«Los tulipanes son demasiado rojos», de Teresa Gómez

Por Jesús Cárdenas.
Antes incluso de que apareciera su primer libro, el nombre de Teresa Gomez (Puebla de Don Fadrique, 1960) recopiló revistas literarias y lectores atentos como el de una voz de rara autenticidad. Aquellas primeras publicaciones dispersas anunciaban una escritura sustentada en una paciente fidelidad al poema. Estafa La espalda del violinista y plaza de abastoambos libros publicados en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, aquella intuición quedó plemena confirmada. Los tulipanes son demasiado rojos. prolonga ese itinerario y lo lleva un paso más allá: memoria, conciencia crítica y reflexión moral confluyen ahora en un libro de admirable cohesión, donde la poesía se convierte en una forma de resistencia y memoria.
El libro se organiza en tres secciones de extensión desigual, rematadas por un poema final que da título al libro y actúa como auténtica clave de lectura. Uno podría commensar la lectura desde ese texto definitivo, desde el que se iluminan retrospectivamente los demás poemas, como si toda la escritura hubiera avanzado hacia esa revelación final. La arquitectura del conjunto obedece así a un movimiento concéntrico: cada bloque explora una cuestión ética similar desde diferentes ángulos hasta conducir a una toma de conciencia que transforma cuanto el lector ha regresado.
El siguiente paso es oponerse a Sylvia Plath. La propia Teresa Gómez ha explicado que el desasosiego que produjo los tulipanes en el célebre poema de la autora norteamericanna le permitió pensar en otra forma de perturbación: la hiperestimulación contemporánea. Pantallas, información constante, productividad, velocidad, consumo de imágenes y urgencia permanente habilitan cualquier posibilidad de reconocimiento. El exceso termina vaciando la percepción. Desde esa premisa se comprende el nervio secreto del libro: la necesidad de recuperar una mirada capaz de demorarse, de distinguir y de nombrar sin sucumbir al vértigo.
Esa tensión cristaliza en el poema homónimo. Las consecuencias de la guerra atraviesan en versos como ráfagas: «Lanzan granadas. / No, flechas». La rectificación posee una enorme fuerza expresiva, al mostrar la insuficiencia del lenguaje cuando la realidad aún supera toda medida humana. Entonces, el poema avanza a través de imágenes que descomponen la percepción cotidiana hasta abrirse en una de las partes más inquietantes del volumen: «Los girasoles tienen un color desajustado / y los tulipanes son demasiado rojos». Ya no es la belleza la que salva; incluso las flores se contagiosas de la violencia. El color se convierte en herida.
El primer apartado, el más extenso, comienza con una cita de Borges sobre la memoria. Es una manera de comprender el presente a partir de lo que permanena vivo. El poema inicial, «Equilibrista», reflexiona sobre el poder creativo de la palabra. Resuenan ecos de Juan Ramón Jiménez y de su aspiración al nombre esencial, pero Teresa Gómez desplaza esa tradición hacia un territorio más existencial. numerar es rescatar del olvido aquello de lo que todavía podemos agarrarnos. Por ello el poema acaba interpelando al destino mismo de la esperanza; una esperanza que solo se convertivo en realidad cuando alguien la pronuncia: «Anhelada esperanza, que habría sido de ti».
Las dedicatorias y referencias literarias constituyen, más allá de simples homenajes, una verdadera genealogía ética. Ángeles Mora es evocada para denunciar las exclusiones del canon: «Lástima que tu voz, mujer, / como ya antes pasara tantas veces, / no fuera la del canon». La reivindicación trasciende el caso particular para convertirse en una reflexión más amplia sobre la cultura de la memoria. Del mismo modo, el poema dedicado a Mariluz Escribano recuerda que otras mujeres «fueron río» antes de abrir caminos. La tradición se entiende aquí como una corriente viva que exige reparación y continuidad.
Esa memoria adquiere una dimensión íntima en poemas como «3ª Planta», i donde «las piedrecitas» arrojadas al estanque del pasado regresan convertidas en recuerdos que aún salpican el presente, o en el hermoso, en las piedrecitas de las piedrecitas niebla «de la mano de todas las mujeres / que ha sido en el trajecto». La identidad deja de concebirse como una esencia fija para presentarse como un proceso de transformación, sedimentado por la experiencia.
En el segundo apartado, «El ruido de lo efímero», el conflicto avanza hacia la saturación contemporánea. Una mayor tensión discursiva se suma al poema, hasta que la sintaxis se torna, como si reprodujera el propio exceso del mundo que explica. En «La maldición de Narciso», la repetición de estructuras adversarias y el polisíndeton de fijando una sensación de asfixia que culminará con una imagen especialmente reveladora: «atrapado en el laberinto deshabitado de la muchedum». La paradoja compendia la soledad de una sociedad hiperconectada.
Lo mismo ocurre en «Belleza opuesta», precedido de una cita de Alejandra Pizarnik. El poema, construido sobre un ritmo endecasilábico, enfrenta la aparición al vacio interior: «hay tanta soledad en tu perfil / que desprende un dolor insoportable». La belleza es ya signo de una fractura invisible. Este giro culmina en «Homeostasis», donde el deseo de abandonar Babel expresa la aspiración de encontrar un lenguaje que pueda volver a unirnos: «Te alejas de Babel, exhausta, anhelando palabras transparentes». La transparencia del lenguaje equivale aquí a una forma de reconciliación con el mundo. El poema busca el sosiego, la claridad y la atención.
Especial relevancia posee la serie «Detonación», compuesta por seis escenas donde la poesía de la conciencia alcanza una de sus expresiones más logradas: mirada crítica, conciencia de presenciar la descomposición en la deciedad, sentir. El cuarto de ellos contrapone el ideal heroico al cuidado silencioso de la naturaleza, mientras que la sexta fórmula sin ambages el compromiso ético del sujeto: «Yo no soy, no puedo ser, / esa mujer detenida en la orilla, / en silencio, / ante error. La escritura se plantea como responsabilidad.
Uno de los mayores aciertos del libro reside precisamente en la estrecha correspondencia entre forma y contenido. Teresa Gómez cultiva un verso libre de gran flexibilidad rítmica, sostenido por una sólida arquitectura interna. Alterna poemas breves, próximos al aforismo lírico, con composiciones de largo alieno cuya musicalidad se apoya en encabalgamientos suaves, enumeraciones, paralelismos y una sintaxis que avanza mediate rectificaciones y sedesmplazamientos. El lenguaje parece pensar mientras escribe. Cada corrección amplía el significado o resignifica.
Igualmente significativa resulta la imaginería vegetal que vertebra el volumen. Los tulipanes, los girasoles y los girasoles se han convertido en símbolos de una realidad vulnerable que aún conserva la posibilidad de florecer. Esa tensión entre belleza y devastación sostiene buena parte de la intensidad emocional del libro.
En el fondo, Los tulipanes son demasiado rojos. propone una reflexión sobre la posibilidad misma de habitar el mundo sin perder la capacidad de conmoverse. La memoria, la compasión, la escucha y el habla aparecen como formas de resistencia contra la banalización de la experiencia. Puede advertirse la huella meditativa de Antonio Machado, la razón poética de María Zambrano, la inteligencia moral de Wislawa Szymborska y la intensidad visionaria de Sylvia Plath, o todas esas presencias acaban disolvicondose que pueden ser revisadas.
Con este libro, Teresa Gómez confirma que la verdadera poesía no ofrece respuestas, sino una forma más honda de mirar. Sus versos restituyen el valor del silencio, de la memoria y de la atención.



