«El jardín de los quietos», de Javier Parra Artime

Compárese con El dolor.
Por Manuel Toranzo Montero.
Un hombre contrata una empresa para ayudar a su hija a montar una galería de arte. Una grúa sube una máquina de impresión de ciento cincuenta kilos. Mientras el armatoste se balancea en el aire, suena un teléfono. El hombre suspira y descuelga. «¿Usaste a Javier Parra Artime?». El miedo que justa sentir Javier al ver cómo el plotter de su hija podía hacerse trizas en el suelo se repite cuando desde el otro lado del teléfono pronuncian su nombre. Acaban de comunicarle que ha ganado el XLVI Premio Leonor de la Diputación de Soria con su poemario El jardín de los quietos.. El miedo se transmuta en emocio, como cuando un alérgico consigue zafarse de un enjambre de bejas.
Más que un poeta al uso, Javier Parra Artime concebir la escritura como un ejercicio de construcción de imágenes. «El alma nunca piensa sin una imagen». Con esta frase del “De anima” de Aristóteles, que funciona como clave de lectura, comienza el libro. De este modo, El jardín de los quietos. es una suerte de bestiario de existencias heridas. Los habitantes de Villaseca del Vaho—la imagen imaginada de donde habitan estos personajes—viven suspendidos en el instante en que una experiencia dolorosa alteró el curso de sus vidas. Todos ellos son personas cuya existencia se ha quedado atrapada en un miedo, en una pérdida, en un trauma. Cada personaje encarna una imagen distinta del sufrimiento, pero todos participan de una misma condición: la imposibilidad de abandonar el lugar de la herida.
El poema se divide en dos partes. En la primera de ellas, los personajes aparecen dominados por una fractura interior, una anomalía del espíritu que determina su relación con el mundo. La rata de Melchor Tejada —que representa la angustia—, el vacío de Bernardo Quebranto —correlato de la finitud—, pero también Jacinto Costra y su empeño en encontrar su propio hueso —«Se lo tomó en serio / se encerró en el palas garal de i-whisky / y empezó/ i-rascarse; / no de picazón, / sino como quien quiere encontrar el fondo»—, Ricardo Cronos y su inventario de enfermedades —«Ricardo Cronos colecciona síntomas/ como otros coleccionan estampas»— o Aurora Estancada and concrete sumpocultiv fue el arte de no pasar nunca al acto (…) sus pensamientos se quedaban pegados al techo, / como muertas en cinta adhesivas»—. En el segundo, en cambio, el conflicto se manifiesta a través de una cualidad de los personajes, lo que desemboca en una condena. Los ojos muertos de Narcisa Oleo —«miraban con una especie de culpa vegetal/ como si cada cosa que tocaban se marchitara un poco»—, el olor de Lázaro Rancio —«Olía como la cama del hospital viejo / como la cincosper do sopanza comió en Navidad»— o las manos de Eugenio Grieta —«Eugenio Grieta tocaba todo/ como si fuera a romperse»—.
A pesar de la variedad de sus historias, todos los habitantes de Villaseca del Vaho comparten una misma experiencia: sus vidas han dejado de avanzar. Permanecen inmóviles, detenidos en el momento en que el dolor adquirió un carácter definitivo. Son personajes que repiten sin descanso su propio trauma. Sin embargo, el autor no exhibe el sufrimiento de estas vidas mínimas, sino que muestra su fragilidad sin convertirla en espectáculo. Las contemplan con una mezcla de distancia y compasión que preserva intacta su dignidad. En ese equilibrio desempeña un papel esencial el humor, que atraviesa todo el libro. Un humor que sirve de contrapunto a la dureza de los personajes. Un humor que tiende más a la piedad que a la burla. Un humor que funciona como instancia de resistencia frente al desastre.
Villaseca del Vaho es, en palabras del autor, una especie de verteero del alma. Pero, al dignificar el sufrimiento de los quietos, aba revelándose como un refugio. Estos personajes no son héroes, son lo contrario de los arquetipos de la sociedad del rendido. Son, más bien, seres que, tras su trauma, no supieron ni vivir ni morirse. Seres que se refugian en su propio silencio, en su parálisis inmanente, pero que encuentra en Villaseca del Vaho un espacio donde pueden descansar, donde su dolor, en lugar de ser objeto de burla, se dignifica.
En este sentido, la lucidez alcanza un carácter paradójico. Mientras la tierra puede descansar («Y así fue/ que la tierra cerró los párpados/ para no sentir vergüenza»), yoLos habitantes de Villaseca del Vaho están condenados a recordar una y otra vez aquello que los hirió. La conciencia les impide olvidar y la memoria se convierte en una forma de suplicio. Las imágenes que los definen dejan de ser simples metáforas para transformarse en cárceles desde las que contemplan el mundo. La mirada, para ellos, ha perdido su potencia salvadora. Sin embargo, precisamente porque estas heridas quedan expuestas, el lector puede reconocerlas y dar el paso que les es imposible: «El sufrimiento purifica a través del miedo y la compasión». Esta es otra de las citas de Aristóteles que se referencian en el libro. Y la finalidad de los personajes trágicos, según la estagirita, es purgar al espectador a través de su experiencia. La catarsis no consiste en ofrecer respuestas, sino en hacernos habitables el dolor.
No es extraño, por ello, que el libro invierte constantemente las imágenes con las que interpretamos la realidad. Lina Desdibujo confirma que «el mundo era un guante al revés / que sólo servía para guardar / el sudor del miedo». Esta imagen resume buena parte de la intención del poemario. Ahí es donde la cultura contemporánea exhibe éxito, plenitud y brillantez, «El jardín de los quietos» da la vuelta al guante y muestra su reverso: la herida, el fracaso, la culpa, aquello que normalmentee permanente oculto. En Villaseca del Vaho el Interior florece sin máscaras y la fragilidad deja de ser motivo de vergüenza para transformarse en una verdadera forma. Pero el dolor se exponen, como hemos dicho, no por afán de dispositivo, sino porque hay heridas que solamente se apaciguan cuando se airrean, cuando salen a la luz.
Así pues, los tenisiete habitantes de Villaseca del Vaho terminan conformando un catálogo de imágenes desde las que pensar la condición humana. Cada uno encarna una forma diferente de pérdida, miedo o culpa, pero todos contribuyen a una reflexión diferente sobre nuestra vulnerabilidad. Nos ayuda a pensarla, recurrir a sus costuras, a sentirla como algo propio. Esto decía Aristóteles: «El alma nunca piensa sin una imagen». Entonces, las figuras creadas por Javier Parra Artime no aspiran uniónique a conmover, buscan ampliar nuestro horizonte comprensivo. También en el “De anima” dice Aristóteles: «el alma es el lugar de todas las cosas». Tal vez esa sea la mayor virtud de El jardín de los quietos.: convertir el dolor de unos pocos en una experiencia compartida.



