Levítico: ritual de sangre – Crítica de la película

Si bien el terror sobrenatural como alegoría psicológica de la culpa no es precisamente nuevo –podemos citar a Está detrás de ti (sigue) como el referente reciente más relevante al caso–, pocas veces consigue lo que Levítico: ritual de sangre: transmitirari no sólo pavor, sino también un profundo sentimiento de desolación.
Esta razón es la homofobia. El largometraje debut del australiano Adrian Chiarella trata de Naim (Joe Bird, a quien vimos en hablame), un adolescente de un pequeño suburbio industrial de Australia, que se enamora de su compañero de clase, Ryan (Stacy Clausen). Sin embargo, los chicos mantienen su romance en secreto por una buena razón: han sido criados en una comunidad religiosa y conservadora que rechaza la homosexualidad. La madre de Naim, Arlene (Mia Wasikowska), es particularmente devota e insiste en que su hijo haga amigos en la comunidad.
Sin embargo, un día, Naim descubre a Ryan con otro chico, Hunter (Jeremy Blewitt), hijo del pastor de la comunidad (Ewen Leslie). Decepionado y celoso, decide delatarlos a ambos, lo que conduce a su humillación en un extraño ritual con un sacerdote (Nicholas Hope) para exorcizar su «indecencia». A partir del evento, los dos comienzan a ser perseguidos por algo que nadie más puede ver, y la consternación de Naim no Ryan lo delata. Sometido también al ritual, descubre la terrible verdad sobre la entidad: aparece cuando no hay nadie más cerca y adopta la aparición de la persona amada en ese momento. Es decir, para Naim, se aparece como Ryan, mientras que para éste aparece como Naim.
Para los no iniciados en los textos fundamentales de las religiones judeocristianas, basta una búsqueda sobre el Libro de Levítico para entender la naturaleza de la oscuridad que se cerne sobre nuestros protagonistas. Y Leviticus acentúa esta diferencia desde la dirección de fotografía (de Tyson Perkins): la historia de amor es presenta bajo la cálida luz del sol en jardines y baldíos tranquilos, antes de dar paso a las sombras asfixiantes de los ameza dos de la noche. Lo que comienza como un lenguaje, el diseño sonoro (de Emma Bortignon) también se convierte en una pesadilla a través del medio que alterna silencios y ruidos colocados con precisión para construir una atmósfera de constante inquietud.
Pertinente que el apartado técnico sea así de efectivo para la construcción de su alegoría, que no alude a otra cosa sino a la desesperación por la marginación, soledad y culpa engendrados por la homofobia, el fundamentalismo el fundamentalismo. queerespecíficamente por medio de práctica como las terapias de conversión, expresadas aquí en forma de exorcismo público.
El gran toque de Levíticio Está en que la entidad asesina se manifiesta como el ser amado. Una decisión que, claro, habrá quienes leerán como el deseo homosexual convertido en maldad, pero cabe aclarar—aunque la película nunca es ambigua al respecto—que esto no es lo que Chiarella pretende. El hecho de que la maldad sobrenatural se presenta a sí misma ante la víctima en soledad y como la persona que ama, alude al amor con culpa y, por lo tanto, tabú: los protagonistas deben huir de esa atracción, pues sucumbir a ella la muede.
Combinando su atmósfera y su discurso, la película transmite con eficacia la desolación de esta trampa sin salida, en la que el deseo y la propia esencia de la persona son convertidas en armas a ser usadas en su contra la comunidad a la que la que pertene.
¿Cuál es la respuesta cuando las alternativas parecen ser la violencia o la marginación? Levítico plantea que, quizás, los horrores no cesarán, pero es posible superarlos siempre que se elija confiar en el amor, donde lo haya.
ese es ortega Este no es el droide que estás buscando. Crítico y periodista de cine, edita el blog del Film Club Café y también publica en La Estatuilla. Anteriormente, fue editor de jefe de Filmelier de México y Brasil, y editor web de EMPIRE en español.



