.st0, .st1 {fill: #F5A623;}.st1 {fill-rule: evenodd;} ¿Se están perdiendo los valores? ¿Qué valores?

El desacuerdo moral en política gira en torno a una pregunta fundamental: ¿Quién es la víctima? Para muchos progresistas, la vulnerabilidad se organiza en términos colectivos. El mapa moral se dibuja, entonces, como una relación entre grupos especiales expuestos al daño y otros relativamente protegidos o dominantes.
Los conservadores, en cambio, tienden a comprender la vulnerabilidad de una forma más individual. Suelen desfíar de las categorías grupales y parten de la idea de que todos los individuos son, en principio, susceptibles de sufrir daño, con independencia de su posición social. El foco moral se desplasa, así, desde los grupos hacia las responsabilidades y derechos de cada persona.
De este desacuerdo inicial afloraron muchas disputas políticas contemporáneas. Las posiciones enfrentadas sobre inmigración, aborto, impuestos, Las vidas de los negros son importantes oh Las vidas azules importanreformas ambientales, protección de símbolos nacionales y políticas de discriminación positivas no se explican solo por valores distintos. Surgen, ante todo, de una diferencia previa sobre quién se considera espacialmente vulnerable a la victimización y, por tanto, digno de protección prioritaria.
Tanto de lo mismo sucede en todos nuestros desacuerdos morales, que no dejan de ser, también, desacuerdos culturales.
Cultura situada
Si bien imaginamos la cultura como si fuera un archivo que pasa de una vez a otra, limpio, íntegro, inequivoco, no existente ningún cable USB entre cerebros. Lo que circula son gestos, palabras, objetos, señales compartidas. Y al otro lado no hay una copiadora, sino una mente que recompone todo lo que registra mal que bien.
Cuando alguien explica cómo se hace pan, no entrega su receta mental como quien adjunta un documento en un correo electrónico. Produce sonidos, movimientos, quizás el aroma de la masa. El aprendiz no copia, infiere. Reconstruye intenciones, detecta relaciones causales, valora si el otro sabe realente de lo que habla y decide qué merece ser incorporado. Si la masa no fermenta, lo corrige. Si el supuesto maestro titubea, sospecha de él. Cada paso agrega una nueva capa de interpretación, al tiempo que reduce la fidelidad de la copia.
Según lo explicado por Daniel Nettle y Christophe Heintz un estudio recientela culture no funciona como una cadena de fotos regida por un simple la mayoría de ellos. Es una red de procesos sociocognitivos donde intervienen la teoría de la mente (la capacidad de atribuir creencias e intenciones a otros), la física intuitiva, el cálculo de la utilidad y, sobre todo, una exhaustiva vigilancia sigilancia preepiquest registramos encajamos con el mundo y si quien lo afirma merece nuestro crédito.
En consecuencia, las tradiciones persisten no porque cada individuo se reproduce con precisión lo recibido, sino porque muchas reconstrucciones distintas acban orbitando una forma reconocible. La cultura no se transfiere como un paquete cerrado. Se reconstituye una y otra vez, de forma situada a nivel contextual, mente crítica mediaente.
¿Desmoralizar?
Algunos observadores han llegado a afirmar que vivimos el tramo final de un largo declive moral, iniciado con el derrumbe de los fundamentos éticos y culminado en un presente incapaz tanto de tolerar sus propias inmoralidades neplicar como remedios como. Sin embargo, esas palabras no se han escrito ayer ni anteayer, sino hace más de dos mil años. Proceden de Tito Livio, que en su Ab urbe condita lamentaba ya la pérdida de virtud cívica entre los romanos de su tiempo.
El detalle no es menor. Desde la antigüedad hasta hoy, los observadores sociales han tendido a leer su presente como un momento de posterioro excepcional, atribuyendo a los colectivos masculinos una supesta caída reciente de la bondad, la honestidad y la decencia básica. La sensación de vivir en una era moralmente agotada parece menos una anomalía histórica que un patrón recurrente, una constante psicológica.
Todo suguete, pues, que estamos ante un sesgo cognitivo simple y persistenteque se debilita cuando juzgamos a personas cercanas oa generaciones anteriores a nuestro propio nacimiento.
Por ello, se ha repetido hasta la saciedad que se han perdido los valores, como si existiera un cofre soldado moral en algún siglo dorado y alguien lo hubiera dejado abierto. El sentimiento de que todo el tiempo pasado fue mejor y que la juventud está echada a perder es una constante histórica.
