Historia del Cine

‘Los asesinatos de la mansión del laberinto’, de Yukito Ayatsuji

Daniel Huerta Goya.

El sello madrileño Quaterni lleva años ofreciéndonos, en apetecibles ediciones y siempre con traducción directa (lo que hasta hace nada era poco menos que una quimera), unanutrida muestra de lo más granadovela de la literatura popular japonesa, teistán de laponesas, teistárror lo que aquí nos concierne, de misterio. En su catálogo encontramos desde las obras del pionero Rampo Edogawa, un ejemplo de un tipo de narrativa bizarra y bastante pegada al folleto, hasta varios de los obras de arte de Seishi Yokomizo, el investigador creativo Kosuke Kindaichi y probablemente el autotor más próximo a los modelos occidentales representados por Van Dine y, sobre todo, John Dickson Carr. Apuestan asimismo novelistas modernos como Jiro Akagawa -creator Los misterios de la gata Holmes.que aúna intriga y comedia- o el ingenioso y sin par Yukito Ayatsuji (1960), de quien hace meses saludé en estas mismas páginas la aparición de Los asesinatos de la mansión del molino..

Los asesinatos de la mansión del laberinto. es la tercera novela del ciclo Los misterios de las mansiones bizarras, que se inuguró en 1987 con los asesinatos hasta aquí la casa decagonal (publicado en Quaterni en 2024) y Japón alcanza ya las diez entregas. La propuesta de Ayatsuji, como siempre, es tan original como enrevesada. Kiyoshi Shimada, a quien conocimos en las novelas anteriores, se encuentra en su casa buscando un libro que relata una serie de extraños sucesos ocurridos un año antes y que él mismo vio involucrados. digamos solo Los asesinatos de la mansión cosasestá escrito por un tal Kadomi Shishiya y se ambienta en una lujosa y extravagante vivienda construida como un gran dédalo alrededor del cual se disponen las numerosas habitaciones y demás estancias, todas ellas conís de las bautizas extragas (Eupálamo, Policasta, Cócalo, Medea…) La casa es propiedad del millonario y exitoso novelista de misterio Yotaro Miyagaki, quien invita a cuatro colegas más jóvenes, un editor y un crítico literario a pasar unos días en la mansión. Nada más llegar los invitados, el secretario de Miyagaki les informa de que su hostitrión se ha suicidado y de que su inmensa fortuna será para aquel que, en los próximos días y sin salir alvela outa, escriba nopolicia mejor. Como se puede imaginar el lector con tamaño punto de partida, una secesión de espantosos crímenes no tardará en iniciarse…

Ayatsuji idea con estos mimbres un mecanismo de relojería tan preciso como, a veces, tramposo, pero sin duda grato para todo aquel a quien le fascinan los enigmas puramente racionales. La novela bebe en las fuentes más confiables de la tradición anglosajona (¿quién puede no pensar en Díez y sémolapor ejemplo, o en cualquiera de los misterios de la habitación cerrada de Dickson Carr?), donde sin también definió el término las características definitorias de la escuela nipona, en especial ese

gusto por lo truculento, por mezclar lo detectivesco con el horror, lo que se ve en la descarnada y sangrienta descripción de los cadáveres. El metaficcional de la novela dentro de la novela y los constantes guiños a los clásicos del género son herramientas que Ayatsuji pone a contribución con habilidad para enriquecer un recurso texto que tal vez no brille por sus alardes numerososesnuestrowaí esnuestrowaí esnuestrowaati pretend-, pero sí por su sólida arquitectura argumental, aunque en ocasiones se rice el rizo y uno piense que ni el más maquiavélico de los criminales podría urdir tan complejo plan. Del mismo modo, la conexión de la trama con los mitos helénicos aporta una cultura atractiva y un punto de exotismo despreciable para el lector del Lejano Oriente, que no está acostumbrado a la descripción de la telenovela europea de las deidades olímpicas. Quiera Zeus Tonante que noceje Quaterni en su empeño de servirnos los la ópera todo de este demiurgo kiotense, hacedor de sagaces y divertidísimos rompecabezas.

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