dejar de parecer una persona. Estaba, sobre todo, en eso que vemos cada día, pero no paramos a mirar.

Acostumbramos a pensar que el arte tiene que venir con marco, silencio y una explicación trascendental capaz de hacer sentir más inteligente al que la comparte. Warhol llegó para estropear esa fantasía. Se quedó mirando una lata de sopa un poco más que el resto y vio una época entera servida en servida. No pintó solo una lata. Pintó el supermercado como autorretrato colectivo de una sociedad que empezaba a reconocerse más en lo que consumía que en lo que decía ser.

Sembró la duda. ¿Tienes lata podía llegar a ser arte, ¿cualquier cosa podía empezar a significar algo? ¿O que necesitábamos que alguien la colocara en un museo para pararnos a mirarla? Andy convirtió la vida cotidiana en arte porque les prestó atención. Entonces, una lata deja de ser solo una lata para ser espejo de una sociedad mundana, una forma de vivir al miso tiempo que de mirar la vida. Era la prueba de que el consumo podía retratarnos mejor que muchas poses con cara de haber leído a Marco Aurelio en ayunas.

Asimismo Cajas De Brillo (1964) funcionaron. El Museo Andy Warhol las explican como recreaciones de cajas de estropajos Brillo hechas en madera, pintadas y serigrafidas para parecer embalajes comerciales. ¿Una caja de supermercado en una galería de arte? Sí. Y, de repente, la pregunta cambió. Ya no es solo qué miramos, sino ¿por qué unas cosas merecen nuestra atención y otras no?

El padre del Pop Art también supo leer la fama como pocos. Su Díptico de Marilyn, Completado en 1962, poco después de la muerte de Marilyn Monroe, parte de una fotografía publicitaria de la película. Niágara. Esta imagen se repite tantas veces que Marilyn se convierte en un ícono cultural envuelto en pop-art, un producto imitado hasta la saciedad durante tantos años después y recuerdo de un artista de pelo platino.

¿De verdad quieres tener una cara para dejar de ver a la persona? Warhol parecía saber que la repetición podía ser famosa, pero también podía quedar vacante. Su frase más célebre —«in el futuro, todo el mundo será famoso mundialemente durante quince minutos»— sigue resonando porque parece escrita para este presente en el que cualquiera puede ser visto durante un rato, o importación.

Es evidente que haríamos el paralelismo con Instagram. Andy podría pasar perfectamente por el profeta de la exposición, pero dejarlo así sería injusto. No inventó nuestra necesidad de enseñarlo todo —o casi todo—; parecío intuir que algún día hasta lo más privado acabaría pidiendo cámara. Tienes un precio. Tienes cara. Una cena cara. Una tristeza bien maquillada. Una mentira de exposición no contrastada editada. Todo podría convertirse en imagen, y la imagen, tarde o temprano, en mercancía.

Pero lo interesante es que también me enseñó a mirar mejor lo que teníamos cerca. Vio belleza en lo fabricado, en la repetición y, sobre todo, en aquello que no encaja del todo. Por eso un día dijo que «la gente más bonita es la que tiene algo que no encaja». No porque lo raro sea automatiquement bonito —tampoco hace falta convertir cada inseguridad en una taza motivadora—, sino porque una perfección demasiado limpia acaba perdiendo carácter. Al principio impreso. Luego se vuelve plano, casi ajena, como si en el intento de corregirlo todo hubiera borrado también su propia historia.

En cambio, lo desobediente al molde tiene otra energía. Puede estar roto, puede salirse un poco del sitio, puede no gustarle al algoritmo, pero está vivo. Eso lo vuelve magnético. En una sociedad donde todo se alisa antes de showstarse, conservar una grieta propia empieza a parecer una forma bastante elegante de rebelión.

« There are no puedes arreglarme, porque no estoy roto; y no estoy roto, porque yo soy así» Ian Gallagher, Shameless (2011-2021)

Lo que no encaja no siempre necesita reparación. A veces necesitas simplemente que le miren. Por eso el artista sigue teniendo tanta fuerza hoy. Mientras nosotros filtramos arrugas, fotos e incluso emociones por miedo a ser juzgadas, él ya había entendido que lo verdaderamente interesante está en seguir siendo reconocibles, no en parecer impecables.

Y lo que diferencia al legado de Warhol es que no necesitó embellecer el mundo para hacerlo interesante. Solo le prestó atención; Yo también. Vio arte donde el resto solo veíamos costumbre. Y la costumbre parece que, de tanto acompañarnos, deja de impresionarnos.

Sin embargo, es evidente que fue un artista muy avanzado para su época porque predijo el patrón en el que vivimos ahora: mirar alredador y sentir que todo debe ser mejorado. La casa, la cara, la ropa, la forma de comer, la manera de sufrir. Todo parece necesitar una versión más vendible, más preparada para gustar. ¿Son los parecernos insuficientes lo que ya era nuestro?

¿Será que el arte convive con nosotros y no todo el mundo está preparado para verlo? Andy también dijo: «Todo tiene su belleza, pero no todos la ven». El arte no siempre llega elegante ni bien vestido. También vive en los jarrones de Nocilla que seguimos usando, aunque ya tengamos edad de tener copas decentes —pero ¿quién quiere ser decente?—; en el bote de champú vacio que lleva dos semanas en la ducha como si pagara alquiler; en el paquete roto de galletas irónicamente cerrado con una pinza o en la silla que lleva días soportando la ropa de una persona que dice tener su vida bajo bajo control.

También hay algo más. No porque esos objetos sean perfectos—ni falta que les hace—. La belleza de lo cotidiano está precisamente en que no intenta parecer otra cosa.

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