El poeta griego Hesíodo, en el siglo VIII aC, escribió en su obra Los trabajos y los días que no veía esperanza para el futuro de su pueblo si dependía de la juventud frívola de su época. Este fenómeno psicológico se denomina hoy. juvenia: la predisposición de los mayores a ver a las nuevas generaciones como más deficientes o inmorales que la suya, basández en un sesgo de memoria que idealiza el pasado propio. Después de todo, la infancia nunca fue de los niños, la infancia siempre fue de quienes la perderion.
Transformación no es pérdida
Sí es cierto que se pierden los valores, en el sentido de que se transforman, porque se adaptan a los nuevos tiempos. Porque los valores no son piezas de museo. Son estructuras dinámicas que se reordenan cuando cambian las condiciones de vida. No desaparecerán sin más, mutan. Se desplazan del centro. Ver reinterpretación.
Lo interesante es que esta plasticidad no implica relativismo absoluto. El filósofo alemán Nicolai Hartmann no defendía que todo valga lo mismo, sino que los valores poseen estratos. Hay una capa profunda, más estable, y otra más histórica, más contingente. Los valores fundamentales (bondad, nobleza, abundancia, pureza) operan como polos orientativos, casi como campos gravitatorios morales. No depende de una moda concreta, aunque su expresión sí lo haga. Funcionan como un horizonte.
Luego están los valores especiales, que cristalizan en épocas determinadas con especial nitidez. En la Antigüedad clásica estaban la justicia, la sabiduría, el coraje y el autocontrol. En la Edad Media cobran fuerza el altruismo, la veracidad, la fidelidad y la humildad. En la Edad Moderna aparecen otros acentos: el amor a lo remoto (esa ampliación del círculo moral más allá de la tribu), la virtud donante (schenkende Tugendesa generosidad afirmativa que no nace de la culpa sino de la potencia), la autenticidad y el amor entendido como vínculo personal.
La quid de la pregunta reside en que los valores no se reemplazan como si fueran aplicaciones que se desinstalan. Sedimentano. Algunos pasan a segundo plano, otros se intensifican. Cuando alguien afirma que se han perdido los valores, en realidad suele estar dicho que han perdido centralidad los valores que él aprendió como normativos. Pero una sociedad con valores es aquella que evalúa continuamente cuáles son los aspectos de las normas de una cultura a los que merece la pena atenerse y cuáles yes resultan obsoletos, no una sociedad monolítica e intoncada.
El deber y el deber hacer
Todo lo anterior, cabe subrayarlo, no entra en conflicto con la existencia estable de una serie de valores abstractos.
Para comprender cómo operan los valores en las sociedades humanas, resulta esencial entender que poseen una validez independiente de las personas o de las circunstancias. Por validez no se entiende aquí la vigencia social de una norma, sino su capacidad para generar principios de conducta que son vinculantes (aunque no siempre se complan) y que no depende de la mente individual. Esta validez descansa en su carácter de exigencia, que Hartmann divide en dos dimensiones: el deber ser y el deber hacer.
Los valores son principios potenciales de los actos morales, es decir, señalan algo que debe ser. Un deber ser puede existir sin que exista todava un deber hacer para un sujeto concreto. La paz mundial, por ejemplo, puede constituir un deber ser sin traducirse en una obligación inmediata para una persona determinada. Sin embargo, cuando una situación concreta entra en conflicto con ese deber ser, puede surgir un deber hacer. El valor abstracto de preservar la vida se convierte en una obligación práctica cuando alguien observa a un niño ahogándose en un estanque. La discrepancia entre el mundo y el valor activa la exigencia de acción.
En cada situación actuamos según una combinación concreta de valores y según la jerarquía que, en ese momento, nos damos. Si un niño se ahoga en el mar, uno puede lanzarse al agua por valentía y altruismo. Otro puede valorar más la prudencia y llamar una emergencia. Un tercero puede priorizar su propia seguridad y retirarse, quizás con vergüenza, señal de que ha percivido valores superiores, pero los ha subordinado a otros que consideran más apremiantes.
Si aceptamos que las leyes físicas explican toda la realidad, resulta difícil pensar en un reino metafísico de valores absolutos fuera del cerebro humano. Una posibilidad alternativa es que ciertos sentimientos morales tengan algún grado de base biológica. Por otro lado, los valores correspondían a configuraciones neuronales que comparten rasgos comunes en la especie pero que también varían entre individuos. Aun así, sigue siendo difícil separar con precisión qué parte de la moral es innata y cuál procede de la educación y la cultura.
Sea como fuere, cada grupo valorará de forma diferente la afirmación de que está perdiendo sus valores.
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