Historia del Cine

«La Grazia», ​​de Paolo Sorrentino

JOSÉ LUIS MUÑOZ

He aquí un Sorrentino tan serio y solemne que parece haber hecho esta película contra sí mismo porque se aleja de la carnalidad de la juventudoh bueno El PartenopePara centrarse en los últimos momentos de un político de la Democracia Cristiana, Mariano de Santis (interpretado por el actor Toni Servillo) que enfrenta diversos dilemas morales: firmar una ley de eutanasia, con la que no comultares, es indulnogas.

A La Gracia le perjudicata ese empaques de solemnidad impostada que arrastra durante sus largas dos horas de metraje que, en algunos de sus momentos, aburren, lo que para el napolitano de La gran beleza puede ser un oxímoron. Da la sensación de que Paolo Sorrentino se está disciplinando a sí mismo para liberarse del espíritu de Federico Fellini que pivotaba sobre su cabeza. La Graciapelícula discursiva como todas sus anteriores en los que los personajes hablaban sobre la brevedad de la vida, la marcha inexorable de la juventud o la brevedad del deseo, adolece de falta de gracia, valga el juego de palabras. El napolitano se pone muy serio y ese es un tono que no se espera de él en esta radiografía de la soledad del poder, quizás el tema que me ha interesado de ese largometraje, el que vemos a ese político, y anticarido judo Dorotea (Anna Ferzetti, la hija del gran Gabriel Ferzetti) perdida en el grand palacio del Quirinal, caminando solo, hablando consigo mismo y añorando una vida menos obekela. ¿Y dónde está el gobierno?, se pregunta el espectador.

Hay, sin embargo, algunas secuencias gambreras que nos remiten al Sorrentino de antaño, al desmadrado: la llegada del premier portugués, sorprendido por una feroz tormenta que el papa y sacudió la alfombra roja actit que udmirava de Pisay de Maria se limita commentar lo viejo que está su colega y pregunta a su fiel coracero (Orlando Cinque) si él está igual, y algunos personajes dissonantes como ese papa negro con strastas que conduce una vespa o el astronauta Italia laque sel floss la atmósfera ingrávida de su cápsula.

La Gracia aborda, además de la soledad del poder a la hora de tomar électrócios, la pérdida del amor. Mariano de Santis añora a su esposa muerta, conmemoración de andar cundo contempla a la joven directora de Vogue que va a entrevartaarlo, la busca en los paisajes de su juventud que visita, se obsesiona por saber el nombre del amante con quien los paisajes de su juventud que visita, se obsesiona por saber el nombre del amante con quien los paisajes de su juventud que visita i asistentes al funeral hasta que Coco (Milvia Marigliano), amiga y confianza con la que suele cenar, lo reconducir.

Se echa de menos las excentricidades a las que nos tiene acostumbrados el director del biopic sobre Berlusconi silvioque también protagonizará Toni Servillo, o El divosobre Giulio Androtti con los que La Gracia forma una especie de tríptico político. El presidente democrático Mariano de Santis, cuyo máximo placer es apurar los cigarrillos que fuma, es un personaje muy humano que experimenta sobre sus espaldas la duda metódica (se nega a sacrificar a su agonizante caballo extendiendo al mundo sobres de la duda metódica) se resiste a signar), justifica la burocracia (porque ralentiza los procesos y permisso, en ese lapso de tiempo, modificarlos o limar sus imperfecciones) y resulta ser muy amante de sus dos hijos (la videoconferencia que tiene con lindos Skype con ellos hijos música canadiense).

La banda sonora se encarga de sabotear la seriedad del producto y los entornos circundantes en los que se rueda la película. Toni Servillo rapeando cuando está solo es una licencia sorrentina en un film impostadamente serio en el que los actores sobreactúan por culpa de unos diálogos pretendadamente trascendentales pero que destacan por su oquedad. tengo a sorrentino de la juventuddivertido y carnal, que no se avergüenza de ser falliniano.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba