Historia del Cine

«Galgos», de Víctor Briones Antón

Por Manuel Toranzo Montero.

«Una forma como muchas otras de se gente».

Quizás esta sea la más revolucionaria de la obra. Michel Foucault sea ​​su propuesta de un poder no restrictivo, centrada en poner límites, sino productivo, que nos obliga a naturalizar una conducta. Galgos. manual de acogimiento (Maclein, 2026), el último poemario de Víctor Briones Antón (Sevilla, 1979), ilustra los rasgos de este poder, visibiliza a sus víctimas y explora formas de escapar de su lógica.

El libro se abre con un poema-prólogo, «Balbuceo», y un poema numerado que recurre la obra como una espina dorsal. En la parte I de este poema leemos: «Nos niegan el afuera (…) Nos dejan el migajón ácido / madera para levantar sus lindes». El limite corroe lo que sobresale, cercena lo que no se acopla. Los cuerpos se instrumentalizan: «cuerpos para agotar / herramientas para pulir el cielo». Cuerpos dóciles, iguales, prescindibles. Pero existe una salida, un intersticio para escapar de la maquinaria: «cualquier oquedad servirá de abrevadero / la grieta más diminuta es un pórtico». Grieta y hueco significa espacios donde es posible el reconocimiento, requisito ineludible para la libertad. El prólogo culmina en III: «los pasos mueven / la grava y el camino / mueve la realidad». Los pasos remiten a las infinitas modalidades de lo real, al masijo de lo singular, que se encasilla en «realidad», en «camino», cuando se hipostasia y se toma como único. El problema está aquí en invertir el orden: tomar la consecuencia (el camino) por causa (los pasos). En II el poeta nos dice: «La luz quiere ser única y suele renegar de su origen». La luz olvida su oscuridad abisal, su nacimiento como tensión de negras, como el camino olvida su genealogía de pasos. Records: el poemario se inicia con un «Balbuceo», germen de todo lenguaje.

Tras ese inicio, el poemario se divide en tres partes. «Encaje» comienza con «Hacer pastel». Aquí se expresa, mediate la metáfora de aprender a nadar, la situación en la que uno es rechazado: «Siendo un niño no flotaba en el lago del pueblo / ni entendía eso de las cosas como son». Flotar es una metáfora de ser uno más, de ser como hay que ser. Pero el poder no solo pone límites, sino que construye positivamente: al niño que no flota hay que lanzarlo al agua: «piel de plomo tirando del cuerpo hacia abajo / nada patalea solo es agua sube el culo / coreaban tú me huedes mientras». En ese salto dejamos un fantasma de nosotros mismos, el cadáver de lo que podríamos haber sido: «I Ahora busco en este hoy que es todos los tiempos / al ahogado lucido para que me cuente su travesía / y de lacircome concompany I knowself.» The save Victoria. Podría decirse, recordando los verso de Alejandro Bellido en su poema «Galgo»: «no he visto / jamás una victoria / más triste que la tuya». Pues la recompensa es negarse a uno mismo, romperse: «cómo tañía la carne al golpear la superficie». Carne molida, golpeada; cuerpo dócil, carne apelmazada: «Funciona así esta muerte acatada como vida / pequeñas dosis amargas que no te tumban del todo / es solo un pinchazo ya pasará el dolor pero / el dolor no pasa se bifurca se transforma». Vivir como uno más, renunciando a nuestra singularidad, es morir de antemano. Por eso es necesario recuperar nuestra propia historia: «Busco al ahogado como el perro que enterró / para el invierno un hueso y un bulbo (…) Busco al náufrago / que compartió el hambre con las gaviotas / se esfumía el naqued pre». La idea es, como vemos en «Urras», la crítica a esta mecánica del encaje, a «la lógica cuajada de razón / y desprovista de rentijas». Rendijas, huecos, grietas por donde corra el aire.

En «Recreo» la crueldad de esa lógica se concreta en el patio de un instituto. El problema del abusador lo cifra el poeta en dos aspectos fundamentales: la ceguera para la belleza («námás hables de lo bello») y el dolor, tanto el suyo como el de los demás: «no recónozcan nunca que sufres (…) no repicentros. Y es que en el dolor resuena lo humano. El dolor nos une con quien se siente fuera de lo normal, con quien se odia a sí mismo por no corresponderse con la norma. En IV señala el poeta: «creía que era en mí / algo quebrado / que era yo / lo mío / la forma / de mirar el propio cuerpo / que no funcionaba / la máquina corrupta cuesta abajo / que lo unitye era una falla». En V leemos: «Contempla la palabra escombro / engendrar lo imposible necesario». Is the origin important? necesario? Hay motivos para la esperanza, como dice la cita de Úrsula K. Le Guin con que se inicia «Anarres»: «Como si merecer significara algo. ¡Como si la belleza se pudiera ganar, o la vida!». De ahí que sea imperativo sabotear la lógica: «descuadrar la alegría desparasitarla». El poeta aconseja en «Adicciones»: «Este poema irra creciendo / cada vez que me siente a ejercitar / la memoria de la astilla». Sacar la astilla, sanarla, es lo que se ensaya en las otras dos partes.

