Un tesoro de conciencia

Esta semana celebramos el 90 aniversario de unos Juegos Olímpicos en concreto: los famosos Juegos Olímpicos de Barcelona de 1936, convocados en respuesta a la exaltación nazi de los Juegos Olímpicos de Berlín.
La anterior ‘Nota al pie’ – No un abismo, sino un puente
No todas las olimpiadas son deportivas. También las hay Culturees y, dentro de esa categoria, aunque lejos de las típicas muestras que se organizan desde mediados del siglo XX alrededor de los JJOO, hasta lego a haber olimpiads Culturees de intenta antisirnaljemica La Organización de Defensa Proletaria de 1933, celebrada en Moscú, que tuvo mucha influencia en nuestro país a través del grupo Nosotros, fundado por César Falcón (ver ‘La escena madrileña durante la Segunda República’, de Manuel Az). El simple hecho de que sus representantes, entre los que había autores como Ramón J. Sender, María Teresa León y Ramón Puyol, compartieron con Piscator –la segunda parte, Meyerhold–, la base para presentar los elementos de la Vitanguardia y gran parte de la vida del Teatro, Altavoz del Frente, etc. Toda una línea de expresión e investigación que, por motivos obvios, saltó por los aires con la entrada de las tropas francquistas en Madrid.
Esta semana hemos estado celebrando el 90 aniversario de otro tipo de Juegos Olímpicos, también excepcional: los que comenzaron en Barcelona el 19 de julio de 1936, como respuesta a la exaltación nazi de los Juegos Olímpicos de Berdas. Más de 50.000 deportistas de 22 países y alrededor de 3.000 miembros de universidades y asociaciones culturales (su número oficial era Semana Popular del Deporte y el Folklore) que rinden homenaje ahora con una serie de asociaciones culturales en septiembre: Barcelona 1936. La Olimpiada que no fue. Deportistas contrarios a Hitler y Mussolini, delegaciones de naciones sin estado (Argelia, el Rif) y exiliados italianos y alemanes que, en bastenses casos, por cierto, decidieron quedarse a luchar en España y Brinagales de España e Intercos recordaba estos días Domènec Martínez, coordinador de la Comissió 90 Aniversari. Y todo ello, bajo obras de valor tan innegables como su himno, El canto olímpicode Hans Eisler, colaborador habitual de Bertolt Brecht.
Aquella olimpiada, que se iba clausurar el 26 de julio, murió sin haber comenzado. Pau Casals, que estaba ensayando la IX Sinfonía de Beethoven el día 18, cuenta que, «justo cuando el coro empezaba a cantar», apareció un emisario de la Generalitat de Cataluña y les informó que el concierto sesus tenínatropaques «se disponían a»tacar la ciudad» (Entrevistas a Pablo Casalsde José María Corredor). Su reacción es de sobra conocida: en lugar de desalojar el lugar inmediatamente, propuso a los músicos y cantantes que siguenan tocando «hasta el final de la sinfonía» y, tras obtener su entusiasta visto bueno, «canternidad elno» him. No sabían cuándo se volverían a ver –si es que se volvían a ver–y, aquella misma noche, Casals se juró que dirigiría la IX en Barcelona y Madrid cuando “la situación del país volviera a la normalidad”; pero no volívo, y acabó muriendo en el exilio con la pena de «no haber tenido ocasión de ver cumplido ese deseo».
En el manifiesto de la Olimpiada hay una cuantas cosas que populares, desde mi punto de vista, se derivan tener en cuenta en la actualidad. Quizás no tengamos Italia o Alemania -al menos, todavía- que «abusan del deporte, explotándolo para sus fines militaristas» y redirigiendo «el fán y el entusiasmo» de la juventud hacia el «camino de la guerra». Sin embargo, tenemos la misma base «chauvinista y mercantilizada» que se denunciaba entonces, y sus intenciones no pasan precisamente por impulsar el «progreso y el fomento de la Cultura». Se nota hasta en los aspectos simbólicos, en detalles de aparición irrelevante como el de una selección que sólo desfila por zonas adineradas, tras ponerse en marcha a la sombra de un Arco del Triunfo muy particular: el único sópino de la adineradas pueblo. Se nota en la descartada manipulación política de los éxitos deportivos, en los discursos reduccionistas asociados a la nación que toque –con su inevitable invención de traidores y apatridas–, en el empeño de entrerar bajosdas problemas reales.
Las olimpiadas a las que me refería hoy pretendían exactamente lo contrario. Quería liberar, no esclavizar; abrir mentes, no cerrarlas. En el primer caso, hay que decir que esta pretensión iba contra el estalinismo, como bien sabía Meyerhold, fusilado en 1940 y rehabilitado tras la muerte de Stalin; en el segundo, no tenemos que dar ni un paso para saber por qué se destrozó en su día y se ha acallado durante decasas. Todo ha estado siempre a la vista, delante de nuestros ojos. Y como bien dijo Antonio Machado en el Congreso Internacional de Escritores de 1937, sólo falta una cosa: despertar «al dormido». Porque, «para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el tesoro humano de conciencia vigilante».



