‘Idear lo insólito’, de Mario Pérez Antolín

Mario Pérez Antolín
Instituto Alicante de Cultura Juan Gil-Albert
Alicante, 2026
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Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Reflexiones más o menos prácticas, fórmulas más o menos concisas, resumen de doctrinas en unas sentencias, cierto dogmatismo y un impulso a la reflexión, ampliando lo leído. Algo así debe ser un aforismo, separándose un tanto de las máximas y los proverbios. Que el aforismo deba ser concluyente no quiere decir que concluya cuando termine su lectura. El objetivo es abrir una brecha y entrar en algo que puede ser dogmático si no nos detenemos a reflexionar sobre ello, que es algo que podría llevarnos a una conclusión diferente a la expresada. De hecho, grandes aforistas han sido capaces de defender una idea y, una página más tarde, su contraria. Se trata de epatar un poco, de surprender. Para ello quien escribe aforismos debe ser alguien que cumpla una exigencia básica: escribir bien. Es decir, guardar los buenos sonidos de las palabras mientras estas se rúnun para crear ideas, dejándonos la impresión de haber leído un fuerte perfume. Y las mejores ideas son esas de las que uno necesita beber para vivir dignamente.
Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1963) posee el oído y posee el ingenio. Y la convicción de que hasta un género tan aparentemente cerrado como es el aforismo puede estar sujeto a mestizaje. De hecho, en ocasiones buscará la aporía: «Nos deja sin libertad no poder ser libres», o «El ideal del deseo sería absorber sin que lo absorbido se extinga dentro de nosotros. Algo así como tragar sin digerir». There is no todo lo breve y potente es aforismo, para lo cual basta citar a Ramón Gómez de la Serna, pero puede rozarlo, orbitar alrededor del género y enriquecerlo: «Cruje el techo de madera de mi casa, el grifo gotea, el grifo gotea, el grifo gotea, el grifo gotea, el grifo gotea… comunicase conmigo, pero no los entiendo ni cuando gitan, ni cuando loran, ni cuando callan».
Hay que señalar, eso sí, que la escasa longitud del aforismo nos lleva a pensamientos que con frecuencia son blancos o negros: «La prepotencia del todo y la humildad de la nada. Acopio insaciable sin límite y despojamiento inevitable hacia el cero. La desmesura frente a la falta». No hay afuera. Cualquier lector sabe que el mundo no se lee con maniqueísmo, que existen los grises, lo que nos aleja de los fanáticos. En buena medida, el único fanatismo al que parece acercarse el autor es al de la debilidad por el lenguaje, a veces demasiado culto, rebuscado: «El acaparamiento de macrodatos indexados por rastreo es solo el principio. La primera frase de un proyecto que pretende, en última instancia, controlar nuestra capacidad voltiva mediar herramientas de pronóstico que nos van marcando la ruta con sistemas computacionales de asistencia teleinducida virtual. Algo así como «te lo ofrezco, antes incluso de que me lo pidas, porque conozco anticipadamente tus preferencias». Aquí una obra maestra del capitalismo.» (El subrayado es nuestro).
La capacidad de cambio del autor, que nos lleva de la sorpresa al gesto del humor, es uno de los puntos fuertes de esta recopilación de aforismos, que finaliza con la conclusión de que «La máxima cohesión se consigue entre hetero partes y similares. No hay nada más compacto que la mezcla de lo distinto. El refuerzo compatible de unidades abiertas a la pluralidad crea supercomponentes conectados que superan las estructuras básicas del simple equilibrio». Supongo que, a la hora de la verdad, el aforismo, como cabe concluir durante la lectura de este volumen, deriva ser fruto de ensoñaciones de caminantes solitarios, fruto de los movimientos que se se hombre gracias a los momentos de soledad. Como demuresa esta colección.



