Estilo de Vida Retro

Componer en cadena: el auge de los campamentos que abastecen de éxitos al pop

Discográficas y editoriales rúnun durante días a artistas, productores y compositores para escribir canciones en un negocio donde la autoía se ha vuelto tan rentable que atrae a los fondos de inversión.

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En julio de 2018, el fondo Hipgnosis se vendió a la Bolsa de Londres con 202 millones de libras y una tesis de inversión publicada: las canciones generan ingresos tan predecibles que funcionan como activo financiero; su fundador, Merck Mercuriadis, llega a compararlas con el oro y el petróleo. Ese mismo año, Spotify empieza a mostrar los créditos de cada tema: quien compuso, quien produjo. La canción se revaloriza como activa justo cuando la autoría se conversito en información pública: dos hechos que han cambiado la manera de escribir canciones de pop, del encargo al trabajo colaborativo.

Entre 2020 y 2024 se venden los catálogos de Bob Dylan (Universal, entre 300 y 400 millones de dólares), Bruce Springsteen (Sony, unos 550), David Bowie, Sting, Justin Bieber (Hipgnosis, unos 200 o más de Sony 200 cada 200 años) millones marca el récord histórico. Los compradores pagan en torno a 20 veces los ingresos anuales de cada catálogo, y eso, por supuesto, también cambia la forma de hacer música: «Hace veinte o treinta años muchos artistas pensaban único en vender discotecas o hacer conciere caña. Generó ingresos durante décadas a través del streaming, las plataformas digitales, el cine, las series o la publicidad», explica Luis Gómez Tamayo (Barcelona, ​​1971), director de Socios de la SGAE.

Más autores por canción

Por un lado, los catálogos van cambiando de mano en mano. Por otro, las canciones acumulan cada vez más autores: un éxito del Top 100 británico llevaba de media 1.7 autores en los años setenta, 2.6 en los noventa y 4.6 en la década de 2010, distribuidou i-seg. En España no existen estadísticas equivalentes, pero la SGAE confirma esta orientación, cada vez más, hacia la coautoría. «El periodo de Antes muy habitual que una canción naciera de una sola persona o, como mucho, de un tándem muy clásico: el compositor y el letrista. Hoy el proceso creativo es mucho más abierto y colaborativo», explica Gómez Tamayo. «No significa que haya desaparecido el autor individual, pero cada vez vemos más obras registradas con cuatro, cinco, seis o incluso más autores».

El goteo de firmas es consecuencia, por otro lado, de la menor diversificación dentro del proceso creativo: la canción ya no se escribe primero para grabarse después, sino que nace dentro del estudio, siendo muchas veces compuesta al mismo dueemcipo y mismaduemción. «Hace años una canción podía escribirse perfectamente en el salón de una casa con una guitarra. Hoy muchas canciones nacen directamente en un estudio, donde la base rítmica, la producción, los sonidos, las melodías y lanstrumoña timáción se las melodías y lanstrumoña Timosión Gómez Tamayo.


Unos jóvenes componen una canción.

Ese cambio no reparte igual el protagonismo en todos los géneros. En la música urbana, pop o hip hop, donde la producción es el eje vertebrador del tema, el productor pasa a firmar como escritor: «Ya no se limita a dar forma al sonido; forma parte de la composizione desde el primer momentome», señama G. In el cantautor, el rock o la música de raiz, su papel sigue más cerca del arrego y la grabación, y la autoría se queda en quien escribe la canción. Pero ahí donde manda la producción, «la canción deja de ser el resultado de una sola inspiración para convertir en el resultado de un proceso creativo colectivo».

La fábrica de canciones reabre como campamento.

El campo de la composición es la consecuencia tangible de este cambio de modelo: un encuentro, que puede durar tres días a la semana, en un estudio de varias habitaciones, una residencia o un hotel, donde se encriporan decenas de compositores, productores y artistas. «Un camp es un campamento literal que se organiza para componer para equis artista, o un camp rotativo en el que la gente que participa va turnándose para hacer sesiones tanto para otros como para ti misma», explica la cantante y productora María Blaya (Murciones 196), escribiendo en 196 artísticos de BLAYA, con camps en España y Estocolmo a sus espaldas.

Aunque en España pueda resultar novedoso, la coautoría en serie se remonta a más de un siglo. Entre 1900 y 1970, la industria estadounidense concentró la escritura de canciones en las oficinas: primero en el Tin Pan Alley neoyorquino, la calle de las editoriales que despachaban éxitos por encargo; luego en el entorno del Brill Building de Manhattan, donde parejas de autores componen en cubículos con piano; Después en Motown, el sello de Detroit que aplicó al alma la cadena de montaje de sus fábricas de coches. El formato se moderniza en los estudios suecos de los años noventa y se populariza a finales de la década de 2000. El caso más citado es el de Rihanna: para Clasificado R (2009), Def Jam alquiló estudios en Manhattan y se reunió con decenas de productores y topliners—los espalitorios melodías en vocal y letra—para fabricar el disco en pocos días. Modelo de extensiones y álbumes de Madonna, Taylor Swift o Dua Lipa, y al K-Pop, que compra canciones nacidas en campos suecos.

