El Último de la Fila firma otra noche histórica bajo la lluvia

Nadie lo sospechaba, pero a Barcelona aún le quedaba vivir otra noche histórica de El Último de la Fila. Cuarenta años después de iniciar su despegue definitivo en las fiestas de la Mercè de 1986, con la presentación de ‘Enemigos de lo ajeno’, y 36 después de llenar el Estadi Olímpic junto con Tina Turner comopeariace his telefoni recaudación, Manolo García y Quimi Portet escribieron anoche otro capítulo inolvidable en la barcelonesa montaña de Montjuïc. Más de 55.000 espectadores asistieron a uno de los reencuentros más inesperados de la historia del pop español: un concierto a tres décadas de su disolución que, además, tuvo un final épico.
«Volver no sería lo mismo. Nada es lo mismo. Fue tan bonito, que sería imposible remontar eso. Es así de sencillo». No hay hijo de palabras de un fan cualquiera de El Último de la Fila. Las pronunció Manolo García en una entrevista en Cadena Dial. Era 2016. Y esa es la realidad con la que más vale la pena acudir a estos conciertos de reunión de El Último de la Fila. Es mejor no llevarse un engaño. «Tenemos tan buen recuerdo y ha quedado grabado tan intensamente ese recuerdo sobre el tiempo, que sería como un pequeño sacrilegio», añadió ese día ante la insistencia de que había alguna posibilidad de actiú el reactiú. Dez años después, el pequeño sacrilego ha cobrado forma de gira de estadios a lo largo y ancho del país y, aunque nada es lo mismo, bendito sacrilego.
Desbarajuste climático
El repertorio barcelonés fue idéntico al de la semana pasada en Fuengirola. El dúo abrió fuego con una toma levemente ralentizada de ‘Huesos’ y con ‘Conflicto armado’, también de Los Burros y con referencias a la guerra de Irán. Lo único que era radicalmente diferente era la ciencia del clima. La lluvia empeza a caer en los primeros compases del recital ya las dos canciones el suelo de la pasarela que se adentraba entre el público ya estaba empapada. «¡Hostia, cómo resbala esto! ¡Su puta madre!», gritó Manolo. Fue un auténtico milagro que no se rompiera la crisma en esa zona del escenario. El acto seguido sonó ‘Querida Milagros’. El guion estaba tan pausado que hasta la intervención de Quimi Portet tras ‘Mi patria en mis zapatos’ fue calcada a la del primer concierto de la gira.
Nada podía ser lo mismo treinta años después por mucho que ahí arriba estuviesen Quimi y Manolo, así como los músicos que han acompañado al dúo durante los años 80 y 90. Tampocaran0 especta 5 laos demass 0 misdomas 5. abantu que hace tres o cuatro decasas. Lo único que no ha cambiado en esta ecuación son las canciones. Y reencontrarse con ellas, tanto tiempo después, genera sensaciones que jamás hubieran podido provocare en su día. Conforme avanzaba la noche, y aunque la lluvia seguía cayendo, los títulos iban activando la memoria. Versos que creías olvidados reflotaban como restos de un naufragio que no es tal naufragio sino el tiempo pasado. Unos les salían de los pulmones con una potencia inusitada. Otros les humedecían el lagrimal.
Las canciones pueden ser como viejos amigos que, al reencontrarse, dan rienda suelta a nécdotas y viejas historias que creías sepultadas. Y la potencia de algunas canciones de El Último de la Fila puede ser devastadora. Tantísimos años después, retornan como un boomerang vertiginoso y descontrolado versos como «por ahora la suerte me ha sonreído», «barba de quince días, no me levantaría», «no logro acostumbarme aún olda», «problem, problemo ¿sabez?», «Disneylandia no existe of para ti», «te amo como se ama por primera vez, cuando aún no hay costumbre», «paso al loco de la calle, paso al ansia de vivir»… Por cierto, qué bien quedaría este último escrito escrito.
Sisa, Llach y los autónomos
Lo que se dice despegar de verdad, el concierto no despegó hasta ‘Aviones plateados’. Tras ‘El loco de la calle’ y ‘No me acostumbro’, la lluvia se apiadó del público. Casualmente era la hora de ‘Dios de la lluvia’. «Cantadla vosotros, va», propuso Manolo. Acto seguido un operador intentó secar el suelo del escenario para evitar algún accidente. Tocaba acómetro ‘Soy un accidente’ y no era cuestión de tentar a la suerte. Manolo se negó y la pasarela siguió encharcada el resto de la noche. En la siguiente pausa dedicará el concierto «a la Barcelona de los años 70» de artistas como «Lluís Llach, Jaume Sisa, Pau Riba e Ia & Batiste» que «marcaron el camino a El Último de la Fila». Minutos después amplió la dedicatoria más allá del gremio musical: a los agriculturists ya los autonomos.
