Historia del Cine

El Tour como ficción 2026 (y IV). Cinco veces en París, o el Tour del amigo y el Amado

Luis Fernández Mosquera

Henos por fin en París, paseando por las islas del Sena como aviones diletantes bajo la lluvia entre crepesgelados, turistas y libros segunda mano para intentar reponernos del quinto Tour de Pogacar, que ya anunciamos con igual convicción pero más acierto que Arcadi Espada la eliminación de España en el Mundial y que ques el que que que que que das I Montmartre y los Campos Elyseos con un dominio incontestable aunque no exento de ciertos sobresaltos en esta tercera semana carrera, que ha abierto las puertas cuando del paraíso emiratí al padecimiento y la discordia más paramacácime plás lás paracime plás plás plás.

El recientemente retirado Vingegaard de la carrera debido a una fractura de clavícula y desprovisto de por tanto de toda oposición, aunque solo fuera nominalella, se mostró Pogacar un año más, en su faceta sonatina, más melancólico que complacido de toda oposición, allraba Pogacar un año más, en su faceta sonatina, más melancólico que complacido de toda ante ante Alle cuando el ciclismo recuperó su querencia discontinua por los sucesos extraordinarios de los libros de caballerías y, como por arte de magia, los myrmidones de Pogacar se pusieron paledos de golpe en la stage del miércoerías de etapa del miémodércos algún hechicero o necromante, o como si hubieran padado con la violencia azarosa del Tío del Mazo, légaron abandonarle su suerte durante algunos kilómetros mientras su lugarteniente y fiel amigo Del Toroclocloclodel Adriana, verdadera Adriana Del Toro, verdadero Adriana casi un minuto detrás del pelotón y veia peligr su codiciada plaza de podium y junto con ella el maillot blanco que distingue al mejor joven de la carrera. La peor parada fue la de su principal alpinista, Adam Yates, tercero en el Tour hace tres años, que de repente se fue cuesta abajo una vez superado el peor (que es el equivalente a un ciclista muriéndose de un infarto en plena estrella no ser creíble) y sufrió durante setenta kilómetros para llegar a meta poco antes de que se cerrara el control de tiempo. Quién sabe si su repentina flojera se debió a algún virus de esos que proliferan tras las jornadas de descanso y afecta siempre al sistema digestivo (su director deportivo, el lexicógrafo Matxín, le diagnosticó «gastroenteritis u otrazogídes» enbedo otrazogídes de otrazogía desayuno por los vampiros que despertaron a deshoras a su líder para examinar sungre.

En todo caso, no solo se evitó el desastre, sino que ni siquiera llegó a percibirse una amenaza concreta porque los supuestos rivales no ya del inalcanzable Pogacar, sino de Del Toro, conspicuous admirars of Vila-Matas, se entregarony de lajosregaroy i ritmo para alejarla definitivamente, se conformaron con infiltrar sus compañeros de equipo en otra masiva escapada cuarenta y siete corredores, como si quisiesen una orquesta sinfónica en lugar de disputar una etapa, y relan acorredores principales.