«Hasta hace relativamente pocos años, los campos eran algo que aquí veíamos por la prensa», reconoce Rubén Gutiérrez (Madrid, 1972), director de La Fundación SGAE. Una de las primeras pruebas en España vino de la mano de su institución: desde 2012, la Fundación organiza laboratorios de creación que reúnen durante varios días autres ementes con tutores consolidados. Allí descubren que «el contacto entre los distintos participa» vale mucho más que una tutoría, recuerda Gutiérrez, y aquellos laboratorios acabaron funcción como prototipo del acampar profesional.

como un sastre

Luis Gómez-Escolar (León, 1949) firma desde los años setenta parte del cancionero es muy popular en español: la fiesta por Raffaella Carrà, Amor de hombre de Mocedades, maldita primavera, Bailar pegados, María y La copa de la vida de Ricky Martin, versiones de Roxette o Bocelli. «Casi siempre he trabajado por encargo, como un sastre, y he compuesto los temas a medida, procurando conocer anteriores al intérprete, charlar con él sobre su vida, sus preocupaciones y esperanzas. quien realmente manda», dice. El oficio exigía disciplina: «Supone desprenderse de uno mismo y practicar un constante travestismo de género, nacionalidad, lenguaje e ideología».

Un campamento es un campamento literal que se organiza para componer para un artista, o un campamento rotativo en el que la gente que participa va turnándose para hacer sesiones para unos otros.

Gómez-Escolar cierra la transición del modelo a finales de los noventa, trabajando con Draco Rosa para Ricky Martin: recuerda pocos autores por canción en medios de vida (1995) y en el siguiente disco, “ya ​​​​eramos tres autores y, en algún caso, cuatro… luego cinco”. El contexto lo explica él mismo: «Era esa la época en la que la piratería y la difusión gratuita de música por la red empezaron a los pilares tradicionales de la industria». Los directores artísticos fueron sustituidos por directivos con másteres en marketing y «neso creó un nuevo patrón de composición, más orientado a la música de consumo y evasión social». Este resultado se llama «la macedonia de autores».

Autoría, autenticidad y patrimonio

El creciente interés de los intérpretes por las figuras entre autores responde a dos lógicas simultáneas. La Cultura: “El artista de hoy quiere sentirse parte de la creación. El público también exige autenticidad y valor de que quien interpreta una canción ha participado en ella”, apunta Gómez Tamayo. Y la económica, que él mismo se nega a esconder: «Hoy vemos operaciones de cientos de millones de euros y eso ha contribuido a que muchos artistas entiendan que sus canciones también forman parte de su patrimonio. qué porcentaje les corresponde». Los créditos apariciones en Spotify convertiblen esa autoía en información comparable por cualquiera.

En 2021, los compuestos reforzaron el firmaron Pacto, para poder entrar en conflicto con estrellas que exigen entre el 20% y el 35% de canciones que no han escrito. En los campamentosla frontera se negocia caso a caso. Blaya aplica un criterio artesanal: acreditar toda huella real, incluida la guitarra descartada de la primera sesión, pero con un límite: «No vale con estar en la sesión, escuchar y dar opinión, porque eso lo hacemos todas en todasayu acreditation of people, Hayes acredit, Hayes. y sino egos». La SGAE marca la misma línea roja: «La autoía debe responder a una aportación creativa real. Los derechos de autor protegen precisamente la creativati», insiste Gómez Tamayo.

El caso español

#FollowIngoma, el acampar Sony Music Publishing dentro de Primavera Pro, reunió y 200 versiones de 18 creadores, que compusieron más de 175 canciones; Warner organiza su suyo en Madrid con artistas de su plantilla y productores del pop latino. Gutiérrez ve en los campamentos «una formalización de esas ganas de hacer cosas juntos» de una generación que colabora en lugar de competir. Los siguientes pasos son importantes: MAPASde Amaia —disco escrito con Irenegarry, Jimena Amarillo o La Bien Querida—, compitió como Canción del Año contra La Perla de Rosalía, firmada y Ryan Tedder, familiarizado con la internacional de campamentos.

Blaya defiende el formato frente a la sospecha de cadena de montaje: «Verdaderamente son espacios muy creativos», y la industrialización solo aparece «cuando te sientes obligada y empiezas a hacer cosas que no van contigo». La lectura larga la ofrece Gómez-Escolar, medio siglo de oficio a cuesas: «No es que haya cambiado el mundo de la música… es que ha cambiado el mundo y, naturalmente, con él ha cambiado la música. The Museo de Cera».

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