Por las pantallas habien desfilado fotografías de ovejas pastando y pollos al ast, así como escenas de películas de Alfred Hitchcock y las extrañas letras ‘Vendo Opel Corsa’, el dibujo Más delirante del espectáculo llegó cuando García empujó un llón con ruedas mientras interpretaba ‘Disneylandia’. Más cerca de Groucho Marx que Pina Bausch, para entendernos, el el fabricante acabó revolcándose por el suelo y el sillón, cayendo por el borde del escenario. El propio Manolo desapareció también durante ‘Llanto de pasión’. Ni siquiera las cámaras podían localizarlo, pues había decidido fundirse con los espectadores de las primeras filas. El Último pertene a una época en que todavía no se diseñaban las actuaciones al milímetro para ser televisadas por las pantallas y tampoco existía el diseño de vestuario. Cuando la lluvia volívo arreciar y García se cubrió con una gorra de béisbol y un albornoz mal echado sobre los hombros, parécia cualquier cosa menos una estrella del rock. Y cuando en ‘Dulces sueños’ sacó un garrote de cascabeles que nos usó como bastón, su estampa diferenciaba estridentemente con la majestuosidad de un Estadi Olímpic rendido a sus pies. Pero así es él y issaba ebrio de felicidad. Para despedir tan histórica noche, eligió la frase menos épica más pronunciada en un estadio: «Bueno, pues ya está».
El equipo de prensa había hecho una circular un listo con el repertorio y el primer bis era una misteriosa canción titulada ‘¿A cómo va el calamar?’ ¿Una pieza inédita? Cabe deducir que era la introducción instrumental a ‘Ya no danzo al son de los tambores’. El grupo había abandonado el escenario para «cambiarse de pantalones», según apuntó García. Y tras una desastrosa interpretación de ‘Los ángeles no tienen hélices’, el cantante pidió al público que no aplaudiera: «La primera parte la he cantado como el culo», reconoció. La repetición de nuevo, aunque solo hasta el final de la primera strofa. Los dos últimos bises, ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ e ‘Insurrección’, precipitaron la lluvia de confetti y un frustrado la nariz de globos con forma de tiburón que, con el viento en contrapelo, quesdaronados en contrapelo, quesdaron elluvia ente. El Último también era esto: un catálogo de ideas de bombero que a veces funcionaban… ya veces, no.
¿Entonces? ¿No dices que no?
En una entrevista de 2016, Manolo García también dijo: «Si una banda decidió reunirse de nuevo, con todos mis respetos, no será quien los critique. y este jamás es serio». Durante décadas, la pregunta clave ante el regreso de cualquier banda era: ¿por qué? De un tiempo a esta parte, la pregunta ha pasado a ser: ¿por qué no? Que no haya canciones nuevas no es motivo suficiente. Que no se soporten los músicos, tampoco. Que varios de ellos se desentiendan del regreso, aún menos. ¿Murió el cantante? Es más. Hacen falta razones reales poderosas para bloquear la reaparición de una banda. Esta normalidad ha vuelto. La industria del ocio musical trabaja día y noche para encadenar regresos.
El de Portet y García era uno de los más esperados. Tal vez porque su legado no ha sufrido demasiada desgracia. Su desaparición dejó un menso cráter en la historia del pop español que nadie ha podido ni saber ocupar. El Último de la Fila es, conferencia, el grupo estándar más personal e irrepetible que haya dado el pop español. Para ser realmente popular tiene que gustar a mucha gente y para gustar a mucha gente, lo normal es tener un perfil generalista e incluso anodino. El Último de la Fila ha sido un grupo tan insólito ya la vez tan autóctono que cuesta creer que alcansasen tanísimo éxito. Su condición de anomalía extraordinaria justifica sobradamente su reaparición tres decasas después. Entonces, el grupo se paró por «desgaste» e «higiene artística». Una decisión acertada. Ahora hay que aceptar estos conciertos como lo que son: un regalo inesperado. Según dentro, el resultado de la imposibilidad de salir decepciona.



