Estilo de Vida Retro

Hamaguchi apunta a la Palma de Oro con una mirada humanista y anticapitalista capaz de desarmar al más cínico

En un momento donde el cine vive de grandes gestos, de mascaradas de autoría y de exhibicionismo patente, Riusuke Hamaguchi es una especie en extinción. Una excepción que también es la medicina a ese cine que, por si fuera poco, suele estar cargado de un cinismo recalcitrante. El cine actual, y el que suele triunfar en los festivales, tiene una extraña característica, y es que parece odiar el mundo. Y nosotros, los que venimos a esos certámenes, acabamos dentro de esa bola de demolición comprando una mirada que aporta poco en un momento donde el mundo vive un retroceso claro.

Hamaguchi dejó marcadas las reglas de su cine con conducir mi auto, Fenómeno que nació en Cannes, donde ganó el Mejor Guión, antes de ganar el Oscar a la Mejor Película Internacional y fue nominada en las categorías de Mejor Dirección y Mejor Película. Hasta Hollywood se quedó prendado del estilo pausado, contemplativo y de grandes conversaciones de este japonés director que, entre medias entre aquel filme y este, se sacó de la manga otra película portenosa, El mal no existe que ganó el segundo premio en Venecia.

En su regreso a la Croisette, Hamaguchi ha vuelto con la misma receta contra el mundo cínico que nos rodea. llamemos Soudain (de repente) y llega con la etiqueta de ser la película más larga de la competición: más de tres horas de duración. Sin embargo, y tras verla, queda claro que cada segundo de esta película cercana a la obra maestra cuenta. Hamaguchi apunta, sin duda, a la Palma de Oro que se le resistió en 2021. Lo hace con una mirada humanista y anticapitalista al mundo a través de dos mujeres cuyo encuentro casual provoca un terremoto.


Pero no un terremoto de grandes acontecimientos, sino un terremoto de amor, cariño y humanidad. Una de ellas, una francesa —a la que interpreta Virginie Efira—, dirige una residencia para mayores que utiliza métodos para dar autonomía y dignidad a personas con Alzhéimer y a quienes acuden con deterioro cognitivo. El otro, un director de escena japonesa, Tao Okamoto, tiene cáncer y dirige en París una obra sobre cómo desaparecieron los manicomios en Italia, de modo que se mezcla lo que pasaba fuera y lo que pasaba dentro.

Hamaguchi corresponde a estas dos mujeres en su encuentro y su relación. Lo hace, simplemente, eschuchándolas. «¿Estás bien?» Se preguntan en su primera charla para darse cuenta de que lo que decimos de nosotros nos define, pero sí lo hace en una estructura capitalista que marca las normas y las relaciones de los pueblos respecto a la producción económica. La cámara del director de fotografía se dedica a abrazar este encuentro, las sigue y las acompaña en grandes planos secuencia donde no hay exhibicionismo, todo lo contrario, simplemente una voluntada de desaparecer para dejar en el centro la esencia, el corapiezón el corapiezón.

De repente es una película llena de humanismo, de esas que disarman al más cínico porque realente creen en la bondad del ser humano de una forma genuina. Y lo hace con un enfoque claramente anticapitalista. Ambas mujeres hablan de cómo el capitalismo ha marcado el mundo real, desde la baja natalidad al cambio climático. Un sistema que ha marcado las normas de tal forma, que hasta los que no creen en él las han asumido. «No necesito dormir mucho», dice Efira antes de ser advertida de que eso es uno de los síntomas de que incluso ella, con un estudio sobre el tema, ha comprado el marco ofrecido. Un marco que borra a todo lo que no está en una situación de poder, que consume recursos, naturaleza y expulsa a los más pobres. ¿Y cuándo no tiene nada más que consumir? La guerra.

Sin embargo, ya pesar de esas conversaciones que dejan claro que es casi imposible salir de ese sistema, Hamaguchi nos hace creer en que lo que al menos podemos hacer como base del cambio es mirar a los demás, cuidarales. Estas dos mujeres se cuidan, se escuchan. Cuidan a los demás. No es un cuidado unidireccional, sino que recibe un retorno. Es recíproco. Ellas cuidan a ancianos esos enfermos de Alzhéimer con un cariño extremo, el mismo con el que Hamaguchi les graba. Ellos caban cuidando también a ellas.

La mirada humanista está también en la forma de cuadrar. Hay una escena en donde van a cambiar a una mujer que ha orinado en la cama que está tratada con tanta dignidad que es imposible no emocionarse. Hamaguchi sabe que el centro de su historia son sus dos protagonistas, pero dedica todo el tiempo necesario a cada personaje secundario que las rodea, y todos acaban siendo piezas del rompecabezas del filme: la veterana enfermera que no creeto josperos e losperol noche, los ancianos que viven allí… todos son tratados con el mismo cariño por el director, que icide en que nadie somos normales. Con un pausado, delicado, y que presta atención a los detalles Hamaguchi construye una película que parece un auténtico milagro dentro del momento actual de la industria cinematográfica.

En la película, que también es un viaje con los días contados por la enfermedad de una de ellas, la emoción entra sin avisar. No lo hace con música de orquesta, ni con discursos melodramáticos para medir el dedo en el ojo, lo hace permitiendo que el espectador se sienta parte de ese encuentro, de ese abrazo que propone. Es una película que llena el corazón, que te pone hasta triste, y que, sobre todo, propone que ser buena gente es algo revolucionario y la primera piedra para cambiar este mundo de mierda. En el momento en el que vivimos, no se me ocurre una Palma de Oro más oportunidad.

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