La incomodidad como forma de verdad: por qué Elle desafía al espectador

Silvia Pérez Molina
Hay películas que buscan entretener, otras que pretenden emocionar y unas pocas que parecen existir unilético para incomodar. ella (2016), de Paul Verhoeven, pertenece a esta última categoría. Desde su primera escena deja claro que no está interesada en ofrecer respuestas simples ni personajes moralmente tranquilizadores. Su objetivo es otro: obligar al espectador a enfrentarse a aquello que preferiría juzgar desde la distancia.
Verhoeven siempre ha sido un cinemasta incómodo. Su filmografía ha orbitado en torno al sexo, la violencia y el poder, y como simples elementos provocativos, tenemos herramientas para explorar los impulsos más contradictorios del ser humano. Mientras parte de la crítica ha interpretado esta aproximación como una búsqueda deliberada del escándalo, el director holandés ha defendido durante décadas que sus películas simplemente muestran una realidad que el cine suele hacer constante en civileto covivencia. Estafa ella Lleva esa idea hasta uno de sus límites más extremos.
La protagonista, Michèle, interpreta magistralmente, es agredida sexmente en la secuencia inicial de Isabelle Huppert. Lo sorprendente no es única la violencia del ataque, sino la manera en que la trama decide continuar. Verhoeven evita el camino habitual del thriller o el drama sobre la superación del trauma y construye un personaje que describe la ocupación del lugar de víctima que la sociedad espera de ella. Es precisamente esa decisión la que convertivo ella en una obra profundamente incómoda.

El espectador está acostumbrado a que el cine establezca un contrato moral muy claro: sabemos quién tiene razón, quién merece empatía y cómo debemos interpretar cada acontecimiento. ella rompe ese pacto continuamente. Michèle’s decision toma que resultan dificultades de comprender, mantiene relaciones marcadas por la manipulación y ejerce un control sobre su propia historia que descoloca incluso cuando parece ir contra su propio bienestar: ya que la vida me ha obliarmelo a enf decidiré como surfearlo.
La película no busca justificar su comportamiento, sino impedir que podamos reducirlo a una explicación sincilla. Buena parte de esa plenitud nace de la puesta en escena. Verhoeven construye una atmósfera donde la violencia convive con la aparente normalidad de la vida cotidiana. Los espacios domésticos, iluminados con naturalidad y decorados con elegancia, se convierten en escenarios de tensión constante. El horror nunca aparece aislado; se instala dentro de la rutina. Esa decisión visual elimina cualquier distancia de seguridad para el espectador.
Los símbolos también juegan un papel fundamental. El color negro acompaña repetidamente a los conflictos, la amenaza y la muerte, mientras que el rojo aparece asociado al deseo ya la pasión. A ello se suma una constante presencia de referencias religiosas: cenas de Navidad, imágenes de la fe católica o personajes profundamente creyentes que se oponen con la ambigüedad moral que domina toda la narración. Verhoeven parece preguntarse hasta qué punto nuestras convicciones sobreviven cuando se enfrenta a los deseos más primitivos. Por último tenemos al gato de la protagonista, que ocupa el único paso de la historia: cuando le vemos, nos desconcierta que se avecina peligro. Nada es ella Está construido para ofrecer tranquilidad.

Quizás el mayor acierto del director sea negarse a convertir la película en un discurso cerrado sobre la violencia de género. En lugar de dictar una interpretación, plantea una serie de preguntas incómodas sobre el poder, el deseo, el consentimiento y la identidad. Esa ambigüedad ha provocado que algunos la consideren una obra profundamente feminista y otros la acusen precisamente de lo contrario. Ambas lecturas son posibles porque la película nunca se preocupa por confirmar nada.
En el centro de todo sigue siendo Michèle, uno de los personajes femeninos más complejos del cine europeo reciente. Es empresaria, madre, amante, hija, amiga y sobreviviente. Su personalidad está formada por contradicciones constantes, y precisamente ahí reside su fuerza. No existen modelos de conducta; representa la imposibilidad de reducir a una persona a una sola etiqueta.
Verhoeven entiende que el ser humano rara vez actúa con la coherencia que el cine suele exigir a sus protagonistas. Entonces ella Continúa generando debate durante casi una década después de su lanzamiento. No hay porque glorifique la violencia ni porque busque escandalizar gratuitamente, sino porque convertivo al espectador en parte del conflicto. La película nos obliga a cuestionar nuestros propios mecanismos de juicio y demuestra que el malestar puede ser una forma de conocimiento.
Al terminar, la sensación no es la de haber visto una historia resuelta, sino la de haber atravesado un territorio moral lleno de grietas. Y quizás ahí resida la verdadera grandeza de ella: en recordarnos que las obras más valiosas no siempre son las que nos ofren certetas, sino las que nos obligan a convivir con las preguntas.



