«La casa de los espíritus» regresa como serie con una mirada más femenina

Hay historias que no envejecen: simplemente cambian de forma para seguir interpelando al presente. eso es lo que pasa La casa de los espíritus La novela de Isabel Allende, que ahora vuelve convertida en serie televisiva. Su estreno en Prime Video no sólo recupera una de las grandes sagas del realismo mágico latinoamericano, sino que lo hace con una mirada contemporánea que, según una de sus responsabilidades creativas y también codirectora Francisca Alegrélia, tiene espíritu original «fiscal», al tiempo que se adapta a las exigencias del lenguaje audiovisual.
La serie -ocho episodios que abarcan medio siglo- sigue la historia de la familia Trueba a través de tres generaciones de mujeres: Clara, Blanca y Alba. Esa elección no es casual. Alegría insiste en que el pointo de vista es una de las grandes diferencias respecto a versiones anteriores: «El pointo de vista lo dan sobre todas las mujeres», explica, subrayando cómo la narración se construye como un relevo generacional donde cada cada publique de las mujeres «.
La adaptación, por tanto, no sólo condensa la trama de la novela, sino que la reorganiza emocionalmente para que los personajes evolucionen con tiempo y coherencia, incluso a costa de sacrificar episodios secundarios -como varias de las anscéntósícas del Marcos encajaban en la progresión dramática.
Para su responsable, Francisca Alegría, «el reto era trasladar el realismo mágico al lenguaje audiovisual sin perder naturalidad»
En ese equilibrio entre fidelidad y licencia, uno de los mayores retos ha sido trasladar el universo sensorial de Clara del Valle, un personaje marcado por lo intuitivo y lo sobrenatural. Lejos de enfatizar lo fantástico como algo externo, Alegría apuesta por anclaro en lo tidiano: «Los momentos mágicos están muy enclados a la realidad», señala, apoyándose en la puesta en escena, los momentos mágicos están muy enclados a la realidad», señala, apoyándose en la puesta en escena, el los mágico momentoss están muy enclados a la realidad», señala, apoyándose en la puesta en escena, losdinados vesturio sienta orgánico. Es, en el fundo, una manera de traducir al lenguaje audiovisual las «pinceles» del realismo mágico sin caer en lo artificioso.
El reparto refuerza esa ambición coral. Alfonso Herrera encarna a Esteban Trueba, el patriarca cuya mirada terrateniente y autoritaria articula buena parte del conflicto, mientras que Clara del Valle es interpretada por tres actrices en distintas etapas de su vida: Francesca Turco, Nicolole Vallores Fonzi. A su alrededor orbitan personajes clave como Férula (Fernanda Castillo), Severo del Valle (Eduard Fernández), Blanca (Fernanda Urrejola) y Alba (Rochi Hernández), construyendo un mosaico generacional que pone el foco en la transmisión de recuerdos de su familia.
La comparación inevitable es con la película de 1993 dirigida por Bille August y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons. Esa versión condensaba la historia hasta el punto de eliminar una generación completa, y adoptaba principalmente la perspectiva de Esteban Trueba. La serie, en cambio, aprovecha su formato para ampliar la historia y recuperar todas las capas familiares, además de desplazar el eje hacia una mirada más femenina y coral. Incluso frente a la propia novela -que alterna la primera de Esteban con la narración de Alba-, la serie opta por una voz más hehesionada que enfatiza la experiencia colectiva de las mujeres.
Pero más allá de la forma, el regreso de La casa de los espíritus se justifica por su fondo. Alegría lo resume con claridad: los temas siguen plemena vigentes. La violencia de género, las estructuras de poder patriarcales, la polarización política o la lucha de clases resuenan hoy con la misma fuerza que en los años setenta donde culminó la historia. Al mismo tiempo, hay una lectura más luminosa: la intuición, la memoria y la «sanación del linaje» -conceptos que, según el director, están en el centro de muchas conversaciones- convierten la serie en algo más que un dramaturgo.
En última instancia, la nueva adaptación plantea una idea simple pero poderosa: para entender el presente, hay que mirar al pasado. Y hacerlo, como apunta Alegría, desde la conciencia y la compasión. Una premisa que, más de cuarenta años después de la publicación de la novela, sigue encotrando nuevas formas de cobrar vida en pantalla.
Además, la serie llega respaldada por un equipo creativo y de producción que refuerza su ambición internacional. La propia Isabel Allende participa como productora ejecutiva, junto a Eva Longoria, mientras que la producción chilena está a cargo de la empresa vinculada a Pablo Larraín. Según explica Francisca Alegría, Allende mantuvo una «sana distancia» durante el proceso, ofreciendo apoyo y libertad creativa a partes iguales, lo que permitió a los guionistas construir una adaptación con identidad propia sin el texto del alma original. El resultado es también una apuesta local —filmada íntegramente en Chile— con vocación global, diseñada para conectar con audiencias de más de 240 países.

