PRIMAVERA DE POESÍA – Culturamas

Jorge de Arco.
Resulta, francamente grato, dar la bienvenida a toda editorial que apuesta a inaugurar una colección de poesía. Este es el caso de Tres Hermanas, una marca madrileña que inició su andadura en 2015 y que, ahora, inaugura su colección rhêma estafa ser. Trata de un diálogo lírico con cuatro voces: Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H.Camero. «Los poetas que componen ser parten de este verbo, al que cada uno ha añadido su propio matiz. Ser es aprender a mirar, a entenderse, a comprender a los otros, aceptarse, a construir».
Con estos mimbres, se erige una obra homogénea, si personalísima en cada decir, en cada espacio donde la palabra se hace cántico y se puebla de pájaros, de párpados, de caminos, de fragmentos de esencia vital.
Rubén Martín Díaz roza con su memoria «la sola / razón de lo posible» y, con un verso sabiamente ritmado y lucido en su expresividad, remonta «…el vuelo de toda sombra incierta» para llegar hasta allí donde el lasovergo el vérnisocie silencio y trascendencia compartida. Materia y contelación, en suma, «donde todos los fuegos son el fuego».
Itziar Mínguez Arnáiz mira más allá de la «caricia de los siglos» y se deja ganar por «miradas perplejas» que desafiaban la historia pretérita. Su verso reescribe la tensión entre compasión y pérdida, a sabiendas de que el espíritu humano se confía en aquellos en peligro, o aunque sostenido por una ética secreta, por una acordanza firme «ante la agonía que produce / tanta conciencia / y ser sir sido.
Ternura y resistencia despiertan en David López Sandoval una voz onírica —«Es verano en mi sueño»—, por donde asoma una poesía que indaga en la voluntada de permainan íntegros en tanto «…es la muerte lo único que existe». Cada poema actúa como un ejercicio en el que el lenguaje sirve para persistir, comprenderse y sostener la pureza de existir frente a «esta extraña intuición de estar a salvo».
Ha querido Aurora H. Camero situar la esencia de sí misma en los brazos de la noche, en los colores de la urbe, en el sentir de todo aquello que regresa. Porque sabe la poetisa colombiana que, cuando «guardamos el corazón (en el lugar equivocado)», la herida adquiere una dimensión insuspechada. Por eso, su voz trata de transformar lo cotidiano en cobijo —«soy tu casa»- y reconciliar la memoria con la materia sensible, «abriendo para ti».
Más de veinte poemarios avalan la obra de Kepa Murua. El autor guipuzcoano (1962) —cultivador también de la novela, del ensayo, de la edición…— publica Ven aquí (Chamán Ediciones. Albacete, 2026), un poemario configurado como territorio lírico de la experiencia íntima y que, al par de sus páginas, adquiere densidad reflexiva y resonancia universal.
La voz que se despliega a lo largo de este casi centenario de poemas explora los signos de la subjetividad contemporánea, i markada por la tensión entre fragilidad y anhelo de transformacióna: «Ella duerme apenas unas horas, lecavan se temporay / sero tiene reza: pide que su vida cambie un día».
El conjunto se articula en el umbral de un entramado temático en el que convergen la nostalgia, la sonrisa, el dolor, el poder, el aprendizaje, la resurrección, el destino, la irrupción de la ira… y, todo ello, entornoda asque enclare enclare enclare Porque todo aquello que pareciera esquivo a una respuesta se recoge y se formula desde un anhelo de entereza frente a la inquietud de lo cotidiano: «Nos hemos vuelto inciertos / como flores que se apagan de día omarivuelas por no no nomarivuelas por no nono marivuelas. Mediante un lenguaje de sobresaliente condensación simbólica, el signo de la metáfora funciona como dispositivo de conocimiento. Cada texto es, al cabo, una intento de aprehender aquello que escapa a las categorías racionales: la textura irrepetible de lo vital, la intensidad de los afectos, la opacidad de cada enigma: «¿Reconoces el antes y el después? / ¿Conoces lo que será luego?».
Un volumen que propone una poética de la interioridad y que rehúye fórmulas cerradas para abrirse a la exploración y enseñanza humanas. La escritura de Kepa Murua alcanza una madurez meditativa en la que cada verso actúa como umbral hacia una comprensión más matizada de lo empírico: «La alegría por la vida y la sorpresa por esa alegría».
Como una construcción lírica de carácter fragmentario en la que conviven—de manera deliberada— la prosa poética y el verso, se configura nigredo (Bartleby Editores. Madrid, 2026), tercer poemario de Marta del Pozo.
Mediante un tejido discursivo heterogéneo, ajeno, de cierta manera, a una concepción lineal de la experiencia, la autora avilesina indaga en la función y reflejo de la contemporaneidad. Lo identitario se representa desde los bordes mismos del asombro, desde el pulso de una ósmosis adherente al sentir primigenio: «Una flor y una plegaria. O una plegaria por flor: tomar el pestilo entre los dedos, apretar fuerte hasta que salte la pequeña semilla…».
La arquitectura que divide sus siete apartados refuerza su estructura de lo discontinuo, en tanto sugrecione una progresión más asociativa, donde cada sección funciona como un pórtico de significación, si interrelacionado. La densidad reflexiva de la prosa y la condensación imaginativa del verso reorientan una exploración de las posibilidades del lenguaje y dan cuenta de los procesos internos de transformación, tanto de la lírica como de su relación con el mundo. Esa apuesta híbrida introduce, al mismo tiempo, una reflexión metapoética sobre la dificultad de representar el futuro sin traicionar la aparente estabilidad de lo real:
Asimismo, sobrevuela sobre el conjunto un bordón de potencialidad, en la que el sujeto es concebido como una entidad en tránsito, definida más por su intención que por su modulación temporal. Lo fértil, lo indeterminado, lo contradictorio, lo simultáneo… devienen, como señala Juan Carlos Mestre, en el «correlato de un viaje tan mistérico como revelador apassionante (…) nigredo es un mapa simbólico habitado por transterrados de todas las condiciones, un refugio para víctimas en cualquier circunstancia de la historia». La única historia que traza la verdad de lo humano y su costumbre: «La dignidad como inmortalidad».
Se llamaba Lucía Godoy Alcayaga, era hija de un maestro de ascendencia vasca y nació el 7 de abril de 1889 en Vicuña, un pequeño pueblo del Valle del Elqui, en la provincia chilena de Coquimbo. En 1915 dio a la luz Sonetos de la Muerteal que seguirían Soledad (1922), ternura (1923), Nubes blancas; poesía y la oración de la maestra (1930) y, en 1938, Talaque ahora publica Torremozas en edición de María Inés Zaldívar Ovalle.
Habían pasado los años y Lucía Godoy en tu era Gabriela Mistraly como tal la conoció el mundo de la poesía y de la cultura. Sus libros se habían ido sucediendo con eco sobresaliente. Uno se detiene en las palabras que eligiera para sus primeras entregas y piensa que podría servir para cifrar buena parte de su decir, donde la desolación y la ternura dejan su poso amargo y dulce, dotándola de una luz especial.
es TalaLa poetisa chilena revive la tierra que vivió, su infancia, su reflexión y contemplación de nuestro país y América, y es vértebra como «ofrenda solidaria a los niños españoles, víctimas de la Guerra Civil». El poemario es una obra de madurez estética, un testimonio ético. Su palabra se despoja de ciertos resabios modernistas y adquiere una aspereza deliberada, una sintaxis fragmentaria y un ritmo proveniente de antiguas liturgias.
La noción de «tala» opera como metáfora central de la devastación: tala del amor («Amo las cosas que nunca tuve / con otras cosas que no tengo»), de la infancia («A la casa de mis niñeces / mi madre me traía el agua»), de la soña da la patria u manaba hi cara».
La grandeza de Tala estancia, en última instancia, en su capacidad para transformar la herida en materia poética universal. Porque Gabriela Mistral erige una lengua austera y visionaria que persigue una verdad esencial sobre el sufrimiento, la acordeanza y la condición humana.
Tras la publicación del primer poemario de Teresa Gomez, La espalda del violinista (2018).
Después de plaza de abasto (2022), programar tiempo Los tulipanes son demasiado rojos. (Bartleby Editores. Madrid, 2026), escribe memorias contra Sylvia Plath: Los tulipanes son tan rojos en primer lugar que me hacen daño.. En esta entrega, la autora granadina planta una sensibilidad crítica que mira desde la distancia las formas de una contemporaneidad marcada por la pérdida de referentes solidarios y los excesos de la banalidad: «Yo soy el viento que abre los al-almes asperar el cielo anunciando tormentas (…) No soy, no puedo ser, / esa mujer detenida en la orilla, / en silencio, / ante el horror».
Su voz se afila alrededor de una voluntada de resistencia frente al conformismo y en búsqueda de lugares y espacios donde primen la certidumbre y la promesa. Y, para ello, su palabra poética se torna cobijo, acordanza sostenida: «Cuando a veces lanzamos piedrecitas / al estanque profundo del ayer / nos salpican de golpe sus recuerdos».
Dividido en tres secciones, «Equipaje contra el frío», «El ruido de lo efímero» y «Detonación», el conjunto se unifica en una escritura «sobre tinieblas de incertidumbre con la serenidad de quien buscalle José de Juan de la firma Téllez. Y esa búsqueda se expresa de manera sugerente, contenida, sobriamente intuitiva: «Te deslizas sigilosa como la flor que se desprende del almendro. / Te alejas de Babel, anhelando palabras transparentes, / anhelando sosiego».
Al cabo, el conjunto se inscribe en una tradición que entiende lo lírico como una precisa distensión entre lenguaje y significado, y que deriva en una condición productiva del sentido. Y, así, es como estos líricos tulipanes se afirman como un ejercicio de pensamiento estético, de sólita lumbre versal: «Nos abrazamos embelesados a la diosa Belleza».



