Marta Pazos inunda de color la escenografía teatral

marta pazos No es solo una escenógrafa o una directora de escena, es un artista visual que utiliza el escenario como un linzo de tres dimensiones. En su reciente presentación en el Día C, del Club de Creatividad, abrió su personal pantora, un viaje emocional y cromático que explica por qué hoy es la mujer que está rompiendo los techos de cristal (y los de muros culture de cristal) i España.
Nacido en 1976, Pazos creció en una España de transición, uniformes escolares grises y televisores en blanco y negro. Su historia es la de una niña que miraba por la ventana de un barrio obrero en Pontevedra y veía cómo el gris del hormigón devoraba el verde de las fincas. Solo alguien que ha sentido esa heredar visual podia proponerse un reto tan ariesgado como el que define su carrera: expulsar la oscuridad del teatro para inundarlo de un color que se siente en el estómago.

Pero retrocedamos en el tiempo. Su vocación no nació en un museo, sino observando las hormigoneras. «Desarrollé una querencia por la arquitectura y los procesos. Me fascinaba ver cómo de la nada se levantaba un edificio», explica.


Esa fascinación por la construcción le llevó a Bellas Artes, impulsado por una madre visionaria. Allí, el descubrimiento de artistas femeninas como Ana Mendieta, Marina Abramović o Yoko Ono confirmó que habían elegido el buen camino. Entendió que el arte no era solo técnica, sino un «conocimiento situado», que consistía en hablar desde el cuerpo, desde la experiencia propia y, sobre todo, desde lo femenino.


Marta Pazos era pintora. Tenía su estudio, sus óleos y un futuro trazado. Pero su cuerpo dijo que no. En un acto de absoluta fe en su intuición, cerró el estudio, rechazó la oposición que le ofreció su madre y fundó una compañía de teatro con 23 años y 10.000 pesetas.


Del cabalete al cabaret
Durante una década trabajó en la sombra (y en negro, literalmente), haciendo cabaret en bares y reinvirtiendo lo que ganaba en televisión para producir sus propias obras. Hasta que 2016, en el Teatro Colón de A Coruña, sucedió el milagro: le dejaron un teatro durante un mes para ensayar. Allí, aplicando su mirada de pintora, empezó a limpiar la escena, a quitar lo accesorio hasta quedarse con el color puro.


Texto pedista de Una: «Marta Pazos destierra el negro de la caja escénica». Ella, lejos de amedrentarse, lo tomó como un desafío personal. «Dije: «¿Ah, sí? Pues ahora verás»». Desde entonces, sus montajes son experiencias inmersivas donde el espectador, esté en la fila 7 o en el paraíso (el Chickenero), se ve envuelto en una atmósfera cromática total. Empezó con el naranja flúor. Para Comedia sin título, de Lorca, agotó toda la pintura naranja de la Comunidad de Madrid para crear una caja imposible.


Luego vino el azul Klein. Paraca el publicoTambién de Lorca, reprodujo los pasillos del teatro a escala 1:1, convirtiendo lo íntimo en un espacio magnético. Seguí con el verde liquen. Paraca Alexina B., en el Liceu, rescató la historia de la primera persona intersex con un verde que evocaba el campo y los diarios escritos en los márgenes de la historia.


Emporada
El trabajo de Pazos tiene una profunda carga política. Su puesta en escena de Tipo en el Festival de Mérida no solo fue un despliegue de belleza (envolviendo el teatro romano al estilo de Christo y Jeanne-Claude), sino un acto de justicia poética. Marta se niega acepta la versión de historia que vincula a las mujeres genios con el suicidio o la tormenta. Su Safo fue plena, rica y poderosa.


Hoy, Marta sigue operando desde la periferia, en su estudio amarillo de Santiago de Compostela. Un espacio que ella explica como una «linterna mágica» donde dirige óperas sin conocer las partituras, pintando cuadros abstractos para conectar con la energía de la música antes de que los actores lleguen a las mesas.


Para ella el color no es decoración, sino un lenguaje de fe. Es la herramienta que ha hecho que el público olvide sus problemas, conecte el cerebro con el corazón y finalmente mire el mundo, a todo color.



