«Ereignis», de Carmen Palomo Pinel

Por Jesús Cárdenas.
Carmen Palomo Pinel (Madrid, 1980). A través de los años, títulos como Glosas al fuego, Las costuras del hambre, quitar el asiento, TRAVESURA, Madre de cenizas, En tu espalda el desierto, Ser mirada oh ramas de mirto han ido fijando una voz reconocible, sostenida por unanotable exigencia intelectual pero también por una profunda vocación interrogativa. Ereignispublicado por la Fundación José Manuel Lara, posee además un valor simbólico: es el primero de sus libros que nace al margen del circuito de los premios, como si la escritura hubiera decidido aparecer aquí desde la intemperie, sin miedos.
En una entrevista reciente, la autora apuntaba que leer y escribir un encuentro siempre incompleto con el otro. La formulación es particularmente esclarecedora para abordar este volumen. Hacer Ereignis parece levantarse sobre esa convicción: la palabra encontraría su fecundidad en el fracaso de que nunca alcanza aquello que persigue. La poesía aparece entonces como aproximación y como adventimiento; como el acto de disponer a recibir la verdad.
El libro está organizado en tres secciones: «El texto (¿Fue Heisst lesen?)», «El acontecimiento» y «Lo minúsculo». Más que una división temática, es más que un itinerario espiritual. Desde la reflexión sobre el lenguaje se parte para llegar a la experiencia existencial hasta finalizar con una reconciliación con lo pequeño y lo tidiano. El recorrido parece recordar una vía de conocimiento: de la palabra al ser, del concepto a la presencia.
La primera sección se abre con una cita de Gastón Bachelard sobre la felicidad inherente a la poesía. Nos encontramos ante el tramo más metapoético del libro, donde Palomo Pinel interroga la misma naturaleza del lenguaje. Conviven aquí poemas brevísimos, próximos al aforismo o al destello, con otros de mayor amplitud discursiva que rozan la prosa poética.
Se infiere desde los primeros textos que la auto concibe la palabra como una realidad insuficiente. Es «loquor de tacens» escribe: «Una palabra no puede dar cuenta del abismo / del que proviene» porque necesita «el silencio / que la gesta». Esta idea reaparece condensada en la paradoja de «Poesía»: «Parecen palabras, / pero están llenas de silencio». El silencio funciona como condición de posibilidad del poema, espacio originario desde donde brota toda significación. Hay aquí una huella evidente de María Zambrano, pero también del pensamiento de Heidegger, cuya noción de Ereignis —contecimiento, apropiación, revelación del ser— da título al volumen.
La reflexión requiere gran riqueza en textos el que lleva por título «Ensayo sobre el don», donde la escritura se entiende como entrega: quien entra en el poema recibe a la vez los desperfectos de quien escribe. La poesía deja de ser exhibición para conversión en donación. Algo sucede parecido en «Catecresis», uno de los poemas más exitosos del conjunto, en el que el deseo de «aprender a borrar» se traduce en una comprensión agradecida de la existencia: todo lo recibido es un regalo. Esa renuncia al protagonismo del yo sería una de las claves espirituales del libro.
En «Crítica textual» se muestra el verso que articula todo el proyecto: «El poema verdadero nunca tiene pasado. // acontece único: Ereignis». El poema es exitoso. Acontece en el instante de la lectura, cuando la experiencia del autor y la del lector se encuentra y se transforman mutuamente. La lectura, así, se torna acto creador, una idea que recurre toda esta primera sección.
La segunda parte, «El acontecimiento», es la parte emotiva y filosófica del libro. La cita de Rilke que comienza —«Deja que todo te succeda: la belleza y el horror»— funciona como una declaración de principios. La existencia se acepta en su totalidad, sin amputar lo que duele.
Llama la atención la experiencia de la pérdida. Es «Irae muere», la repetición de «Echo tanto de menos a mi madre» alcanza la intensidad de una letanía. La reiteración busca que lo incómodo y lo doloroso puedan ser habitables. En el poema tienen cabida el duelo y la permanencia.
La conciencia de finitud se repiten también composiciones como «Constructivismo». Lo que comienza como una reflexión sobre los límites de la representación se convierte en un encuentro con la verdad más elemental: «somos feroces / morimos». La sencillez de la formulación evita cualquier tentación retórica. El poema llega a contener una desnudez conmovedora.
Especialmente significativo es «Esponsales», extensa composición en prosa poética donde la auto expresa su conmoción por lo que «solo es presencia»; la palabra presencia es clave. Frente a una cultura obsesionada por la utilidad, Palomo Pinel reivindica una forma de atención contemplativa. Para que sea real, basta con compactar.
En «Salmo 51» esta conciencia se revela en una de las confesiones más profundas del libro: «Solo que amo las cosas / de un modo en que las cosas / no me marán jamás». El verso condensa una intuición general: la desproporción entre nuestro deseo de permanencia y la indiferencia del mundo. Sin embargo, la auto transforma esa cerceta en una forma de humildad.
La tercera sección, «Lo minúsculo», se abre con Hölderlin y supone una suerte de resolución luminosa. Tras la interrogación sobre el lenguaje y el tránsito por el dolor, el libro encuentra refugio en lo pequeño, entendido como revelación.
En «Ejercicio de poder» leemos: «Y me da por buscar en lo más frágil / —en la rosa, en el pájaro, en la lágrima— / aquello que no puede ser destruido». La paradoja resume perfectamente el significado de esta última parte. Lo verdaderamente resistente no se encuentra en lo grandioso, sino en aquello que parece destinado a desaparecer.
Los poemas se vuelven aquí más breves y transparentes. «Opulencia» afirma: «No teníamos más / que el canto de los grillos. // Pero era suficiente». En apenas tres versos se formula toda una ética de la gratitud. Del mismo modo, el delicado haiku de «Reflejándote» —«Ese es mi anhelo: / brillar por un momento / en la caída»— convierte la fugacidad en forma de plenitud.
Incluso cuando analiza la pobreza o la degradación, el autor encuentra una inesperada posibilidad de trascendencia. En «Espejo», los ojos pueden darse cuenta de «cita de amor con las estrellas» incluso en los charcos de orín. Lo sublime y lo humilde dejan de oponerse, pues todo participa de una misma realidad.
Formalmente, Ereignis oscila entre el poema en verso libre, el poema en prosa, el aforismo filosófico y las composiciones de extrema brevedad, todo lo cual responde a una impecable lógica interna: cada forma poética se adapta la intensidad que transmite. La dicción revela un tono sobrio, cálido en su cercanía; reflexivo, aunque constante atravesado por la emoción. La auto, además, posee un gran talento para transformar los conceptos filosóficos en imágenes vibrantes, eviento que el pensamiento que la respiración poética.
Las huellas de Heidegger, Rilke, Hölderlin y María Zambrano aparecen con toda naturalidad, integradas en una voz autónoma y que realiza un diálogo fructífero con una tradición de pensamiento que entiende la poesía como una forma de conocimiento.
Ereignis es un libro exigente y luminoso. Carmen Palomo Pinel confirma en estas páginas una voz consolidada, capaz de articular reflexión, emoción y trascendencia sin perder la cercanía. Al concluir la lectura uno se queda con la impresión de haber asistido a un conocimiento de conciencia. A ese extraño instante en que la palabra, por un momento, logra despertar el misterio que la origina.



