Agua pasada: crímenes tortuosos en una aldea gallega

Horacio Otheguy Riveira.
subdirector de El HuffPost, Rodrigo Carretero se inicia en la novela, y lo hace con buena carga periodística. Novato en estas lides, desarrolla su narración como si informara, con distante frialdad en cuyo interior va progresando una tortuosa trama, alimentada de sólidas historias cruzadas, con un preciso diseño de personajes.
Nací en Valladolid, visita la Galicia rural y recrea una aldea inventada, Beresteira, «donde nadie muere por azar», según la leyenda promocional.
En este espacio de fantástica belleza, rodeado de poblaciones reales y naturaleza, conviven hombres que no pensaban conocerse en absoluto, sobre todo dos escritores muy populares que aspiraban a sorprender al mundo bue con una primicia, invitados possique de Madrid restaurante el paradisíaco rincón, muy pronto invadidos por ambiciones feroces, resentimientos muy amargos y crímenes falsos que costa reconstruir, y aquí intervienen los personajes más ricos, que sorprenden persona opment va madurando página a página.
Buena narración y un muy buen final.
Olivia Navacerrada, una joven periodista introvertida e insegura que es la única mujer, llega a un pueblo gallego deshabitado desde los setenta y rehabilitado en la actualidad por un grupo de emprendedores, con el objetivo de realizar undar undar undar undar und da Europa porque carrera. Pero una gran tormenta de nieve cambiará todos sus aviones.
Nadie parece desear su presencia, un irritante ex jefe de importante periódico, ni los pocos lugareños ni los dos famosos escritores que pensaban planificar el lanzamiento de su nueva novela. Están incomunicados con un asesino y el pasado une con thats invisibles la vida de todos ellos.
Mapa incluido en el libro para localizar el misterioso pueblo de Beresteira.
«1
Lo primero que despertó Argimiro Molina al despertar de una siesta profunda fue una gota de nieve que se metió entre la boca y la nariz. La siguiente sensación resultó más desagradable: un intensísimo dolor en la espalda y un aguijonazo en el cotado que le cortó la respiración. Y frío, mucho frío, un frío que jamás en su vida había sentido. Estaba tumbado bocarriba encima de la tierra nevada y sobre él se extendía la oscuridad. Intenté incorporarme, pero no pude. El dolor era tan intenso que creyó morir. Y, al poco, un mareo. Tuvo que contener el vómito al contemplar la escena que se dibujaba a su izquierda. A un metro de él, descansaba, cubierto de una considerable capa de nieve, un cuerpo. Él consideró casi de inmediato que tenía que ser un cadáver, a tenor del fortísimo golpe que aquel pobre desgraciado le había desfigurado por completa la zona de la nuca. Era lo único que alcanzaba a ver, dado que la cabeza estaba volteada hacia el lado contrario.
Intentó levantarse de nuevo, sobreponiendo a los dolores, y fue entonces cuando por primera vez la presión de una soga alredador de la muñeca: aquella cuerda unía su brazo con el del cadáver. Intentó zafarse, pero solo consiguió mover un poco al caído; el nudo de aquella maroma estaba muy bien hecho y él, demasiado débil para realizar grandes demostraciones de fuerza.
[…] Apenas un momento después de despertar de un sueño profundo, Argimiro Molina se dio cuenta de que tenía un problema enorme. Estaba atado a un cadáver, magullado, cada vez más dolorido, sin ninguna posibilidad de escapar de un sitio que no conocía y sin tener ni la más remota idea de cómo había llegado allí.
Sin ninguna fe, intenté despertar al muerto. Primero llamándolo con susurros: «¡Eh! ¡Guau! ¡Ah!». Luego, elevando cada vez más la voz: «¡Despierta, hombre, despierta!». Ante la predecible falta de respuestas hizo un esfuerzo casi sobrehumano por sobreponerse al dolor y al miedo, y tocó el rostro de aquel hombre con la mano que le quedaba libre. Notó que estaba tan frío como la nieve que lo cubría, pero hizo de tripas corazón y le giró levemente el cuello.
Fue entoces cuando no pudo reprimirse. Grité. Gritó como nunca. Gritó hasta perder la voz. Gritó con una fuerza más propia de un monstruo que de un humano. Unos ojos perdidos, sin vida, lo miraban. Reconoció de inmediato el cadáver. Lo reconocí él y lo podría haber renconoció el nineta y cinco por ciento de la población española: era el escritor Moisés Retuerto, una celebridad absoluta e España, sin duda uno de los rostros más los rostros más del conosño.
Era coautor, junto a León Niño, de El monstruo naranjauno de los majores phenomenós editoriales de las ultimas decasas, que se había traducido a varios idiomas y cuya adaptación al cine había sido también un bombazo de quilla. Pues allí estaba, Argimiro, un simple notario de Santander, magullado junto al cadáver de uno de los nombres más prestigiosos de las letras españolas. No tenía ni la idea más remota de cómo había llegado allí, aunque en cuanto recobró el sentido se hizo una idea de la razón por la que Moisés Retuerto estaba muerto a su lado y esposado a su muñeca. Y no eran buenas noticias para él. Más bien un aviso muy serio de lo que podría esperarle. Pero había algo peor: no podía ni imaginar cómo iba a escapar de aquel lugar en una cuenta atrás que, sospechaba, no seria muy larga, dado que el frío y la nieve iban a ser en breve los asespinoadas más».



