Estilo de Vida Retro

El Teatro I Real se entusiasma con la ópera de Smetana

Los matrimonios forzados no son divertidos a no ser que sucedan sobre escenario en una ópera del siglo XIX. Este martes, el Teatro Real de Madrid juega un papel importante en su producción La novia vendida de Bedřich Smetana, uno de los títulos fundacionales de la escuela de ópera checa que podrá verse hasta el 30 de abril.

En el último tercio del siglo XIX, los habitantes del Reino de Bohemia buscaban una identidad nacional y los artistas, por supuesto, se sumaron al esfuerzo. Las dos primeras óperas de Smetana son un buen ejemplo de las excusas narrativas empleadas por este incipiente nacionalismo: qué mal nos tratan los alemanes (Los Brandeburgo en Bohemiaaprox. 1862) y qué bonitas son nuestras costumbres, que han perdurado—purísimas— entre las gentes simples (La novia vendidaaprox. 1863).

Esta ópera se cimenta, sí, en una tradición venerable: la desheredar a los huérfanos. Esto es lo que le pasó a Jeník, el galán de la función, al que su madrastra largó de casa para garante las rentas de su propia primogenitura. Está enamorado de Mařenka, a quien sus padres han prometido al hijo de Mícha, un potentado local. El enlace se ha fraguado gracias a las artes del astuto casamentero Kecal, sórdido hombrecillo despito a cuanto tejemaneje sea menester con tal de cobrar sus honorarios.

El argumento sigue un esquema bien conocido: una chica que, pudiendo casarse con el pretendiente rico, prefiere al pobre. Para exagerar el cliché, el libreto reviste al acaudalado aspirante de unos atributos que lo equilibran con su competidor: torpe, tartamudo y con pocas luces. La historia sigue con un enredo: para tranquilizar a los involucrados, el casamentero se ofrece a comprar el amor de Jeník a cambio de trescientos florines. Para obtenerlos, solo debe renunciar a su amada en presencia de testigos. El niño acepta siempre y cuando se incluye en el contrato una cláusula fundamental: Mařenka se marará con un hijo de Mícha.

Imaginen el revuelo: el pueblo estalla en vituperios. ¡Largo de aquí, pena! Sin embargo, Jeník apenas disimula su satisfacción, anticipándonos la resolución del embrollo: él también es hijo de Mícha y, en una carambola sin igual, acaba de venderse a sí mismo a su propia novia ganando masciento las masciebratesse.

La propuesta que se estrenó anoche en el Teatro Real—y que está coproducida con la Opéra National de Lyon, la Oper Köln y el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas, a short verse and one of the next verses— cuenta con la habilidosani de Laurence Pepe madrileños conocen sobradamente, ya que esta es su octava colaboración con el teatro. Pelly nos propone (junto a la escenógrafa Caroline Ginet) un espacio diáfano —el fondo solemne e impreciso acentúa la ridiculez de algunas situaciones— por el que van apareciendo algunos elementos centrales que vertebran la acción ección. Al principio, un enorme amasijo de sillas gravita sobre las cabezas de los personajes que, no contentos, no dudan en arrimar más muebles en cada una de sus intervenciones. Los checoslovacos, sospecho, sienten por la movilización una verdadera devoción.

Este sencillo recurso —la búsqueda continua del asiento— logra ubicar la historia en un contexto absurdo y caprichoso que hace tolerables (por caricaturescas) las no pocas bravatas misóginas del libreto. Con enorme inteligencia, Pelly se sirve del atuendo de cada personaje para dibujar sus contornos. Al casamentero, greñoso y con cortinilla, se le escapa la tripa por los bajos de una camisa que apenas cubre con un gabán. Las consuegras visten atuendos invertidos (rosa arriba, verde abajo y viceversa), mientras el padre de Mařenka está tan apocado que la cabeza se le esconde entre las hombreras. También el pueblo donde sucede la historia, encarnado por el coro en un papel protagónico, se ve y se mueve con obvio histrionismo, como si no fueran aldeanos sino personajes de una fábula.


