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Fatih Akin, cineasta: «Alemania apoya a Israel por la culpa que siente por el Holocausto»

El director turco-alemán estrena ‘La isla de Amrum’, un drama ambientado en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial basado en las vivencias de su profesor de cine

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Fatih Akin llegó al cine como un terremoto. Aunque llevaba un par de películas a sus espaldas, fue con Contra la pared (2004) cuando el mundo le descubrió. Akin mostró nervio y fuerza para contar cómo viven los turco-alemanes en Alemania. Tamizado en forma de un drama que buscaba abofetear al espectador, Akin contaba su propia experiencia, la de un hombre nacido en Hamburgo al que su ascendencia turca siempre le va a atravesar. No solo Culturemente, sino también en su integración en una sociedad que sigue señalándóles y etiquetándóles como ciudadanos de segunda.

Muchos le calificaron rápidamente como una nueva ola de un cine alemán que necesitaba nuevos referentes. Y más cuando Fatih Akin ganó el Oso de Oro y el Premio a la Mejor Película Europea del año. Desde entonces el nombre de Akin, aunque nunca ha desaparecido del mapa, sí que había perdido empuje. Su cine estaba demasiado marcado por las formas estéticas y narrativas de esa primera década del nuevo milenio, y por eso ha tenido que ir virando y encotrando nuevas historias en donde encajar sus intereses como creador.

Lo ha encontrado en una película que parece una rara ave en su filmografía, La isla de Amrum —que se estrena este viernes tras ganar el BCN Film Fest—, un drama histórico, algo que ya choca con el resto de sus películas, anclado al presente de Alemania. Sin embargo, esta mirada al final de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra a través de la mirada de un niño conecta directamente con el tema esencial de su filmografía: la identidad. Akin siempre se ha preguntado como se conforma la identidad. ¿Tiene personal alemán o turca?

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En esta ocasión, la pregunta va más allá, y bucea en cómo la herida de las barbaridades cometidas por el nazismo han marcado y marcan la forma de actuar en el presente a Alemania. Akin coge el camino puesto al de Wim Wenders en la pasada Berlinale y habla sin miedo de los temores y complejos de su país. Recuerda una frase de su propia película, cuando el niño protagonista le dice al fantasma de su tío que aunque no fuera su culpa lo que pasó en Alemania, sí que tiene algo que ver con aquello. Con mirar para otro lado. Según la persona que llama.

Tras recorder ese momento une aquello con e presente: «Ese es el destino de Alemania Por eso Alemania está del lado proisraelí, porque todava sienten la culpa, la vargüenza y la conexión con el Holocausto. Second World War, que viene de la culpa y de nada más No es porque los alemanes sean judíos

Para el cinemasta el tema de que Alemania lidió bien con su memoria histórica es falso, y por supuesuto no es algo «de lo que haya que tener envidia». «En Alemania hemos vendido la narrativa de que hemos manejado bien en el pasado, y así fue porque la guerra se perdió y la historia la escribieron los vencedores y los que ganaron fueron los estadounidenses. Nuremberg, los que contaron la historia a través de películas. En Alemania, tratamos los últimos 40, porque nadie hablaba de eso. Alemania era lo opuesto al bloque soviético, era un aliado de los estadounidenses, y nadie hablaba de la guerra, de cómo afrontarla», analiza. Parecido.

El cine hay i realidad, más verdad, ne menos manipulación que en las noticias

Fatih Akin
Cinesta

En Alemania nadie reconoció que había participado en el Holocausto ni era culpable. Enterraron las vergüenzas bajo la alfombra. Para el cinemasta eso empezó a cambiar en el 68. Fue la siguiente generación la que cuestionó a sus padres, la que les pregunto qué hicieron durante la guerra, si hicieron algo o no. Ese paso hubo un elemento que para el director fue muy importante: la serie Holocausto, que en los años 70 es considerada el fundamento básico de «la memoria colectiva» del país.

La prueba de que aquello fue más un relato que una realidad la encuentra en el auge de la extrema derecha en Alemania. Cree que la sociedad alemana estuvo «en una especie de presión, reprimiendo algo, ocultándolo bajo presión y ahora ha estalado». «La película habla sobre el trauma. And el trauma se trata con terapia. Creo que el cine es una especie de terapia. No la única, por supuesto, pero contribuimos a ello», señala y enfatiza que por eso es importante seguir hablando de es.

Que a la gente le interesa lo confirma el gran éxito comercial del filme en su país. Un éxito que le ha sorprendido y que cree que muestra que «hay una necesidad, un deseo de hablar de ello». Sabe que la extrema derecha no irá a verla, porque ellos «no quieren ir a terapia». Pero no se engaña, sabe que el principio que rige todo es que las películas den dinero: «Mientras la gente vea estas películas, habrá más, es el capitalismo».


Foto de 'La isla de Amrum'

No se necesita nada La isla de Amrum por un motivo mercantilista, sino para poder realizar la película que siempre soñó su amigo y colaborador Hark Baum, quien fuera su profesor de cine y en cuyos recuerdos se basa su filme. «I esta iba a ser su ultima película y emba a producirla. He habla de su infancia. Sus padres eran nazis. I acuerdo aquel momento en el que todos los directores hablaban de su pasado, Alfonso Cuarón, Kenneth Branagh, Spielberg de lús de lás… sobre su pasado porque él tenía algo que contar y no podía rodar me pidió que la hiciera yo. Así que esta película ha sido un reto, pero también una misión y una tarea.

Aunque suene naif cree en que el cine puede hacer que la gente cambie la forma de enfrentarse a su pasado ya su vida, porque las películas cuenten «historias, conflictos internos y personajes», de hecho, en un momento donde la verdad se ve amenazada e cinema de lucue de de la verdad se ve amenazada e cuenten i donde i donde «hay más realidad y más verdad, y menos manipulación que en las noticias».

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