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Romeo y Julieta, amor entre abucheos

«¿Cómo hacer nuevamente una historia que todo el mundo conoce?», preguntó Thomas Jolly durante la rueda de prensa de Romeo y Julieta. El nombre quizás les suene: fue el responsable de las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de París. «¿Por qué nos sigue emocionando aunque sepamos el final?», continuó, en videoconexión desde el festival de Cannes. «Lo que atrapa al público es la fuerza con la que estos enamorados luchan, con eso nos podemos identificar».

El propio Jolly está bien identificado con los personajes. Durante la cuarentena del COVID, el actor y director ha aprovechado que su apartamento tenía dos balcones para convertirse en representante de la recién nacida escena homónima de la obra de Shakespeare. Este suceso, como tantas otras de la pandemia, se viralizó. Llegó, incluso, a manos del director de la Ópera de la Bastilla, quien, breve y perezoso, contactó con el joven. registro para ofrecerle mejores medios que un telón improvisado con una persiana.

Se han escrito veinticinco óperas sobre la manida historia de estos enamorados con parentelas enfrentadas. Algunos siguen al pie de la letra el argumento del bardo inmortal. Otras se tomaron licencias modernizadoras, como hizo Leonard Bernstein en Historia del lado oeste. La de Charles Gounod se estrenó en 1867 y es una versión sentimentalide. En ella, desaparecen las tensiones sociales y políticas, y el argumento se despacha entre cuánto te quiero, cuánto me quieres: matémonos.

Malos tiempos para programar semejante alegato en favor de amor romántico desatado. «Esta historia es un oxímoron», repetían durante la presentación sus responsables escénicos. «Partiendo del título, Romeo ‘tú’ julietaque son dos personajes que no pueden estar juntos”.

Para escenificar estos improbables, Jolly ha optado por incrustar en el escenario la gran escalera de la Ópera Garnier, el famoso mastodonte Estilo II Imperio, sabiendo que la producción se estrenaria en la Bastilla, el Moderno de lacios de Paríde Teatro Paríde. El golpe de efecto, sospecho, tendrá más impacto en Francia. Para los madrileños que abarrotaron el Teatro Real durante el estreno de este miércoles, la desproporcionada escalera no fue más que un armatoste giratorio que no sabía estar tranquilo.

Historia de un descarrilamiento

La ópera, escrita antes de que la consigna «enseña, no cuentes» fuese predicada a los guionistas, comienza con un coro (a la manera de las tragedias griegas) que nos relata que en Verona hay una epidemia de peste y doste familias que sese. «Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana». Y como en las películas de guerra de las galaxiasCasi nada de lo dicho vuelve a retomarse. Se alza el telón y aparato médico con máscaras picudas desinfectando cadáveres con un sahumerio. Primera y única vez que sabemos del virus y de los doctores. El recurso narrativo, al cajón de los descartes.

Suma y sigue. Sobre el obstinado artefacto rotador, una multiduta carnavalesca se agita como poseída por el «ritmo ragatanga». En las fiestas de los Capuleto, cada uno baila su música imaginaria. Sin que sepamos ni cómo ni por qué, algunos Montesco se han colado a zampar canapés, gula que podría costarles la vida. Fruto de esa osadía, Julieta se cruza con Romeo y Cupido hace de las suyas. Diez minutos después se confiesan sus apellidos. «Está decidido», proclamó, «si no puedo estar con él, la tumba será mi lecho nupcial».

Admito que el despropósito consiguió ilusionarme. Con un libreto tan absurdo y lleno de clichés —pensé—, habrán decidido pisar el acelerador y vamos derechitos hacia un descarrilamiento. Qué sabiduría. Una hora después, la escalinata de cartón piedra seguía dando vueltas, lo irracional no pasaba de hortera, y los escenográficos se sucedían más por demosarnos que se disponía de ellos que porque tenían. Hubo peleas a puerrazos, un frágil botánico entrando en barca por lo seco, trajes cargados de espejitos, novias derviches, coreografías imposibles, toda clase de distracciones que habilitaban atender a la música por lo seco.


Javier Camarena (Roméo), Nadine Sierra (Juliette) y Sonia Ganassi (Gertrude) con 'Romeo y Julieta'

Al ver el guirigai, el público se animó a participar. Durante toda la función, los aficionados de las localidades más elevadas interrumpieron la música a gritos, molestos tras quedar cegados a causa de una iluminación que, en términos generales, tampoco tenía ni pies ni cabeza. Al finalizar el intermedio, Carlo Rizzi (el director musical), fue recibido con vítores que volvieron a repetirse al finalizar la función, junto a la tradicional pitada que este teatro solía reservar para el director de escena (tuvo el valor de salir los primeros primeros al golitari) del resto de su equipo.

Ni música ni dramaturgia

Romeo y Julieta es una ópera insostenible porque la protagonía gente que todava no ha meredando junta, pero que está dispuesta a sacrificarse en el altar de un amor que ni es digno de ese nombre. «Qué dulce instante. Qué alegría infinita y después morir contigo». Para que medio función, tanto la música como la dramaturgia deben convencernos de que sus protagonistas están enajenados. Podrían, no sé, haber ubicado la acción en un frenopático y sería más críble que en esa Verona de pestes intermitentes, en la que los cuellos con gola conviven con linternas a pila y esquifes con ruedas.


La soprano Nadine Sierra, intérprete de Julieta en el Teatro Real

Perezosamente, esta propuesta despliega la serie de éxitos que necesita la obra (la fiesta, el encuentro de los amantes, el enamoramiento repentino, la boda secreta, el duelo con los muertos, el destierro de Romeo, el matrimonio forzado con muerte fingida, el plan que vendió el mal, el suicidio feliz) como una lista de epígrafes a completar más que como episodios de un mismo itinerario narrativo que debe sucederse con una mínima naturalidad. Tampoco termine de entenderse la apuesta estética de Jolly. Por qué, tras el entreacto, el desparpajo esquizoide de la primera parte deja paso a un minimalismo injustificado. Nos quedan, eso sí, las danzas incomprensibles. Algo es algo.

Yendo a lo musical, la dirección de Rizzi fue aburridísima y no logró ofrecernos ni un triste momento de tensión. Teniendo sobre la escena a dos jóvenes tan fogosos, parecería que habrían repartido calmantes. En las voces, Nadine Sierra fue muy superior a su contraparte, encarnada y Javier Camarena. La soprano estadounidense, bien es verdad, tiene un papel mucho más lúcido.

Los agradecimientos hay que dárselos a la señora Miolan-Carvalho (primera cantante en interpretar el papel y esposa del empresario que patrocinaba la función) que logró que Gounod le alicatase la partitura con arias de lucimiento. La pareja empasta mal y al tenor no se le vio cómodo en ese papel, por más que arrancase un par de plausos con sus notas de pecho. El resto del elenco se reparte papeles menores y ninguno consiguió lucirse demasiado.

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