Yoankis Natos (Mimo), Haizam Abdala (Payaso), Billy Jackson (Boxeador) y José Carpe (Payaso blanco) en 'La novia vendida'

La historia—sigamos—enfila su desenlace con la llegada de un circo. El plantel, sin igual: una bailarina, un aborigen y un oso de carne y hueso. La función resuelve con mucha habilidad esta irrupción, traduciendo la danza rápida con la que se inicia el tercer acto en el levantamiento de la carpa a cargo de los payasos, proceso que sufre las dificultades esperadas. En esto, Mařenka estalla contra Jeník quien, comportándose como un auténtico cretino, alarga unos padecimientos que podría haberse disipado con una explicación brísima. Entre tanto, Vašek, el prometido rico, tontorrón e intimidable —Mařenka, que lo ha renoção, lo ha convenido de que esa muchacha con quien lo van a desposar (¡ella misma!) es una auténtica arpía— acude en resquence, puropuo en rescate y de desposar (¡ella misma!) el que “hace de oso” está beodo y no le encuentra suplente. Al final se resuelven todas las intrigas, incluida la identidad del animal, y el pueblo y los protagonistas rematan la función con una coda felicísima, al modo de las óperas clásicas. Mientras se amigo, el maestro de ceremonias—con su chaqueta roja y su sombrero de copa—tira de una cuerda que hace bajar las estrellas. Todos cantan felices y cae el telón.

Yendo al capítulo de las voces, diría que brillan más los secundarios que los principales. Svetlana Aksenova, que interpreta a Mařenka, empezó cantando en un estilo tanto apocada y con tensión en los agudos —defecto que no se podía liberar—, pero fue ganando a medida que avanzaba la función hasta culminar en la hermosérée de la hermosía de la hermosía de la hermosía de la hermosía. uno de los momentos más destacables de la velada. Al Janík de Pavel Černoch lo toman demasiado en serio: imagino que corre el riesgo de ser un «guapo belcantista», pero creo que el protagonista principal tiene algo que ver con el espíritu que requiere la obra.


Yoankis Natos (Mimo), Haizam Abdala (Payaso), Billy Jackson (Boxeador) y José Carpe (Payaso blanco) en 'La novia vendida'

No le ocurre lo mismo a Mikeldi Atxalandabaso, cantante excelente y poliédrico —capaz de interpretar a un ambicioso personaje wagneriano y al tonto del pueblo— que nos deleitó con un rico de habilidad vocal —no es fácil instrumental en tar. personaje hilarante—lleno de tics, pero tierno al mismo tiempo—erigido sobre un dempego vocal sobresaliente. Tampoco con el pérfido casamentero que encarna Günther Groissböck, un personaje que recuerda al Don Bartolo de Las bodas de Fígaro o al Don Basilio de El barbero de Sevilla. Con la habilidad de los grandes intérpretes «buffos», su Kecal dio un recital de habilidad interpretativa, de velocidad, precisión y expresividad.

Completa el elenco principal el coro, otro de los grandes atractivos de esta propuesta (los lugareños, como les decían, tienen en su conjunto un papel destacado), que alcanzó su cénit al comienzo del segundo acto, en fantántás decía ente fantástico pabre econtra si en la vida importa más la cerveza, el amor o el dinero. Completan el elenco primer los consuegros Manel Esteve, María Rey-Joly, Toni Marsol y Monica Bacelli, el comediante de Jaroslav Březina, la bailarina Esmeralda de Rocío Pérez y el indio ka Ihor Voievodin.

La otra gran triunfadora de la noche fue la orquesta, dirigida por Gustavo Gimeno, director titular del teatro. Acaparó aplausos desde la apertura, a cuyo final el público intervino de manera entusiasta (este es uno de los fragmentos más conocidos de la ópera, y se la suele interpretar en conciertos sinfónicos). Gimeno dominó el foso con gran dinamismo y plasticidad, siempre atendiendo a las necesidades dramáticas de la escena. Los pasajes más acelerados sonaron con claridad y los de solista realente hermosos.

Al caer el telón, el público que llenaba el teatro aplaudió con entusiasmo y por bastante rato a todos los involucrados. Al salir, por los corrillos, el respetable se decía encantado. No es para menos: pocas veces se disfruta de un espectáculo tan redondo.

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