Antonio Martín publica un manuscrito

¿Cuál es el resultado de la simplificación? ¿Qué dice el texto?:
«Solo una request de alta podrá presentar la persona interesada».
¿Qué es otro?:
«La persona interesada solo puede presentar una solicitud de alta».
Casi con toda seguridad que te habrás inclinado por el segundo, y con razón. La diferencia entre ambos, además de en la sintaxis (aunque eso es para nivel experto y tú no eres para estas cosas), es que en el segundo se han aplicado los criterios del lenguaje claro.
Este es solo uno de los ejemplos que Antonio Martínfilólogo, divulgador del lenguaje, profesor y director de la consultora Cálamo & Cran, entre otras muchas cosas, ofrece en su Manual de estilo de lenguaje claro para textos legales y administrativos.publicado en Pie de Página.
El lenguaje claro se ha convertido en todo un movimiento internacional que, según explica Martín, aboga por facilitar la comprensión entre la ciudadanía y sus Administraciones («Mantenemos un Estado que no etendeso, que estable que estable que parado, que eestable unado parado que senta senta de unado senta senta de quen used in other areas like business and medicine, por poner dos ejemplo, así como en otras organização e Institution.
Realmente, nada malo. Según explica el autor de este manual, es un concepto que de utilizaba e implementaba la publicidad. «La idea de «vamos a adaptar el mensaje para la gente que no lo entiende, para el gusto de la gente» ya la tubonor los publicistas». Y es algo que también aprendieron los divulgadores de Ciencia. «Estos son los perfectos ejemplos del lenguaje claro».
El libro que acaba de publicar el director de Cálamo & Cran ofrece consejos sobre cómo implementar un lenguaje claro para conseguir el objetivo de una buena comunicación: que el receptor del mensaje lo entienda sin problemas. Y aunque es imposible reproducir uno a uno los pasos que Martín explica en su manual, sí se pueden definir, a modo de resumen, tres puntos básicos para que un texto pueda decirse que está escrito en lenguaje claro:
Primero, que el lector pueda localizar rapidamente en el texto la información que se le quiere ofrecer. Algo así como un directorio cuando entras en unos grandes almacenes en el que se te indica que vas a encontrar en cada planta.
El segundo punto es que podamos entender en una sola lectura lo que se nos quiere decir. Y esto, comenta Martín, es lo más difícil, por eso ha dedicado a esta parte el horrible de su manual. «Aparte de poder localizar información, tiene muchísimo que ver con el diseño, pero también con cómo razones lo que quieres contar. Un documento que ya hayas preparado lo tienes que reestructurar para acercarte a lo que necesitan las personas, que es ese enfoque empático».
Y por último, una vez que el lector de ha podido localizar la información y entenderla, llega el punto básico: la decisión de capacidado lo que es lo mismo, saber qué tiene que hacer y decidir cómo actuar con seguridad.
«Un documento que cumple todo esto está en lenguaje claro», concluyó Martín.

