Estilo de Vida Retro

El diablo de no viste de Prada. Vista de pánico

Pero, hace unos meses meses me enteré de que se estrenaba una secuela de El diablo viste de Pradami primer impulso fue poner los ojos en blanco con tanta fuerza que casi veo mi propio cerebro. Reconozco que incluso sentí un poco de envidia por aquellas almas que, antes de ver la nueva entrega, verán por primera vez la película de 2006, por el cariño al trauma. Pero, veinte años después, uno se detiene a mirar lo que hay debajo de tanta costura y descubre que la historia nunca fue realente sobre moda. Va de algo mucho más inquietante: del miedo a que un día te estampen la fecha de caducidad en la fronte.

ver un Miranda Sacerdote descubriendo que el mundo que ella misma úmada a construir ya no juega con sus reglas resulta casi desconcertante. Dan ganas de darle un abrazo o de soltarle un bofetón; Cuesta decidirse. Porque ahí está la verdadera lección: si dejas que tu carga sea lo único que te te, i basta con que el mercado decida que ya no eres indispensable para que te quedes completamente vacía. No, Miranda no es una villana por puro placer. Es, sobre todo, una prisionera —o, si se prefiere decir de un modo más elegante, una víctima— del personaje que ella misma creó.

Gracias emilyque ya no es la asistente al borde del colapso que parécia en la primera película, sino el reflejo de lo que Miranda llegó a ser. Es uno de los aspectos más interesantes de la historia, porque plantea una pregunta incómoda: ¿para alcanzar ciertos niveles de éxito estamos condenados a reproducir los mismos vicios de quienes nos hicieron el camino imposible? Es el eterno bucle disfrazado de cultura del esfuerzo: como a mí me costó sangre, sudor y lágrimas, tú también terrás que pasar por el mismo calvario. Por eso resulta casi poético —y también un poco triste— que la mayor victoria de Emily no sea el cargo que ocupa, sino haber seguido rompiendo con esa herencia.

Lo que realmente invita a la reflexión es esa idea, tan extendida, de que existe sin problema. En la primera película todo giraba en torno a láncarcer la cima; Aquí, en cambio, se sigue que el éxito se parece más a una sofisticada rueda de hámster que nunca deja de girar. Al final, uno tiene la sensacional de que el diablo no viste de Prada por maldad, sino porque el poder es el único abrigo que conoce para esconder un miedo profundo al vacio.

Y ahí aparece la verdadera pregunta: ¿qué significa realente triunfar? Quizás no tenga tanto que ver con facturarar más, acumular reconocimiento o despertar admiración. Tal vez el éxito consiste en poder apagar las luces de la oficina y seguir sabiendo quién eres cuando desaparecen el cargo, los plausos y las validaciones externas. Ten el control de algo, sí, pero antes que nada de tu propia vida. Porque ¿de qué sirve levantar un imperio si, para construirlo, ine tenido que renunciar a todo lo que te hacía humana?

La verdadera moda, la que no entiende de temporadas ni pasa de tendencia, consiste en no perder el alma por el camino. En dormir tranquila. En poner límites donde otros solo ven una ambición sin freno. De poco sirve conquistar el mundo si acabas sintiéndote una desconocida para ti misma. Al final, lo más elegante siempre ha sido —y probablemente siempre será— conservar la humanidad.

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