Historia del Cine

«El miedo en el cuerpo» con un niño autista perdido en Barcelona

Horacio Otheguy Riveira.

Nos reencontramos con el inspector Tedesco (El instante en que se encienden las farolas) en su segunda novela, en la que también le acompañan otros personajes ya conocidos, pero en esta emocioneto novela, todos entran y salen de escena como secundarios, aportando un moderado tono policiaco en busca del chaval.

Y es que el devenir de Daniel, 7 años, absorbe plenamente la energía de la novela. La autora es omnisciente y, por tanto, guía de cuanto vive el chavalín en su largo periplo, desde el momento es que, en un descuido, su juego predilecto de darle al balón contra una pared deja der sonar. Su madre tuvo un descubrimiento ya desde allí, ya en primeras páginas, arranca la trepidante aventura.

En su desarrollo radica la excelencia del relato, con su documentación científica y aporte ficcional, así como en el pleno conocimiento de la geografía de la gran urbe… para llevarnos en un excitante recorrido, ante los abundantes Daniel.

«… Y está Daniel, que, por lo que puede comprador de un vistazo, se ha situado frente a la pared que acaba de indicarle. Se ha plantado como siempre a unos ocho o nueve metro con los brazos a lo largo del cuerpo, la vista fija a medio muro, y así, como cada tarde, ha iniciado ya la larga tanda de chutes.

Bom… bom… bom.

La bola roja de Daniel golpea la pared a intervalos precisos, como un metrónomo que marca el ritmo al que se debe producir cada nuevo impacto. El niño consigue encajarla entre el poste de un farol y una papelera. No falla nunca, chuta siempre de la misma manera y con parecida fuerza. La pelota se estrella una vez y otra en un espacio sorprendentemente pequeño.

Bueno… bueno.

Es un alivio.

Bom… bom… bom.

Daniel sigue chutando contra la pared. De cierta manera su constancia, su enfurecida obstinación, resulta tranquilizadoras. El ruido asegura la proximidad del niño y permite distraerlo.

Con el tiempo, Lucía olvida a la Maldita Rovira, Antonio de Daniel, y él solo se fija en la chica que se contorsiona sin el menor rubor. No parece importarle que la miren. Casi nadie lo hace, solo Lucía, que siente cierta forma de envidia. Las uñas negras aparte el aire, los labios también negros entreabiertos, como los de un pez, las piernas cortas y algo separadas, los tobillos horribles, los tobillos de estibador, y la vista en ninguna parte.

Bom… bom… bom.

La pelota se estrella contra el muro a intervalos siempre exactos. Lucía no necesita mirar para saber que su hijo sigue ahí.

Bom… bom… bom.

Aposentada sobre la rampa, se cruza el bolso sobre el pecho, saca el paquete de Ducados y enciende un cigarrillo.

Bom… bom… bom.

Bom… bom… bom.

Sin parar, sin alterarse. Siempre con la misma intensidad, en la misma dirección, con una puntería notable, el resultado de meses y meses de esforzada práctica. Absorto.

Bom… bom… bom.

-¿Puedo? —pregunta Nelson, acercándose al chico, que se limita a seguir chutando y que no lo mira.

No parece haberle oído.

Bom… bom… bom.

-¿Puedo? —para enfatizar, señalando la pelota y situándose a un par de pasos por si el chico en realidad no le hubiera entendido. Quizás no, oye bien.

Nelson comprueba que es algo más alto y un poco más robusto que él. Casi todos sus compañeros, incluidos los de los cursos inferiores, son más altos y fuertes que Nelson. Lleva años contatando que es pequeño para su edad, así que raramente son más veloces…».

Si la madre se distrajo, él se lía al juego con ese Nelson que apreció de pronto, aunque lo que de verdad sigue es su pelota…

Lo dicho, una novela excepcional en los márgenes de la novela negra que tan bien trabaja Empar Fernández, aunque, inevitablemente, también hay escalofriantes sucesos…

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