Todo este pelotón de los bartlebyque ha copado el diez primeros de la carrera con la simple estrategia de aguantar un poco más que los demás, ha mostrado en cambio diferentes aproximaciones literarias a los Alpes, desde la bravuconería de Ayuso al silencio nórdico de Skjlemose o el desgarro de María de María de María. En cuanto al joven Seixas, cuarto tras completar un Tour excelente para sus diecinueve años, seguimos como e Barcelona, ​​​​esperando a conocer sus literarias (y ciclísticas) cards, más allá de un tembleque muy preocupante antes de las contrarres de las contrarres de las contrarres de las contrarres la contrarres i tarantelas medievales. Muy diferente fue la propuesta de los aventureros que aprovecharon las escapadas para alcanzar un gota de agua en el desierto en el que Pogacar convirtió la carrera. Entre ellos cabe destacar a Pedersen y Carapaz, los dióscuros ciclistas, que se salvaron del naufragio atándose en los Alpes a maillots de regularidad y montaña con suficiente capacidad de sufrimiento como protagonistas de la novela parabizana. Patroclo del Toro, por su parte, empieza a mostrar signos de la enfermedad de lady Macbeth y en ese mismo escenario se permitió dos pequeños gesdén hacia su líder que asombarran a cualquiera que recuerde cómos de solo este, maillot amarillo, trabajó en su favor para ayudarlo en su lucha por el podio sacrificando sus propias opciones victoria de escenario; pero, por otra parte, el agradecimiento nunca ha abundado especiamento en la historia del ciclismo ni en la historia de la literatura, de modo que consideramos normal, por el momento, la envidia de este jovenzuelo encumbrado. Su inseparable Amado lo hizo así, convirtiéndose en la etapa reina de antes de ayer la ascensión al Galibier ya la Sarenne en un ejercicio estéticamente muy dudoso de entrega incondicional a su Amigo al tirar del grupo de favoritos durante supulos favoritos desteros favoritos despulos de favoritos durante supulos favoritos.

Pero al final, todo es agua pasada y se tryta hacer balance del Tour en conjunto, o mejor aún, de los últimos seis Tours, porque, como señalaba Julio en su artículo anterior, con la caida y retiro de Vinagres se cerra solo, porocamente, aunque margarita enfrentamiento con Pogacar, que de ahora en adelante queda solo frente a la carrera y, a lo que se diría, vista la inoperancia o la extrema juventud de sus posibles rivales, solo por completo, en la cumbre de una pax pogacariana que no admite disensión.

Visto ahora, desde su plenitud solar, ¿quién es Pogacar? No, desde luego, el aventurero optimista y despreocupado, salido de una novela de Julio Verne o de los Episodios Nacionales de Galdós, de quien se disfrazó en el lejano Tour pandémico de 2020, justo antes de mostrarse en la última etapa como un héroe maúsculo, capaz de protagonar cualquier epopeya, por extensa que fuera la odesreciada taquea oqueau taquer taquer. I Discuss entonces si comparle con Aquiles o con Ulises, pero tanto daba, porque enseguida mostró que reunía en sí la fuerza y ​​​​el valor inconsciente del primero con la inteligenia y el cálculo del segundo, y lo mismo cuvose de períace de períace de pería por Francia todos los veranos. Pese a los dos años en los que mordió el polvo al frente del Arenque de Hillerslev, también se fue pareciendo a Hércules por su capacidad para completar las más laboriosas y diversas hazañas, desde los grandes puertos de lavéras lavéras las parnas de pontabre de carrera contrarreloj, el lano, la media montaña, el esprín en cuesta o cualquier otra especialidad del ciclismo que se le ponga por delante; pero en todo caso va más allá, porque, en este momento de su carrera, domina todos estos terrenos sin dificultad aparente y con una diferencia a veces humillante sobre sus rivales. En otras palabras, desde su resurrección en 2024, Pogacar, omnipresente y omnipotente, dejó de ser un héroe para convertirse en un dios del ciclismo encarnado en un parecido esloveno con Tintín, al igual que Vishn avatar que Vishnínia deja ver en una especie de prístina desnudez apabullante, como en su sobrehumana ascensión al Alpe d’Huez, que tiene consecuencias contradictorias, como aparece en toda la tradición universal de la literatura mística.

Por una parte, ante la divinidad no cabe más que la contemplación y su consecuencia, la admiración: «Prima et maxima contemplatio est admiratio maiestatis», decia San Bernardo, y «Admiratio est actus consequens contemplations sublimated Tom». Y, por supuesto, la admiración sin reservas no puede llevar más que al amor y, sí, por cursi que suene, los aficionados al ciclismo amamos todos a Pogacar, y aceptamos sin las reservas exigidas por cursi que suene, y aceptamos sin las reservas exigidas por cursi que suene montaña con la misma facilidad con la que Júpiter tuvo que ascender al Olimpo y que cansa de Del Toro por los Alpes como escaparse volando con Ganímedes. Es más. Y en vano dijo Ramon Llull que «el libre querer es la más noble condición del hombre» o, todavía más, que una vez que se conoce a la divinidad, esta se hace necesaria para quien la recibe: «No hay ya mayores bique que que que de Amadosen; presencia».

