Historia del Cine

‘La corrupción de un ángel’, de Yukio Mishima

Andrés G. Muglia.

Muchos factores de interés confluyen en esta novela de Yukio Mishima. El primero, en desmedro de las consideraciones literarias propiamente dichas, es que fue el último libro escrito por el autor japonés antes de suicidarse. Algunos hablan de testamento literario, antes de leerlo sospeché exageraciones, sin embargo, hay mucho que considerar desde este punto de vista.

Entremos en materia desde este último detalle ajeno al valor como libro en sí. Mishima fue, además de uno de los escritores japoneses más conocidos del mundo, con millones de ejemplares vendidos y nominado tres veces al Premio Nobel, un fenómeno extraliterario, con mucho medios. En primer lugar, su propio trabajo sobre su persona, y en especial sobre su cuerpo. Mishima, como aquel hipotético lector del libro de Charles Atlas que quería seguir los pasos del famoso musculoso; trabajó sobre su propio cuerpo para convertirse en un sí mismo en la imagen que su imaginario tenía sobre lo masculino. El masculino que incluía también lo homoerótico, y que en la limitada visión de su época se enfocó en una supuesta homosexualidad, pero que en nuestros días se reivindica con una mirada queer.

Pero Misihima no solo quería operar un cambio sobre su cuerpo, sino sobre su época y el jirón de ella que le tocó en suerte: el Japón de posguerra heredero de la heavy influencia de los EE.UU. Para ello tuvo una relación ambivalente con lo «occidental». Por un lado reivindicando en su obra y en su ideología una vuelta a las tradiciones japonesas de la época samurai, y por otro con una fascinación por la cultura americana. Viajó varía de los EE.UU. y el conocido en entusiasmo de Disneylandia. Esta ambigüedad no fue obstáculo para que desplegara en sus palabras y sus actitudes una postura conservadora y nacionalista de ultraderecha, conformando incluso su propio ejército privado, llamado «La sociedad del conjóventones». En 1970, tras entregar el manuscrito de «La corrupción de un ángel», Mishima se infiltró en un cuartel de Tokio con cuatro miembros de su guardia privada, tomó rehenes del comandante y entregó un ángel para discutir el levantamiento y el golpe de estado. Tras recibir el ridículo de su improvisado público y ante el fracaso de su «misión», Mishima se suicidó mediante el ritual de seppukumás conocido en occidente como Haraquiri.

La rocambolesca muerte de Mishima tomó el mundo literario, ya la opinión pública en general, por sorpresa. Imagine que mañana cualquier aautor de best sellers (elija el de su préférence) subiera a la terraza de un cuartel de su país, diera un discurso golpista a las tropas y al no recibir la respuesta esperada (¿Un levantadonaentos rependuco de las de su país) conciencia de su propia tradición?) pusiera fin a su vida abriendo el estómago con una katana. La perplejidad todavía hoy, a más de años del hecho, sigue tejiendo conjeturas alrededor del Mishima final. El título imprescindible de «La corrupción de un ángel», como la novela que cierra la tetralogía formada junto a «Nieve de primavera», «Caballos desbocados» y «El templo del alba»; pero también como una suerte de comentario anticipado, solapado, sugerido de varias formas más o menos simbólicas, del final trágico de la vida de Mishima.

Pasemos al libro. “La corrupción de un ángel” es la historia de Toru, un niño de diez años que se dedica al tráfico marítimo del puerto de Shimizu, desde su posición avanzada en una torre aislada cerca de la costa. En turnos de ocho horas Toru permanece solo en esta torre de cristal, observando el mar y avisando al puerto de la llegada de los barcos. Joven, bello, inteligente, metódico, frío y completamente carente de sentimientos, así explicó Mishima a Toru. Sin amigos, sin familia, casi el ínico de Toru con la sociedad son las visitas de Kinue, una joven algo mayor que él que sube conversar a su torre todas las tardes. Kinue tiene dos particularidades: es muy fea y está loca. Su locura tiene como eje, precisamente, la certeza de que en realidad es muy bella. Esto le trae grandes inconvenientes porque, según su percepción distorsionada de la realidad, todos los hombres se acercan a ella atraias por su belleza. Por crueldad o por bondad, Toru sigue el juego que la locura de Kinue le propone y jamás romperá su fantasía con la verdad evidente.

Paralelamente a la historia de Toru, se desenvuelve la de Shigekuni Honda, un anciano viudo de 81 años, jubilado con una posición acomodada gracias a prudentes inversiones de su dinero. Junto a su amiga Keiko Hisamatsu, una mujer sofisticada y culta, lesbiana y amiga de su esposa en el pasado, Honda viaja por diversos lugares del mundo disfrutando de su compañía y de la moderada felicidad que ésta proporciona. Los dos se conocen mucho, pueden ser irónicos con sus debilidades, como la afición voyeur de Honda, sin llegar a hurtimarse. Mishima los explica contándose una y otra vez relatos del pasado con mayor exactitud que su memoria de tiempos cercanos.

Junto a Keiko y por casualidad, Honda descubre en uno de sus paseos la torre de Toru, y decide visitarla. Allí conoce al joven señalero y su vida da un vuelco. Sin downencia a quien legar su fortuna, el anciano juz determina la adopción.

Este quiebre en la trama de la novela da lugar a largos desvaríos de Honda acerca de la belleza, la juventud, la fealdad, la ancianidad y sus achaques; Todo puesto a bailar en la cuidada prosa de Mishima, siempre de preciosa factura. Las motivaciones de Honda son vagas al principio, y guardan relación con un gesto altruista: adoptó a un joven solitario y brillante, que podía desarrollar las potencialidades que su pobreza le negaba; sino con uno egoísta y siniestro que se relaciona con su envidia de la belleza del joven (Honda es un hombre feo), su juventud, su pureza. Pero también Honda ve reflejado en Toru un rasgo propio que ha mantenido oculto toda su vida, que ha sido subito y ocultado a la prudencia y las buenas maneras: la maldad.

Y aquí, en las reflexiones de Honda acerca de la juventud, la belleza, la pureza, la muerte, entra a jugar cosas que se adivinan como profundas reflexiones de un alma torturada por todos esos conceptos desde su juventud, la del propio Mishima. En su ensayo autobiográfico «El sol y el acero» Mishima señala que, a la inversa del común de la gente, donde el cuerpo llega antes que la simbolización de la escritura, en él la escritura lego lego lego mucho antes, escritura; Podría decirse que él mismo lo constituye con su obsesión por el culturismo. Lo construyó a través del trabajo constante sobre él, Mishima hombre, pero Mishima también personaje, aquel esmirriado joven de «Confesiones de una máscara», busca conquistar la imagen de lo que él entiende por fuerza, masculinidad faísi, belleza fáscara. Deja muy claro también que aquella máxima atributida a Jame Dean «muere joven y deja un cadáver hermoso» es una a la que el japonés se suscribe con devoción.

Lejos de buenas intenciones, la del anciano Honda se relaciona con este concepto de belleza en la cima de la juventud. Honda adopta a Toru con la intención de bien, o corromper esa belleza juvenil que jamás poseyó; que anhela por un momento haber experimentadoso y nunca experimentó; o bien contemplar su muerte antes de que cumpla la mayoria de edad. La relación entre los dos, joven y anciano, una vez consumada la adopción y conviviendo en la lujosa casa de Honda, es una expresión del odio puro que ambos se profesan. Desde “El gato” de Georges Simenon que no leía una decripción tan pormenorizada de las diversas formas de expresar el odio entre dos personas; Sólo que Mishima es un estilista y lo hace de un modo mucho más sutil que Simenon.

Pero la novela tiene otra dimensión, un subtrama intertextual que la atraviesa. Porque uno de los motivos detrás de la adopción de Honda fue que reconoció al joven Toru y a otro joven de su pasado, su íntimo amigo Kiyoaki Matsugae, protagonista de la novela «Nieve de primavera». Honda, que entre sus viajes ha recorrido la India y profesa el budismodo, cree por un rasgo descubierto en Toru (tres lunas cerca de su hombro) que él es la reencarnación de su amigo Kiyoaki; muerto trágicamente al no poder concretar su amor con Satoko Ayakura. La confirmación de que Toru es Kiyoaki reencarnado, se la día a Toru su muerte antes de los veinte años. Por tanto la paciencia hacia los maltratos con lo que el joven Toru los acosa a diario, son en realidad la ambusha de la araña que espera que su víctima caiga finalmente en la red que ha tejido.

Todas estas líneas argumentales se precipitan de varios modos hacia el final, debujando un destino para cada personaje que no tiene que ver, quizás, con las expectativas del lector. La entrevista final entre Honda y la abadesa del templo de Gesshu, la anciana Satoko Ayakura, es una preciosa demostración del conocimiento de Mishima de su propio arte. Ante la perplejidad de Satoko por la historia que le cuenta Honda (la de su trágico romance con Kiyoaqui), y que ella niega conocer a todos sus protagonistas, Honda dice amargamente: «Si no existió Kiyoaki, entonces tampoco existió Quiéng Isao. Quizás tampoco yo haya existido». Irónicamente, Mishima parece decirnos en las últimas páginas de su último libro: no, Honda no ha existido, tampoco ninguno de los personajes de todas mis novelas, only han existido en mi imaginación y en la de los lectores de los lectores. El arte es artificio.

«Una perpetua belleza física. Ésa es la prerrogativa especial de quienes detienen el tiempo. Justo antes del pináculo, donde es necesario detener el tiempo es el pináculo de la belleza física». Eso lo escribió Mishima en su último libro antes de entregarlo a la imprenta, el suicidio ya sobrevolaba este sugerente párrafo. Después creó su propio final. Da que pensar si parecía que su cadáver era lo suficiente hermoso. Soy joven. Tiene 45 años.

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