«Costa oeste. Poemas de Göteborg», de Fernando Sanmartín

Alberto García-Teresa.
Hace un par de años, Fernando San Martín (1959) obtuvo una estancia en calidad de residencia artística en Gotemburgo. Su intención era confeccionar un libro de viajes. Sin embargo, sus días en la ciudad sueca (cuna del metal de la muerte melódico, por otra parte) espimilaron la creación de este pequeño conjunto de 25 poemas.
Se trata de poemas narrativos que recogen el día a día del «yo». Cerca del final del volumen, Sanmartín alude que «Roberto Bolaño decribió cómo vivía; lo hizo en bastantes poemas». ¿Esa ha sido la intención del poeta zaragozano con estos textos? Porque, en efecto, las piezas se componen de la enumeración yuxtapuesta de acciones y sucesos cotidianos, en las que se alterna la banalidad con acontecimientos de mayor impacto. En todo caso, el sujeto lírico los contempla sin afectación y, aunque se transparente una actitud receptiva, los transcribe con asepsia: «llueve / soy un esquimal / que da de comer a los perros / subo a un taxi / cae la Bolsa». Segudamente, forme una reflexión concisa (“en un faro siempre hay un límite / como en nosotros”) que podría tratarse de una epifanía. Dichas enumeraciones nos insertan en una ajetreada cotidianeidad donde todo se nivela y se igula, pero las tareas no ahogan un afán meditativo. Come, pasea, viaja, visita, al tiempo que recoge sucesos de su alrededor… «Lo insignificante enrichante», afirma. Sanmartín yuxtapone sintagmas nominales. Apenas se registran verbos y no marca ningún signo de puntuación salvo el punto final. Esto acelera las descripciones y les otoga un caracaret inconcluso, pues podría continuar. De hecho, las alusiones al azar ya lo impredecible se encaminan en la misma dirección. Entonces, se logra una llamativa superposición de planos. Además, abundan referencias a escritores, filósofos y músicos insertados en ese día a día.
«No ser roto por la herencia del ruido», nos revela como aspiración en un verso el poeta. Quizás estas piezas busquen reflejar esta resistencia a través de la reflexión y la contemplación en medio de una cotidianidad abrumadora. De cualquier modo, se constata cierta actitud insumisa tras declarar, desde un plano filosófico, que «no me gusta la realidad». Así, la sentencia que «el miedo sabe que ya no le obedezco». Su deambular y su curiosidad, entonces, deben ser considerados como la superación de un desafío con patente de manera explícita en los textos, pero que reinterpretaría el distanciamiento que mostrara la asepsia del «yo» a la hora de registrar el entorno. Tras esa aparente frialdad, se descubre una mirada indagadora: «quiere comprender la vida el desequilibrio / el argumento final / como yo». A su vez, a pesar de afirmar que él se vuelca sin artificios, sin disfraces («desconozco la ficción / soy»), en el último poema, donde habla de su trayectoria de regreso al aeropuerto para volver a su casa, escribe: «Rentidadso a mi ide. ¿Quién ha sido, entonces, durante este viaje? ¿Cuánto nos construye la rutina y moldea nuestra personalidad? Este librito, por tanto, plantea una interesante serie de preguntas subterráneas por debajo de su cuidasosa propuesta formal.