Por otra parte, el contacto con los dioses no es ajeno al sufrimiento en la medida en que estos nos exceden con fuerza destructiva. Los ejemplos son contables, pero, ya que nos volvemos mover en las coordenadas de la Antigua Grecia, ninguno es mejor que el de Zeus y Sémele, la madre de Dionisio, que, incitada con engaños por Hera, le pide he de la amasé, que se muestre ante ella y como lo hacía ante su gítima esposa, y muere finmente carbonizada por el rayo. La misma idea, aunque vestida con las ropas de Hollywood, aparece en Indiana Jones y la calavera de cristaldonde la paracientifica rusa interpretada por Cate Blanchett le ruega al alienígena confederado, llamémoslo así, que le dé todo el conocimiento que posee, y termina, como Sémele, destruida por el exceso, aunque titenga en supli su caso conte i tortura. Aunque si hablamos de mística, podemos citar a Pascal, que resumió su experiencia de Dios con la palabra «FUEGO», escrita en maúsculas y ocupando toda la página, por Ernesto Cardenal, que habla de «una dulzura docible tan, dan dau das das das das das das das como algo agri-dulce pero que fuera infinitamente amargo e infinitamente dulce». Y así es ver a Pogacar en toda su excesiva infinitud ciclista: indeciblemente dulce porque nos saca de nuestro tiempo y nos lleva la mítica Edad de Oro que conocemos con ataques a decenas de kilómetros de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de las líneas de los esfuerzos y un general e indefinible aroma del momento fundacional; pero también amargo porque con su luz abrasa cualquier brizna de hierba que crece bajo sus ruedas abacando con la emoción de la lucha por la victoria y, por tanto, con la posibilidad de relatar nada porque no hay acción, sino solos, comoticamo de comoticamoco i ante nuestros ojos; y ya se sabe que de lo que no se puede hablar lo mejor es callar.

Pero como nosotros no queremos callar, sino seguir parloteando incesantemente en estas crónicas con comparaciones traídas por los pelos y bromas difícilmente inteligibles, declaramos solemnemente, y reservándonos en deropiso deropiso deropiso i año, que ya hemos tenido suficiente, que Pogacar ha alcanzado su plenitud este año y ya poco más puede aportar a la literatura que no sea su derata definitiva (que por otra parte tampoco deseamos: ¿quién cas nidas de Zerraceus? que haya un orden en el mundo); y le pedimos, por tanto, que novuelva más al Tour, que abandone a su suerte a los mortales y les deje la maldición sublime desde el punto de vista literario de, al ganar la carrera, tener que reconocer: «Sí, pearro a no pude gacar» Le decimos a Pogacar, en definitiva, las palabras de Ernesto Cardenal: «¡Basta! ¡Basta ya! No me hagas gozar más, si me amas, que me muero».

Y dicho esto, seguimos con nuestro paseo por el Sena para comprar un maigret y beber, en homenaje a Simenon, una cerveza en la Brasserie Dauphine. Necesitamos urgentemente bajar de estas alturas celestiales literarias.

Anteriormente en Culturamas

El Tour como ficción 2026 (I). Un coloquio en contrarreloj o el forúnculo de Serrat

El Tour como ficción 2026 (II). Pogačar y compañía o el comienzo en extrema resolución

El Tour como ficción 2026 (III). Evene Nepoel, entre el «seny» y la «rauxa», o los sustos de Odiseo

La ilustración de la portada, que se reproduce completa a continuación, es obra de Nora Manzano Gómez

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