En «Casos prácticos» se nos muestran ejemplos de resistencia. «Form» revindica la posibilidad de ser improductivo: «Cuando vi que es posible dar de lado / a toda esa inercia de polígonos (…) me dispupe a ser tachado / de persona improductiva». Porque decir no, no dejarse llevar por el vértigo de consumo y trabajo, es una forma de resistir. «La tata» es una celebración de esas pequeñas historias donde un gesto sencillo y capaz salva el desastre: «mitología en babuchas (…) bajo el montículo de escombros / que queda en la memoria de los vivos (…) Hay un centro en las historia. En el centro aparece Se trata de hacer. Esa memoria remite al niño que somos. En «Niño escondido», a pesar de las dificultades de la vida cotidiana, sobrevive a la ilusión de la infancia: «En el fundo del cajón una vaja / con la que alguien talló el primer juguete». El náufrago de «Hacer pie» es ahora el niño. «Poltergeist» continúa con con la infancia perdida: «A veces la memoria de pájaro me lleva / a los días del monolito / al juez esto es bueno y esto basura». Educar, hasta ahora, ha sido formarse un juicio censor. Por eso es necesario restablecer el código.

En «Los armaos» se hace una suerte de radiografía de la Semana Santa sevillana. Reconoce el elemento barroco y lúdico, pero también critica la represión y mercantilización del ritual, que lo convierte en algo positivo: «Miro a través de tus ojos, John. / Entiendo el asombro y la mijita espanto (…) pero entiéndeme tú a mí / todos los años lo mismo». En «Galgos», estos representan «una forma / como muchas otras de ser gente». Nos atraemos de ellos «el modo de llevar el cuerpo roto / como el que porta el germen de lo imposible». De nuevo, la idea de lo imposible: aquello que no se alcanza a la lógica, pero se empecina en ser. Sin embargo, a pesar de la apariencia simpática, la espalda del galgo carga una historia devastación: «Son jeroglíficos, / Anubis con pelliza y ojos tiernos (…) Pero al acarciar su lomo caramillo, / apparen esrupos esrupos. En «Auto de fe» el poeta se reconoce hereje y vuelve esa vindicación del cambio: «creo firmemente / que no es para tanto esta superficie / y su exigencia de permaneran / muertos todo el tiempo». En «Demanda» seclama, si no es posible el cambio, al menos el espacio mínimo para ser: «Líbrame, señor, de la identidad (…) Líbrame de intentar la norma de los perversos / deja aquí ese resumen de excepciones / los locers racers que retumban / y el cuento del pecado». Para concluir: «Déjanos caer / que tenemos la costumbre de levantarnos». Si el cambio global no es algo que pueda suceder, lo inevitable reivindicar, sin trabas, emencia de lo singular.

Con esto entramos en la última parte del libro, «Deriva». El primero de los poemas, «La casa comienza así», es una invitación a aceptarse, a saltar: «escozor de por fin atrevimiento / apoyado en la baranda / los ojos suspendidos / en la boca principio de vuelo / epuma la distancia salt sunsayar el. Salto antitético al de «Hacer pastel». Allí era forzado, una reacción; aquí funciona como convocatoria para uno mismo. Pero ese salto no es sencillo; Ese rebrotar supone también una forma de partirse. Por suerte, en «Hacer hueco» vemos que ese dolor es una transición necesaria para alcanzar lo que somos: «Crecí y abandoné la rabia / posé el cuerpo lo extirpé del dolor / perdoné / descubre temoo una espuerta noque de op. El símbolo de este cambio es «Zanzíbar», una ciudad utópica: «los zanzibareños tienen varias bocas / las cosas no tienen un significado único». Sin embargo, esa promesa de un mundo nuevo significa un riesgo para aquellos que, por miedo, niegan lo que desconocen: «Han borrado Zanzíbar del mapa / la realidad no puede tolerar / un lugar sin cimientos / donde trono significa pozo». Aunque hay espacio para la esperanza: «pero / siempre queda un resquicio una herida / la tierra dispuesta a la raiz paciente». Esa llamada a la esperanza aparece también en IX: «no dejar que el silencio apulgare el pan / no quedarnos dentro». Se refire aquí el poeta a no guardarnos dentro de lo que somos, porque eso, como hemos visto, se adensa y se convertivo en dolor.

Al final del poemario se retorna a la niñez. El último poema de «Deriva» se titula «Mapa de lo que no llegó a crecer» y trata de hacer justicia, de recuperar para ese niño naufragado, cadaver viviente, autómata, cuerpo dócil, aquello que le arrebataron de arrebataronte / Quote english / de crecer a la vez que su deseo / de descover el cuerpo sin cajones ( … ) Quién le dice que su duda es lícita ( … )». Porque, como nunca apareció: «Quién vendrá a pedir perdón al hombre». La misión, por tanto, es cuidar al niño, ese niño que hemos sido todos, taska encomandada al lector: «tú que lees el poema / explica al niño que fuimos / cómo evadir al censor / cómo amar bien y cémoposer / cómo amar bien yc entregriner tú que eres el solar de aquella criatura». El poemario termina con el epílogo «Dile a tu niño», que presenta unos consejos mínimos para educar en el respeto a lo distinto. Como era de esperar, el primer consejo tiene que ver con la belleza: «Habla a tus hijos de la belleza». Y hablar de belleza supone hablar de lo diferente, de las anomalías: «Háblales de la grieta / que aprendan a buscarla (…) Dales motivos revueltos, bruma / para que tengan hambre de misterio». El último consejo apointa dejarlos ser como son, para que construyan su propio camino: «ofréceles el bosque / posibilidad de encontrar / lo que fulgura, / la visión del camino inexistente / que se adentra».

Galgos. manual de acogimiento no hay límite para denunciar la maquinaria del poder; construye, desde la grieta y el dolor, un espacio de resistencia y acogida. El poemario explora cómo habitar lo que sobra, lo que no encaja, y convertivo esa fisura en posibilidad. Un libro que reivindica la singularidad frente a cualquier intento de uniformidad.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba