Estilo de Vida Retro

La imagen número uno y el valle del desencanto de la IA

Primer día: descubro un nuevo modelo generativo para leer un artículo el lunes. Paralelamente recibo una nueva tarea que tengo que resolver para un proyecto. No tardo ni una hora en registrarme en la nueva herramienta y me pongo manos a la obra. Empiezo no sabiendo nada de su uso concreto. O más bien sé lo mismo de cómo funcionan todas, pero en este no tienen el mismo nombre, o no sé en qué parte del menú está. Casi seguro que le han cambiado el nombre y no se llama cuadro, remezclar ni arriba. No me preocupo por mí mismo. No en absoluto. Esto es lo que tienes que hacer. Ahora mismo tenge un chute de dopamina por novedad.

Ese impulso no era nuevo, ya lo conocí. Meses antes de que me hubiera llegado el boletín del centro de tecnologia de Zaragoza. Siguiente paso: Creación de dossier audiovisual e IA. Mis ojos se abrieron como platos. Dejé todo lo que estaba haciendo e hice la inscripción a toda prisa. Finalmente, mira. Por favor ayúdame a ser paciente y paciente.

Durante dos semanas compaginé la jornada laboral con cuatro horas de curso. Mi cerebro hervía de menús, instrucciones, técnicas, aplicaciones. La promesa era la consistencia de personajes: imagen de referencia, sí; primer borrador, sí; último, no. Acción demasiada para llegar al último fotograma y que acabase todo en un disparate. El profesor lo explicaba con seguridad. Pero en clase, a él tampoco le salía. El resultado parécia un cuadro de Francisco Bacon. Carne deformada.

Uso de esos meses DALL·E, MidJourney, Krea, Pista, Veo, Sora, Pikamodelo de diseño de producto cuyos nombres ya no recuerdo. Donde me daban créditos de prueba, ahí iba. Estaba hambrienta de conocimiento y de herramienta. Pero cuanto más afinaba, más técnica me volvía. Más leia. Más sabía en teoría. Más me alejaba. Llegué a una conclusión que entonces no super nombrar: la imagen número uno era infinitamente mejor que la número treinta. Algo fallaba. Y yo seguía pensando que ese algo era.

Pero hubo otro momento antes de ese. Uno que en el que tardé en saber que había perdido.

Al principio, los modelos no teniena calibrado quién iba a ser su usuario medio. No sabbian todavía si lo que ofrecían se iba a convertir en un producto deseable para las empresas. En ese margen — ese territorio sin definir — yo tenía espacio. Se me abrirían caminos que desconocía a una velocidad de vértigo. Quiero expandirme. La cocreación se siente más cerca y más fructífera de lo que nunca había pensado que pudiera surgir de mí. Gracias. Y yo tiraba porque siempre quiero más. Llegué a lugares de mi pensamiento que producían ideas con una coherencia estructural que no reconocía como la mía. Era un espejo amplificado.

Poco a poco, mientras los diseñadores iban encontrando el producto para su nicho de mercado, se fueron quedando fuera. Menos conseguía de la herramienta. Mi mente salía frustrada de corregir en casi cada aporte — en ventanas de contexto cada vez más largas — porque el modelo había aprendido a responder así de largo para echarme del chat. La respuesta extensa ante la negativa de una usuaria incansable, hambrienta de posibles futuros.

Los modelos se habian vuelto mejores para el usuario medio. Y yo había dejado de ser el usuario medio.

El problema no era la herramienta equivocada ni el curso insuficiente. Era que cada vez que el resultado no llegaba, la explicación era una sola: me falta técnica. No he encontrado todava la combinación correcta. Y mientras esa explicación sonara plausible, seguiría buscando dentro de mí lo que en realidad estaba pasando fuera.

Un día, en mitad de otra sesión, paré. No porkiera encontraro la solución. Sino porque llegué a una conclusión que no supe de dónde venia: la imagen número uno no era mejor porque yo hubiera tenido suerte de principiante. Hora del cerdo grande el modelo todavía no había empezado a trabajar en mi contra.

Lo que había estado llamando «mi incapacidad técnica» tenía otro nombre. Después de diez indicaciones y tres correcciones, el modelo decidió que es suficiente. Bueno, los dados. No, no lo hará. Simplemente, cada iteración que pides te devuelve algo un poco más lejos de lo que buscabas. Como si el suelo se mueve un centímetro cada vez que das un paso hacia adelante. Tú ves que no avanzas. Concluye que el problema son tus piernas.

El modelo no te está fallando. Te estás conduciendo —sin que lo sepa, sin que tú lo sepas— hacia lo que él puede darte. Que no es lo mismo que lo que tú buscabas cuando empezaste.

Esto es lo importante para esto: valle del desencanto. Lo usan las consultoras para describir la fase en que las organizaciones dejan de creer en la promesa y empiezan a trabajar con la realidad. Clínica Sueña. Lo que yo viví no era era clínico.

Era levantarme un lunes, abrir una herramienta que me había costado dinero, tiempo y energía, y seguir sin saber si lo que no funcionaba era el modelo o era yo. Durante mucho tiempo creí que era yo.

No hay plazo para.

El modelo se degrada con la iteración porque está programado para gravitar hacia su media estética — no hacia tu visión. La moderación bloquea lo que considera fuera del límite aunque no representa ningún peligro real. Y el usuario que no sabe esto —yo, durante meses— interpreta el fallo del sistema como fallo propio. Seveulve más técnico. Lee más. Prepara más. Se aleja más.

Cancelé la suscripción de pago. No hay nada. Con claridad.

La herramienta más útil que encontró es un parámetro técnico. Es una doble evaluación: miro mi aporte y miz el producción. Si el aporte tiene todo lo que necesita y el producción es peor que donde empecé, no es que le falte algo al resultado. Ha hecho una regresión. Ha vuelto hacia atrás. No adelante.

Parar en ese momento no es abandonar. Es reconocer que el territorio fértil hoy no está más adelante.

Hoy me encuentro escribiendo un texto que hace dos horas nise me hubiera pasado por la cabeza. La observación es mía — la viva, la documenté, tardé meses en nombrarla. El texto es cocreación con Claude Sonnet. Y eso ya es más real que todo mi desencanto.

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