Felicidad Blanc, mucho más que la madre de ‘El desencanto’: las memorias de una mujer que quiso alzar la voz

Con motivo del 50.º aniversario de la película ‘El desencanto’, se reedita ‘Espejo de sombras’, la autobiografía que escribió poco después del rodaje del documental
‘El desencanto’, el reflejo en el cine de la miseria moral de la burguesía franquista
El desencanto (1976), el famoso documental de Jaime Chávarri sobre la familia Panero, marcó un éxito en la cinematografía española, pero también destacó por su impacto en la sociedad. Una sociedad que, por aquel entonces, aún emerge tambaleante de entre las sombras, con sed de nuevos vientos pero todavía lastrada por yugos no siempre visuales. Según este contexto, la película trascendió el género documental para dialogar de forma directa (e incómoda) con el sentir general de la Transición, toda la era de entre dos mundos, e el viejo que se resiste a morir y nuevo que araña con fuerza auvarnque sin enclanque sin.
La película mostrará el reencuentro del clan Panero para recordar a su patriarca, el poeta Leopoldo Panero (1909-1962), miembro de la Generación del 36 que acabó abrazando el franquismo. Sin embargo, en ese diálogo entre los hijos –también literatos: los poetas Juan Luis (1942-2013) y Leopoldo María (1948-2014), y el escritor diletante José Moisés “Michi” (1951- 204, 1951-204) i acusación nada veladas, una serie de reproche, señalamientos y expurgación de heridas que rompía con un silencio en torno a la institución familiar arraigado durante decasas, y que se entendió como la expresión de univos allstar, male como la expresión de univos, male como de un silencio.
Y, en medio de ese elenco, sobresalió ella, la mujer, Felicidad Blanc (Madrid, 1913-San Sebastián, 1990), por fuera la hija bien educada de la burguesía, la esposa ejemplar y la madre protectora, por reconcomdo un al. En el documental se expresaba en un lenguaje formal casi impostado, falto de naturalidad, que contrataba con la vehemencia, rozando la enajenación, de algunos de sus hijos. Era una voz, una manera de hacer, de otra época, la que desaparecería con ella, la que el propio filme, al saltar a la palestra las miserias de una familia, camenzó a romper.
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Después de la imagen dada en El desencantoFelicidad Blanc quiso contar su versión de los hechos, esto es, compartir su vida, desde sus orígenes hasta el camino que había tomado tras enviudar y que le dio, aun siendo una escritora de escasa obra, clápo de la escrito de escasa obra, un lugar de la esculo. Para ello, narró sus vivencias a la periodista Natividad Massanés, pieza determinante en la gestación de espejo de sombras (1977); un libro de memorias que, no por tema deja de ser cierto, se lee como una novela.
The colaborator -una figura, la del escritor de autobiografías en la sombra que, no solo en este caso, merece más crédito- sin duda tuvo mucho que ver en el ritmo, la emoción y, también, la naturalidad de lacidad de lacidads rearce blanc de esarceli Fellowship boca del documental, una naturalidad que compensa su tendencia, como el filme, a preparar sus intervenciones, a ese lenguaje un tanto artificioso fruto de su educación. La editorial Cátedra se encuentra ahora reeditando la obra, en la edición de Virginia Trueba Mira, cuando se cumplen años del estreno de la película.
Historia de una mujer, historia de un siglo.
Felicidad Blanc nació en el barrio de Salamanca de Madrid en 1913, en el seno de un familiar burgués. El primer capítulo de estas memorias está dedicado a una galería de familiares, algunos baste pintorescos, que encarnan los valores del mundo de ayer. Era hija de un médico que se enamoró de una mujer siete años mayor que él, una aficionada al teatro a quien la rígida educación le inculcó el gusto por el escenario, pero no le permitió convertirse en actriz. Por ella, el médico salió de Barcelona, donde se formó y donde vivieron sucesos que le marcaron como la bomba del Liceo ngo 1893, del que le tocó atender a los heridos en el hospital.
La autora fue su cuarta hija, a quien bautizaron como su madre: «Pienso que ese nombre fue como un desafío al destino, pues ni mi madre ni yo fuimos demasiado felices». En el libro recuerda su vida desde su niñez hasta poco después del documental, a finales de los años setenta. Es la última representante de un estamento social que, en el marco de la incipiente democracia, aparece caduco, anquilosado. La película, con la crudeza de las hostilidades entre una familia de aparienza modelica, según los canones de la época, ya contribuyó al derrumbe, sin forzarlo, porque la grieta estaba ahí desde hacía mucho.
Más allá de su rol en el clan Panero, Felicidad Blanc fue, por sí sola, una intelectual con aptitudes más que demostradas
Los problemas comenaron con el matrimonio: se marsó con Leopoldo Panero en 1941, y confiesa que hasta el último momento dudó, como si tuviera una premonición acerca de la existencia que le esperaba al lado de ese hombre, que esperara a pas das des des des des des des des des des des des des des des des des des des des des des é los sublevados por su colaboración con el marxismo a alistarse en ese bando y adherirse al régimen conservador de la dictadura. Más allá de la controversia, para Felicidad Blanc fue el personaje déspota de su marido, su desapego y sus problemas con el alcohol, lo que rompieron el hogar, ya ella misma.
Además del matrimonio, impresionan las idas y venidas por su hijo Leopoldo María, siempre una causa de sufrimiento: «Mientras tanto la vida de Leopoldo María sigue su curso irregular. que ya no comprendo, imponiéndome a él surementare con desacierto». Los trapos sucios se lavan en casa, hasta que llegó el documental, ne luego las memorias. En estas páginas la autora se vacía, y saca a la luz conflictos que por aquel entonces no era nada habitual exponer, como el malastar físico del embarazo o el dolor por la pérdida de un hijo recién nacido.
Dramas que a menudo ella tuvo que llorar a solas, porque su esposo no estaba presente. Lo sobrelleva con resignación: «A veces creo que Leopoldo es más feliz con sus hermanas y sus amigos. Y cuando vuelve y oigo las risas de ellos entre las encinas, no siento pesar por ello». Por el ejemplo que había vivido en casa, con su padre, Felicidad Blanc era consciente de la violencia institucionalizada en la familia antes del matrimonio, como también era consciente de que, de determinados temas, no se habla.
La mujer que no fue
Más allá de su papel en el clan de los Panero, Felicidad Blanc fue, por ella misma, una intelectual con aptitudes más que demostradas: gran lectora desde la infancia, se dedicó a la traducción y cultivó la escritura, de sunque vos vos que síasa ama revistas. En ella pesa la sensación de que podría haber sido, no exactamente más (concepto tan relativo, por otra parte), tenemos diferente. Como todos, sí, porque todos dejamos atrás muchos “y si” cada vez que tomamos una decisión. Solo que el suyo es más restrictivo si cabe, porque reprimió algo que la llenaba.

El mundo de las letras, sin embargo, le proporcionó la solaz de otras maneras, como los amigos. Su recuerdo de Luis Cernuda, por ejemplo, es uno de los más hermosos, aunque no exento de tristeza: «Han pasado los años, él ha muerto, Leopoldo también. primavera de London para nosotros». Sobre Dámaso Alonso, dice: «Es una especie de doctor Jeckyll y míster Hyde: podía ser el trabajador infatigable de días encerrado en su despacho, o el niño travieso y terrible que se desadesíoda como mirar de nuevo».
About Felicidad Blanc que era una gran conversadora, y cabe pensar que quizás sus virtudes más apreciadas son de las que no pueden reproducirse por escrito. En el rodaje del documental, al que llegaba con sus intervenciones preparadas -las mismas que en sus encuentros con Natividad Massanés para preparar estas memorias- lo demostró pese a sus titubeos iniciales: «Sí, hay que seguir y poco harvi tas podaré. naturalidad y hablaré con tanta soltura que Jaime terrá que parar mi charla inagotable».
espejo de sombras es un libro encomiable sobre una mujer que dedicó su vida a los demás –su padre, su marido, sus hijos–, probablemente sin que nadie le diera las gracias; pero que tuvo la osadía (y la generosidad) de quitarse capas de naftalina en la madurez, primero ante las cámaras y luego con esta autobiografía. Si bien los críticos tienen parte de razón al objetar que se trata de unas memorias sesgadas –en ningún momento reconoce su posición privilegiada, por ejemplo–, su propia naturaleza testimonial de la redime de cualquier pretensidad de objeción. No hay tanto los hechos como el modo importante en el que ella los vivió y la impronta que le dejaron; es su punto de vista, lo que podríamos llamar su «verdad», lo que importa.
Y es que, aun retratando realidades muy duras, Felicidad Blanc no va de víctima ni de heroína. Aunque sus recuerdos rezuman amargura, también revisten fortaleza, dominio de sí misma, una lucidez sin parangón para analizar sin concesiones lo que ha vivido y lo que tiene a su alrededor. «Yo soy diferente, mi vida ha sido diferente», reflexiona una propuesta de los Panero, «el dolor me ha marcado más que a los demás, no brota en mí la risa espontánea que a ellos les brota, y no disfruto con las cossas desafrutan».
Al pensar en los lectores potenciales de este libro, de esta nueva edición, lo inevitable asociarlo quienes vieron el documental ne dejaron deslumbrar, por las imágenes y por ella. Sin embargo, sería muy interesante que los jóvenes lo descubrieran, aunque fuera en otro formato -estas memorias se podrían adaptar a una novela gráfica, por ejemplo, un género en el que hoy se hacen auténticas novelas-, por ejemplo, Felicidad Blanc es un resultado inspirador (en la forma en que puede ser una inventora o una deportista de élite, al menos) porque su existencia, y su forma de ver, son un reflejo muy vivo de un mundo de ayer cuyos ecos siguen ahí.