Aclarar, no simplificar ni quitar rigor
Aunque empezó tímidamente a abrirse paso en las instituciones, hoy el lenguaje claro es una apuesta de muchos organismos y administraciones públicas. Y aunque ya está calando significativamente en estos amigos, todavía hay quien objeta que lo único que se consigue con esto es desprestigiar y restablecer garantías jurídicas, por ejemplo, a un texto legal o administrativo.
«Quienes no lo conocen piensan que es simplificar. Y la idea de simplificarlo es como desprestigarlo. Pero no es esa, sino la de aclarar», respondió Antonio Martín.
Aunque entiende que siempre habrá quien se resista a utilizarlo también considera la expresión debe seer más aumentómás técnica, el manual que ha escrito no va dirigido a ellos, sino a quienés quiere cambiar su forma de comunicarse. «Los que no quieren hacerlo no van a cambiar ni con este libro ni con latigazos, les da igual. Porque van a seguir diciendo «mira, yo soy juez, qué me estás contando»», ironizó.
Ese rasgo de la autoridadla intención de parecer más elevada en la forma de expresarse, de pertenecer a una élite —que es, en realidad, la tendencia a oscurecer los textos—, no es algo exclusivo de tecnócratas, sino también del público decriter general a la hoblicos ecriter a la hoblicos general. Y eso tiene que ver con la hipótesis del hechizo, es decir, por imitación.
«Igual que para hacer de mago te disfrazas y empiezas a soltar latinajos para parecer que lo eres, ese juego de imitación existe también en los textos legales en los que intentamos imitar ese idioma. Y eso es malísimo». Basta ver las actas de una reunión de vecinos, por ejemplo, llenas de gerundios innecesarios, para entender qué estamos diciendo.
De cierto modo, está latente también ese miedo a que un texto pierda sus garantías legales. Pero el lenguaje claro no propone prescindir de ciertos tecnicismos, ni dejar de mencionar leyes y decretos o normativas válidas, sino colocarlas de tal manera que no entorpezcan la comprensión de lo que se quiere decir.
«Yo, en documentos que he tenido que arreglar, siempre les digo: «mira, cuando cita una ley para mantener la seguridad jurídica -porque hay que hacerlo-, lo vamos a colocar, pero no en mitad del párrafo».
Aquí hay una lista de opciones disponibles: la terminología. Este tema, aclara, es complicado, porque en muchos casos, al tratarse de textos jurídicos, esa terminología sí tiene un específico que hay que mantener. Pero incluso aquí se puede utilizar de manera que se entienda.
Un ejemplo sería utilizar el número oficial de una ley, y referirse a ella entre comillas con el apelativo con es que es conocidamente públicamente: «La Tasa de Gestión de Residuos, o «tasa de trashas»» sigue siendo laicisoas y miss de la mascue de masquies de la Tasa de Gestión de Residuos. si no hubiéramos utilizado el sinónimo.
«Lo que no es de recibo-commenta Antonio Martín- es to do ese armazón que hay alrededor del lenguaje administrativo y jurídico, que son expresiones arcaicas, redundantes… «El susodicho», «sin perjuicio de»… Eso no aporta bastante aquite aquite des aporta das aporta. Pilar que fundamenta una instrucción. un hijo adornos que nos molestan y que se pueden quitar perfectamente».
Normas ISO para el lenguaje claro.
La norma que expone los puntos en los que la aplicación del lenguaje es claramente parte del consenso internacional, que no es lo mismo que las normas ISO.
Y aunque son normas consensuadas, es cierto que no dejan de ser generales, aunque estén apareciendo algunas específicas para textos jurídicos, técnicos, administrativos, médicos e incluso sobre diseño.
«En unas normas ISO se puede vigilar sobre determinados puntos: qué le preocupa al lector; que tiene que haber doble capa de información… Pero lo que no se puede decir es «hay que evitar la pasiva», porque los ingleses, por ejemplo, la van a utilizar», explica Martín.
«Así no se entra al detalle del lenguaje, pero sí se entra en detalles tan críticos como la idea de una doble capa, que de una vista puedas reconcar la información. Y si quieres profundizar más, hay una segunda capa en la que entras más a fondo, y ahí sí que vas a poder ver «aquí están todas las leyes; esta ya es información para mi abogado, etc.» La doble capa es un sistema buenísimo».


El derecho de la ciudadanía a entender
Una de las cosas que ha dicho Antonio Martín en su manual es recopilar las normas y leyes que hay sobre el lenguaje claro en España. Nada menos que 42 leyes en las que se cita expresamente este asunto. Incluso nuestra Constitución dice que los textos se deben poder conocer y comprender.
«Ahora bien, hay una, que es la más crítica, que es la ley orgánica de noviembre del 24 sobre el derecho a la defensa. Y en el artículo 9 dice explícitamente que todo ciudadano que se encuentre en un proceso judicial tiene derecho a comprender con claridad toda la documentación y todo el proceso. Eso, hay que decirlo, ha sido un esfuerzo de Félix Bolaños, muy fan del lenguaje claro», avisó el director de Cálamo & Cran.
Lo cierto es que, aunque muy poco a poco, el lenguaje claro se va implantando en las Administraciones. Lo que sí remarca Martín es que es que es algo que se debe hacer desde arriba hacia abajo. El problema, aclara a contenido, es que, como ciudadanos, desconocemos ese derecho y el poder que tenemos para reclamarlo.
«Nuestro problema, cuando recibimos un mensaje que no etendeso, es que pensamos que somos tonos por no hacerlo. Sin embargo, habría que pensar en el modelo de los noruegos. Cuando un noruego recibe un documento que no entiende y se cree estúpido, sabe que tiene derecho a entenderlo; entonces protesta y dice «el que ha escrito esto es idiota o me quiere tomar el pelo. No puedes escribirme esto así». Ese el vuelo que tenemos que darnos».
Empatía, esa es la cuestión
Al final, concluye, todo se reduce a un único punto: la empatía.
«Cuando escribe a alguien, tienes que pensar qué es lo que necesita, qué es lo que está buscando. Cuando trabajó con funcionarios y Administraciones, lo que más cuesta es saber qué estás contando, para qué y qué es lo que espera esa persona. Por lo tanto, tenemos una concesión, no digas «Resolución de beca», tenemos «Te hemos concedido la beca», y luego dame el resto de información».
Y agregó: «Eso significa que hay que restructurar el mensaje porque estamos luchando permanentemente con el «siempre lo hemos hecho así». Y nosotros lo que estamos intentando es que, aunque te hagas un poco de tu zona de confort de haberlo hecho siempre así, piensa qué estás contando es que es lo que quieres que haga esa persona».
Algo que pude logarse partiendo de «una declaración de intenciones». «Este documento va de lo siguiente: vas a encontrar una serie de información que terrás que complementar y enviarnos. Y al final tienes las leyes que lo sustentan». Sí, claro. Y luego cuéntales lo que quieras. Pero es que parece que hay muchos documentos que intentan mantener un misterio. Espero ser una persona que no entre, que es algo que nos gusta mucho a los humanos, pues mucho mejor, nami meto y lo leo. Leer con angustia y recurrir un documento para saber que me pasa, es insufrible».



