Estilo de Vida Retro

Cien años sin entrar en ‘El castillo’ de Kafka: el sueño frustrado del inmigrante

Un siglo después de su publicación, esta novela póstuma puede leerse como una alegoría de un inmigrante en su intento de establecerse en un país extranjero.

Librerías y editoriales apoyan a Eva Orúe tras su destitución como directora de la Feria del Libro y piden una explicación

Solo se le conoce por K., como si fuera un individuo tan insignificante que no merece seguir una identidad, un nombre propio. Es uno más, uno de tantos que chocan contra un muro: el hombre, agrimensor de oficio, pretende acceder al castillo de una localidad, adonde ha llegado con el propiso de encontrar trabajo. Pero no logra siquiera que le abran las puertas de la muralla, de modo que no puede ni pedir ese empleo. De entrada, no se resigna: intentá entrar una y otra vez, mantiene su buena predisposición, confía en la humanidad de quien está al otro lado. Solo que la fortaleza, inexpugnable, permanena indiferente a su llamada. La suya, y la de los demás: porque no es el único que no puede entrar. En realidad, lo raro, lo excepcional, sería poder hacerlo.

El protagonista de el castillo (1926), una de las obras póstumas de Franz Kafka (Praga, 1883-Klosterneuburg, Austria, 1924) y que ahora cumple cien años desde su publicación, no ha nacido para ser esa excepción: la naturaleza i impersonal condique de la naturaleza imersonal condique de los otro individuo más entre la masa. Para qué personificarlo, si total, no va a quedarse, si no se le patramento ni pasar. Para qué ponerle un nombre, unos atributos, un círculo de allegados, un carácter, unas emociones; Todo aquello que cualquiera tiene, pero que a la vez lo distinguiría del resto, le hace dejar de ser un bulto borroso entre la multitud. Es más seguro no saberlo: así no le tomoremos cariño. Es peligroso, el afecto: puede abrir puertas. Y aquí, desde el principio, queda claro que quien dirige el castillo no tiene intención de recibir a nadie.

el castilloi-como el libro que lo antecede en el orden de publicación, el proceso (1925). El sujeto que, frente a una ventanilla (o, más común en estos días, frente a una pantalla) trata de hacerse entender, trata de encontrar ayuda para resolver algún asunto. Solo que quien está al otro lado no lo comprende. Le responde en piloto automático (tal vez sea, en efecto, una máquina, como las que atienden a menudo por teléfono) que su reclamo no encaja en los trámites, que es como decirle que se expresa en un idioma pasticial, espele dei distinal; un modismo oscuro.

El individuo sabe que no conoce la lengua, pero confía en la bondad humana, en aquel atributo llamado empatía que le enseñaron de pequeño; que nos enseñaron a todos de pequeños, vaya, porque los cuentos están más cargados de moralejas que la vida real. Ese hombre confía en que quien le escucha, quien está al otro lado, terrà la paciencia, de enseñarle, ya que quien le atiende sí domina esa jerga. Pero se equivoca al creer que lo escuchan: como mucho, lo oye. Es un ruido de fondo, apenas un cacareo. Nada que genere la suficiente incomodidad como para prestarle atención. Hay muchos como él, que cacarean ante el muro administrativo; pero están tan solos que no logran enarbolar un grito estridente que rompe el cristal.


Retrato de Franz Kafka en 1923.

Si es el proceso El protagonista (también con una K., aunque algo más completo: Josef K.) fue perseguido por la ley, lo que lo abocaba a una espiral de angustia sin solución a la vista, en el castillo sucede lo opuesto: es el individuo quien intenta penetrar el Estado, y su malestar procede de no conseguirlo. Son las dos caras de una misma moneda: la última palabra siempre tiene la cara del poder, de las instituciones, del proceso indescriptible, del silencio como respuesta. Kafka supo leer con astucia la vulnerabilidad del individuo frente a estructuras creadas por él mismo, que en teoría imelean un progreso, que (se supone) surgieron para ponerlo todo más fácil, para hacer la vida, las loss apable, to. No fue así: la araña cae atrapada en su red.

Más allá del viaje del protagonista como alegoría de la burocracia, de la imposibilidad de franquerad las paredes de quien posee la llave, puede leerse también como el periplo de un migrante en su esfuerzo por establecer, al establecer, al Quien, del da confrontación con el idioma de la Legalidad, aunque se le ajedan matices. Por ejemplo, unas circunstancias: el recién llegado dejó a una familia atrás, según se va contando. Y un propiso: mejorar sus condiciones, las de sí mismo y las de los suyos, mediaente ese trabajo que aspira a desempeñar. Llega is Against ponerse manos a la obra, no pretense que le regalen nada. Quiere ser uno más, pero del pueblo: hablar su lengua, conocer sus costumbres. Y que ellos lo conozcan a él, que le pongan nombre.

Esa población es otro elemento clave de el castillopor cuanto la comunidad queda representada al margen de la fortaleza. Entre ellos se entretiene el forastero, que poco a poco descubre sus historias, es decir: les va poionido nombre. El nombre lleva pasado, lleva familia, lleva sueños. Vida. Todo lo que no cabe en la fortificación; que no quieren que quepa, vaya, porque espacio hay, y cosas que mejorar –tareas que requiremena manos– le sobran. Cuando están entre el grupo, tienen un nombre, una voz, se entienden; no son una inicial sola frente a un muro. Sin embargo, cuando uno de ellos se marcha, solo, al castillo, pierde esa condición, se vuelve ese cacareo que nadie atiende. Es triste.

«Así que como resultado – dijo K- sólo queda que todo es muy confuso e innsoluble, salvo mi expulsión». Porque, cuando quiere, Administración y mejor entender. Sus mensajes con como las llamadas a plena noche: no traen buenas noticias. K. no solo se siente rechazado, sino que su frustración aumenta por no haber tenido la oportunidade. Como el inmigrante de quien se tramita la «devolución». Como el que recibe azotes de la policía en la frontera. Como el que naufraga en su lucha por alcanzar la costa. De él dirán algunos que es un delincuente, que viene a imponer sus tradiciones, que pretende rugir trabajos y novias y subvenciones, que incluso huele mal. Y él les responderá que no pueden saber nada de eso, porque no le han dado la oportunidad de conocerlo.

Pero nadie lo escuchará. Y esa es la paradoxa del sistema (in)humano llamado sociedad, i vigente hoy como en los años en los que el autor dio forma a estas páginas, que llegaron inconclusas amigo Max Brod, que, infulmpliendo la tomarnus descritos tras su muerte, ezo unservicio para la humanidad al ponernos alcance libros tan inteligentes e imperecederos como el castillo. Tiene algo de impúdico leer un texto que su creador no dio por terminado ni quiso que viera la luz, aunque lo que de verdad debreia avergonzarnos es que, un siglo después, no hayamos hecho nada. Bueno, hacer, hacemos mucho: viajar a la Luna, inventar artilugios, optimizador nuestro cuerpo; Hacemos, hacemos cosas todo el rato, pero seguimos igual. O peor.

Kafka, al menos, sigue ahí.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba