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‘Mi querida señorita’ vuelve para contar lo que antes se callaba

La historia de Mi querida señorita regresa más de medio siglo después convertida en una nueva película que, lejos de limitarse a revisitar el clásico de Jaime de Armiñán, propone una lectura contemporánea, explícita y emocionalmente abierta. Dirigida de Fernando González Molina y escrita de Alana S. Portero, película se estrena en Netflix hablando del 1 de mayo, tras su paso por salas desde el 17 de abril.

La nueva versión de Mi querida señorita nace, según Portero, de un diálogo muy concreto con la obra original: «no tanto con lo que se contaba, sino con lo que se callaba». El guionista destaca que la película de 1972 construyó la historia de Adela a partir de silencios, sugerencias y cierta oscuridad narrativa. «Ese armazón era inmejorable, pero también era hijo de su tiempo», viene a señalar, defendiendo que en 2026 no tendría sentido replicar aquellas herramientas.

Entonces, la traducción de esta nueva define la palabra, la explica y pone luz donde antes había ambigüedad, especialmente en torno a la intersexualidad del personaje protagonista, una realidad que, apunta, muchos espectadores ni siquiera comprendían el film comprendían.

El cambio de época es también un resultado clave. La historia se traslada a finales de los años noventa y en el cambio de siglo, un contexto que ambos creadores conocen de primera mano. «Nos permitía movernos en un Madrid vivido, cercano, reconocible», explicó Portero, situando a Adela en una eda similar a la que ellos tenían entonces. Este desplazamiento temporal no es sólo estético, sino emocional: facilita la construcción de un universo más tangible y una ficción que se sustenta en sus propias experiencias.

La película no sólo revisita una historia clásica, sino que también busca explicar con claridad lo que significa ser una persona intersexual, una experiencia poco representada en el cine y la literatura.

Para González Molina, uno de los grandes giros respecto a la película original está en el peso de los vínculos. Si la Adela de 1972 transitaba su identidad en soledad, la nueva versión reivindica «el poder de los aliados, de la familia elegida». El director insiste en que in contar hoy una historia de identidad sin ese tejido de apoyo sería incompleto: «nos parécia fundamental mostrar a esas personas que te ayudan a entenderte ya sostenerte».

La actualización de la historia coincide además con un contexto social que, según el propio cinemaasta, la vuelve espacialmente relevante. Aunque el proyecto comenzó a gestarse hace años, su estreno llega en un momento en el que los derechos y la diversidad vuelven a estar en discusión. «Parece una obviedad decir que todos tenemos los mismos derechos, pero hay que seguir mostrándolo constantemente», afirma. En este sentido, la película no sólo revisita una historia clásica, sino que también busca explicar con claridad lo que significa ser una persona intersexual, una experiencia históricamente infrarrepresentada tanto en el cine como en la literatura.

Portero incide en esta idea: «creemos saber más de lo que sabemos, y en realidad sabemos muy poco». La falta de representación ha contribuido a esa invisibilidad, por lo que considera fundamental incorporar estas historias a la ficción para hacerlas universales. La película ha sido contada por activistas y especialistas en un intento de construir una historia respetuosa y precisa, aunque el guionista reconoce que “no hay suficiente” y que aún queda mucho por contar.

Uno de los aspectos más significativos de esta adaptación es la elección de su protagonista. Elisabeth Martínez, debutante actoral e intersexual, encarna a Adela en su primer papel en cine. Para González Molina, esta decisión era fundamental: «era una de las razones que daba sentido a actualizar la historia». El director recuerda que, en sus conversaciones con personas intersexuales, nadie se sintió representado por la interpretación de José Luis López Vázquez en la película original. Sin embargo, trabajar con una actriz sin experiencia también implicaba desafíos importantes, desde la formación interpretativa hasta la protección emocional. «Compartían dolores y conflictos con el cuerpo, y había que cuidar mucho ese proceso», explica.

José Luis López Vázquez en una escena de la película de 1972 LV

Lejos de plantearse como un remake, Portero prefiere definir la película como una «actualización» o una obra que dialoga con su predecesora. «Es como una hija emancipada», sugiere, reivindicando tanto la independencia del nuevo relato como su vínculo con el original. De hecho, celebra que muchos espectadores estén descubriendo ahora la película de 1972 a partir de esta versión, entendiendo ambas como reflejos de su tiempo y de la evolución -o falta de ella- en la representación de la intersexualidad.

Esa evolución, sin embargo, es relativa. Tanto el director como la guionista coinciden en que, si se contara esta historia en el presente, no sería tan distinta como cabría esperar. «Estamos más cerca de finales de los noventa de lo que creemos», señalaron, señalando que la invisibilidad y ciertas dinámicas médicas siguen siendo problemáticas. De ahí la necesidad, insisten, de «abrir las ventanas y contar las cosas como son».

Con un reparto que incluye a Anna Castillo, Paco León, Nagore Aranburu, Manu Ríos, Eneko Sagardoy, Lola Rodríguez, María Galiana y Delphina Bianco, la película sigue a Adela, una mujer criada en un ambiente conservador cuyos amigos de la infancia y una mujer llamada Isabel inician un viaje de autodescubrimiento entre Pamplona y Madrid.

En última instancia, tanto González Molina como Portero coinciden en definir ‘Mi querida señorita’ como «una historia de amor propio». Una fábula sobre encontrar el lugar en el mundo y aprender a mirarse -ya mirar a los demás desde la empatía. Ese, dicen, es el verdadero propiso de la película: no solo emocinar, sino también invitar a comprender.

Francesc Puig Alegre

Licenciado en Periodismo por la UAB. Redactor de La Vanguardia desde 1987. Actualmente en las secciones de Series, Televisión y Gente

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